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Rubén Arranz

Opinión

Màxim, la jauría y la casa en la playa

Màxim Huerta, en la final del Roland Garros.
Màxim Huerta, en la final del Roland Garros. EFE

Màxim Huerta, como Al Capone, cayó por obra y gracia del fisco, esa fiera omnívora y casi omnímoda que en su legítimo afán por recaudar es capaz de convertirse en la sombra de justos, culpables, animosos y despistados. Sus mensajes certificados y con acuse de recibo llegan allí donde la policía no se atreve a entrar, del mismo modo que su látigo suele causar más pavor que el mazo de los jueces con más voluntad de trascender. Por eso, muchos de los que suelen jugar al gato y el ratón con las leyes acaban condenados por fraude fiscal, pese a que a veces sea el más leve de sus pecados. Al exministro de Cultura le visitaron los hombres de negro de la Agencia Tributaria porque interpretó la norma con una premeditada ligereza y, como era inaceptable, le sancionaron. Dura lex, sed lex. Por esta razón, sobraba la pataleta que escenificó en su último discurso, en el que criticó la indecencia de la jauría mediática y habló de una caza de brujas contra los creadores españoles. Sonaron a excusas de mal perdedor.

No tengo duda de que la jauría mediática existe y muerde con el colmillo afilado. Es la que se encuentra tras esa prensa ideologizada que supedita la información a su absurda cruzada política. O la que se presta como sicaria a cambio de un titular rimbombante y una ración extra de publicidad institucional. O la que pide el diezmo en los despachos del Ibex-35 a punta de pistola, bajo la amenaza de poner a un medio de comunicación en contra de una empresa si se niega a pagar.

También es la que escarba en los bajos fondos para obtener audiencia a costa de las miserias de los débiles y los desgraciados. El propio Huerta formó parte de ella cuando se empleaba para un programa que, en 2011, tuvo la idea de entrevistar a la mujer del asesino de la niña Mari Luz Cortés, lo que acabó con su presentadora imputada, aunque fuera por poco tiempo. Muchas veces, resulta difícil escapar a la jauría o darse cuenta de que uno forma parte de ella.

La jauría televisiva

El Màxim Huerta que criticaba en Twitter los delitos contra Hacienda de los futbolistas mejor pagados tuvo que 'aflojar' una multa al fisco por no aportar lo que debía en un momento de su vida en el que no ganaba poco, precisamente. Hacienda somos todos, incluso uno mismo; y los juicios morales que derivan de los impagos a la Agencia Tributaria no tienen porqué depender exclusivamente de la cantidad defraudada, sino también del contexto en el que se defrauda y de la argucia empleada.

El propio Huerta formó parte de la jauría cuando se empleaba para un programa que, en 2011, tuvo la idea de entrevistar a la mujer del asesino de la niña Mari Luz Cortés

En la información que reveló la peripecia fiscal cometida por Huerta, se especifica que el político y escritor tributó por el impuesto de sociedades y no por el IRPF para pagar menos, puesto que el primero asciende al 25% y el segundo, en ese nivel de renta, al 48%. Ciertamente, en esa época -y hasta que en 2009 la autoridad se puso seria- el hecho de constituir una empresa para reducir la factura a pagar a Hacienda era algo común entre los periodistas y opinadores mejor pagados. Incluso entre los que más críticos y aleccionadores se mostraban al hablar de lo público. Ahora bien, pese a las excusas formuladas por Huerta, la ley fiscal nunca ha permitido eso, que siempre ha sido un fraude, según declaró a Libre Mercado el presidente del Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), Carlos Cruzado.

Desconozco si el departamento dirigido hasta hace pocos días por Cristóbal Montoro inició inspecciones selectivas contra personalidades del mundo de la cultura para hacerles la puñeta, como sugirió el martes el dimitido ministro. No obstante, no creo que haya que hacer caso de las teorías de la conspiración si no están respaldadas por datos; y Huerta, cuando lanzó esta acusación, no ofreció más información. Fue una auténtica boutade, una pataleta. Sea como fuere, este periodista no fue sancionado por la acción arbitraria de la Agencia Tributaria ni por una injusta caza de brujas, sino por pagar menos de lo que debía y por tomar atajos que están vedados. Como el que le llevó a declarar 310.000 euros como gastos profesionales cuando no tenían nada que ver con su actividad. De hecho, alguno de ellos se correspondía con los gastos de mantenimiento de su casa en la costa de Alicante.

Dicho esto, Huerta interpretó las leyes fiscales con un determinado criterio y lo defendió en los tribunales haciendo uso de su derecho. Perdió y pagó religiosamente. No es un criminal ni un delincuente, como la morralla periodística -tan desacreditada como bien pagada- ha sugerido, sino un ciudadano que fue sancionado por infringir una normativa que se modificó ante el abuso que una parte de los profesionales habían hecho de ella. El problema es intentar relacionar su dimisión con una cacería mediática, dado que eso no ha existido, pese a que las críticas fueron excesivas en algunos casos, como el de esas publicaciones que viven del amarillismo más ramplón y de bajo vientre.

La transparencia como losa

Pedro Sánchez llegó a Moncloa hace un par de semanas después de que la oposición hiciera caer a Mariano Rajoy por los casos de corrupción del PP, que, a su juicio, le habían quitado toda legitimidad para gobernar España. Por tanto, la limpieza y la transparencia serán obligaciones irrenunciables y, a la vez, losas para su Ejecutivo. Si lo incumpliera, podría ser considerado poco menos que como un estafador para los ciudadanos y para los partidos que le apoyaron.

No creo que haber sido multado por Hacienda incapacite para ejercer un cargo público, ni creo que haya que ser demagogo al analizar el currículum de los cargos públicos, como se ha sido en ocasiones anteriores. Pero en circunstancias como las que han dado pie a la formación de este gobierno, la continuidad de Huerta hubiera sido inaceptable.

La corrupción es un fuerte corrosivo con la capacidad de adelgazar los pilares del sistema, pero también lo es utilizarla como arma arrojadiza para alcanzar determinadas metas políticas

Está claro que la corrupción es un fuerte corrosivo con la capacidad de adelgazar los pilares del sistema, pero también lo es utilizarla como arma arrojadiza para alcanzar determinadas metas políticas. Y quien ha muerto a hierro no dudará en emplear el mismo método cuando el rival se ponga a tiro. El juego es peligroso y puede ocasionar todavía más turbulencias en esta España del cliffhanger semanal. Pero todas las partes están legitimadas para participar, no sólo las de la propia trinchera.

Dicho esto, no creo que la salida de Màxim Huerta haya hecho mella en el ejecutivo. Todo lo contrario, dado que su dimisión le permitirá a Sánchez hablar de ejemplaridad y de un gobierno de ministros libres de polvo y paja que fue abandonado voluntariamente -aunque por pataleta- por quien cometió un pecado 'venial'. Habrá que ver cuánto tiempo podrá el presidente mantener ese discurso, dado que los partidos suelen ser estructuras difíciles de controlar a las que suelen arrimarse algunos de los córvidos que más fácilmente se ven atraídos por los objetos brillantes.

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