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Rubén Arranz

Opinión

La honda preocupación con Prisa: ni El País de Mariano, ni la SER podemita

Javier Monzón
Javier Monzón EFE

El capitalismo crony español tiene estas cosas. Aquí nadie quiere ser liberal ni dejar de serlo; y aquí a nadie le extraña que los mismos que defienden en público que los mercados funcionen con total autonomía soliciten en privado el favor de 'los florentinos' para neutralizar a los competidores indeseados. Es una doble moral victoriana que obliga a quienes llevan el timón del barco a moverse entre el puritanismo y la prostitución, según toque, y a adaptar constantemente su discurso para tratar de disimular su desfachatez. El sector de los medios de comunicación es especialmente sensible a este fenómeno. Cada cierto tiempo surgen proyectos periodísticos cuyos dueños aseguran tener el espíritu liberal de El Imparcial, pero al final, en su mayoría, acaban poniendo el cazo, viviendo de una institución y tejiendo trajes a medida para sus moradores.

Quizá se ha perdido la sensibilidad hacia ciertos comportamientos y ya no chirríe que la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, felicite en público a los medios de comunicación por la “extraordinaria” labor que han realizado con la cobertura del 'tema catalán' (el poder, cómodo con el contrapoder). Y quizá a (casi) nadie le cause extrañeza que el grupo que explota el periódico más leído y la radio más escuchada apele a la generosidad de la principal empresa de telecomunicaciones española -Telefónica- y de dos de sus principales bancos -La Caixa y Santander- para sortear la bancarrota. Quizá tengamos la piel más gruesa que hace unos años, pero eso no quita para reconocer que estos comportamientos son, cuanto menos, extraños.

El caso es que este último rescate financiero de Prisa ha provocado un cambio en su estructura de poder que ha generado cierta inquietud en los cuarteles generales de los partidos políticos. Durante años, fue Juan Luis Cebrián quien llevó la batuta del grupo y quien ejerció de principal interlocutor con las formaciones políticas. También modeló la línea editorial de la compañía, pese a que lo negara en la entrevista que concedió a Jordi Évole en diciembre de 2016. Así lo sostienen las fuentes consultadas en la compañía.

En la etapa más cruenta de su guerra contra el fondo de inversión Amber Capital -principal accionista de Prisa-, acudió a Moncloa y a las vacas más sagradas del PSOE para buscar refugio, lo que deja claro su influencia. El pasado octubre, cuando el Consejo de Administración de Prisa le emplazó a anunciar su dimisión en la Junta Extraordinaria de Accionistas, se levantó de la mesa y dijo que se iba a ver al Rey, cuentan testigos de la conversación.

Pero todo ha cambiado y Cebrián ha experimentado esa dura sensación que tarde o temprano asalta a quienes mueven los hilos, como es la de perder todo el poder de un día para otro. En pocas semanas, ha pasado de tener la última palabra sobre el rumbo de El País y la Cadena SER -era primer ejecutivo del grupo- a estar fuera del núcleo de toma de decisiones de Prisa. Ahora, en el día a día de Santillana y de sus medios de comunicación manda Manuel Mirat, consejero delegado, hombre con una amplia mano izquierda y bien considerado en Prisa, tanto dentro como fuera del Consejo, según describen fuentes internas.

Monzón: mensaje al PSOE

Desde el punto de vista institucional, hay una figura que ha emergido con una fuerza especial. Es la de Javier Monzón, su vicepresidente. Un hombre curtido en mil batallas que cuenta con el apoyo de la nueva gran matriarca de Prisa: Ana Patricia Botín, que en esto de manejar sucesiones complejas tiene experiencia.

Monzón conoce bien los resortes del crony capitalism español. En sus etapas en Telefónica e Indra lidió frecuentemente con la 'beautiful people' del felipismo y del aznarismo, aprendió las especificidades del singular sistema económico patrio y conoció de primera mano las diferentes relaciones que mantienen el sector público y el privado. De sobra es conocida su amistad con dos de los rostros más representativos de la España posterior a 1978: Felipe González y el Rey Emérito (estos días en Arabia Saudí).

En Prisa, ha aterrizado en un momento de tirantez máxima con el PSOE, un partido con el que la compañía mantuvo un largo idilio durante los 80 y los 90 que perdió intensidad cuando José Luis Rodríguez Zapatero se alió con Jaume Roures y sus socios. La situación se recondujo cuando Alfredo Pérez Rubalcaba se puso al frente del partido, pero se rompió del todo cuando Pedro Sánchez entabló conversaciones para formar gobierno con Pablo Iglesias y El País se opuso. “Determinados medios progresistas, como El País, me han dicho que si hubiera habido acuerdo entre PSOE y Podemos lo criticarían e irían en contra”, llegó a decir el bueno de Pedro en una entrevista.

El mensaje que han recibido recientemente los socialistas desde Prisa es que El País debe ser un periódico en el que la socialdemocracia española se sienta representada. Más cercano al PSOE que al PP y, por supuesto, que a Podemos. Ni el principal diario generalista debe aproximarse a Mariano Rajoy, ni la Cadena SER a Pablo Iglesias. Lo contrario, sería un error.

Pedro Sánchez no anda precisamente sobrado de aliados mediáticos. De hecho, la prensa que tiene en la trinchera contraria le ha señalado en varias ocasiones por sus vaivenes ideológicos, algo que no ayuda a hacer amigos en los medios. Por eso, el posible acercamiento de Prisa al PSOE incrementaría sus opciones de remontada y, desde luego, restaría aún más fuerza a la formación morada.

El mensaje que han recibido recientemente los socialistas desde Prisa es que El País debe ser un periódico en el que la socialdemocracia española se sienta representada.

Cuenta Mercedes Cabrera en la biografía que escribió de Jesús de Polanco que a José Ortega Spottorno -uno de los fundadores de El País- le sentaba a cuerno quemado que el ABC de Luis María Anson afirmara que el diario de Prisa comulgaba con el PSOE, puesto que había sido concebido con el espíritu de la verdadera prensa liberal. Desde luego, cuesta pensar que Anson no tenía razón cuando se mira hacia González, Rubalcaba o propia Soraya Sáenz de Santamaría.

Sea como fuere, lo que ha ocurrido últimamente en este grupo daría para guión de comedia de costumbres, puesto que refleja a la perfección la realidad de esta España nuestra. Antes de que explotara la burbuja, sus gestores actuaron con una megalomanía ilógica que hipotecó la empresa. Cuando sobrevino la crisis económica, la situación se volvió insostenible e hizo falta un rescate financiero para evitar la quiebra. Eso fue aprovechado por los poderes político y económico -aquí se incluyen los tiburones de Wall Street- para ganar influencia y eso pervirtió el negocio, en mayor o en menor medida.

Actualmente, sus principales accionistas son un fondo de inversión (Amber Capital), dos bancos (Santander y HSBC), una 'telco' (Telefónica), un empresario mexicano, otro catarí y los descendientes de Jesús de Polanco. Salvo estos últimos, ninguno tenía previamente ningún interés estratégico y directo en los medios de comunicación españoles. ¿Por qué están ahí, entonces? Básicamente, porque Prisa es Prisa.

Pues eso.



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