Cuando David Jiménez despidió a Salvador Sostres como colaborador del diario El Mundo, el afectado se limitó a expresar en público su respeto por la decisión empresarial, pese a que era evidente que había estado motivada en razones ideológicas. El llanto es un recurso fácil y frecuente; y el victimismo suele ser rentable en la sociedad que busca dramas detrás de cada esquina para alimentar sus fuegos fatuos.

No es una grata noticia que a uno le echen de una empresa y le obliguen a reactivar su instinto de supervivencia. Sin embargo, el silencio suele ser una herramienta mucho más recomendable que el despotrique en determinadas situaciones.

Sucede que hay personas con una extraordinaria capacidad para sacar partido de los contratiempos de su aventura vital. Este fenómeno es común en el periodismo, donde sobrevivir no es sencillo cuando vienen malas y, claro, donde el ego impide ver a determinados profesionales dos hechos indiscutibles: que las firmas y las voces se desgastan; y que las empresas no rubrican ningún pacto de sangre con sus opinadores de referencia, de ahí que estén en su derecho de sustituirlos cuando lo deseen y por las razones que sean, bien editoriales o económicas.

Suele ser recomendable leerse las reglas del juego antes de iniciar la partida y las del sector de los medios de comunicación son muy claras. La primera es que una pluma nunca tendrá más poder que el dinero. La segunda es que los editores, como cualquier persona, tienen un precio más o menos alto. Y la tercera es que nadie es imprescindible. Es triste, pero conviene tenerlo en cuenta, pues quien escribe sin afán de hacer amigos sabe bien que, tarde o temprano, puede recibir el tiro de gracia. Nadie que se dedique a esto debería contratar una hipoteca a 30 años.

Pilar Rahola y la persecución ideológica

El romanticismo del que impregnan a algunos a este oficio genera una percepción equivocada de lo que se vive en las redacciones, donde la mayor parte del tiempo se invierte en tareas de intendencia y en pegar pequeños pellizcos a quien ostenta el poder (o a quien creen que lo tiene). Es cierto que la llegada de los diarios nativos digitales abrió el campo y rompió determinadas nomas de no agresión que existían entre el establishment y la prensa, pero, a la hora de la verdad, el dinero manda y la dependencia de los medios para con las empresas y las instituciones es muy elevada.

Es probable que en el despido de Pilar Rahola de La Vanguardia hayan mediado causas ideológicas, pero resulta ridículo pensar que ha sido purgada exclusivamente por resultar incómoda. De hecho, tal y como publicó este periódico, en la decisión de sustituirla han pesado mucho más los factores económicos -se había negado a bajarse el sueldo- y los asociados al paso del tiempo. Sencillamente, su firma perdió valor por su elevada exposición y por su carencia de nuevas ideas y argumentos. Ocurre así con todo en la vida. El cerebro es limitado y su materia gris, finita.

El caso de Javier Cárdenas es todavía más llamativo, pues, ni corto ni perezoso, ha atribuido su despido de Europa FM a las presiones que ha ejercido el Gobierno de Pedro Sánchez sobre Atresmedia. Asumir esa teoría como cierta resulta tentador, pero el problema es que no lo es. Y, aunque lo fuera, habría que tener en cuenta que su programa ha perdido la mitad de los oyentes en los últimos tiempos, lo que sería un motivo más que suficiente para que los directivos que le contrataron quisieran impulsar un cambio.

Cárdenas también incide en que la televisión de Planeta ha sido regada con abundante dinero público en los últimos tiempos. No está de más recordar que su productora, Joue Consultants, ingresó 12,9 millones de euros de RTVE -según los datos publicados por la corporación- durante el tiempo en el que emitió su lamentable programa en La 1, que en audiencia fue un fracaso, por cierto. Ese cantidad procede del Estado, claro está, aunque Cárdenas no lo recuerde.

Curiosamente, el que se ha despedido de una forma más elegante de El programa de Ana Rosa ha sido Juan Carlos Monedero, quien ha agradecido su colaboración y ha reconocido su aprecio por la presentadora. Eso sí, no se ha resistido a lanzar un dardo contra el programa: "No comparto los desequilibrios ideológicos en los medios (...) Ojalá nadie que mienta pueda estar en una tertulia igual que nadie que haya usado la política para hacer trampas; y nadie que se presente como periodista pero en realidad sea un agente sin ningunos escrúpulos e intereses mezquinos". Gracias por todo, pero palos para unos cuantos. Suavemente me matas.

Habría que potenciar el silencio en la sociedad que se ha demostrado incapaz de renunciar al ruido. También habría que quitar épica a las batallas periodísticas para que quienes utilizan los 'despidos ideológicos' para ganar dinero obtengan una menor rentabilidad. Y, desde luego, quizás habría que desterrar de una vez esos mensajes alarmistas que demonizan el sector de los medios de comunicación, pues no dejan de ser una representación a escala del lugar en el que prestan servicio. Eso sí, con los defectos potenciados. Para qué negarlo.