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Rubén Arranz

Análisis de medios

“Soy independiente y nadie me va a dar órdenes, ni ustedes, ni ustedes, ni ustedes”

Rosa María Mateo en el Congreso de los Diputados
Rosa María Mateo en el Congreso de los Diputados Europa Press

En el país de los todólogos y los corrillos de patio de vecinas donde se despelleja al más pintado, existe un serio problema para organizar debates electorales. Ocurre por la vigencia de una ley que obliga a que los telediarios incluyan una insoportable dosis diaria de propaganda gratuita de los partidos, pero impide que las formaciones sin representación parlamentaria -como es el caso de Vox- se midan en televisión con el resto de candidatos, por muy alto que apunten en las encuestas. A esto hay que sumar otro factor fundamental, como es la irresponsabilidad de quienes aspiran a gobernar el país, tan acostumbrados a hacer prevalecer los intereses partidistas sobre la función pública.

Pedro Sánchez y sus asesores parecen concebir la política como 'tahúres del Mississippi'. Los que no atienden a ninguna regla, juegan con las cartas marcadas y guardan una Derringer en el tobillo por si la cosa se tuerce. El problema es que el órdago que lanzaron para tratar de zafarse del debate a cuatro bandas de Atresmedia les ha salido mal y ha enturbiado una campaña que, hasta entonces, había sido tranquila para los socialistas. Ante el ridículo de estos aprendices de politólogo de serie de Netflix, los socialistas podían haber rectificado u optado por mantener un perfil bajo, pero no ha sido así y en los comunicados que ha difundido el PSOE durante las últimas horas se retuercen los hechos y se manipula la realidad de una forma lamentable, en lo que supone un nuevo atentado contra la inteligencia de los ciudadanos.

Rosa María Mateo se prestó a hacer de banderillera de Pedro Sánchez en este asunto y ha salido corneada, con la femoral agujereada y un par de vértebras a la virulé. Una vez más, RTVE se ha puesto del lado del Gobierno cuando éste ha necesitado un capote y ha vuelto a dejar claro un hecho que resulta penoso a todas luces, y es que las empresas públicas son utilizadas como botín de guerra por quienes alcanzan el poder en este país y como amplísimas agencias de colocación.

Este vodevil debería hacer reflexionar a quienes dentro de RTVE realizaron una furibunda oposición contra la manipulación informativa de la anterior etapa con Rajoy en Moncloa

Muy lejos suenan ahora las palabras que pronunció Mateo en el Parlamento el pasado septiembre, en las que defendió su neutralidad ante las críticas del Partido Popular. “Soy independiente y nadie me va a dar órdenes, ni ustedes, ni ustedes, ni ustedes”, dijo, con visible enfado. El problema es que, a la hora de la verdad, se ha puesto al servicio del PSOE con todo descaro, al ofrecer a Sánchez la posibilidad de realizar el debate electoral cuando más le convenía a él y sólo a él.

Comienzan las hostilidades

Dentro de la casa, estos acontecimientos han provocado la apertura de la veda contra Mateo, después de varios meses en los que nadie ha dicho ni mu sobre su gestión de la televisión pública, pese a que su audiencia está hundida. Tal es así que La 1 se encuentra actualmente más cerca de su más inmediato perseguidor, La Sexta, que de su antecesor, Antena 3.

Dentro de su equipo de máxima confianza, han surgido grietas que serán difíciles de cerrar y que se pueden atribuir al desacuerdo de los Begoña Alegría, Fran Llorente o Elena Sánchez con la administradora única provisional; o a que alguien ha gritado “sálvese quien pueda” y, quien más, quien menos, ha comenzado a asegurar su futuro en la corporación, haciendo gala de sus dotes para la deslealtad.

Este vodevil debería hacer reflexionar a quienes dentro de RTVE realizaron una furibunda oposición contra la manipulación informativa de la anterior etapa -con Rajoy en Moncloa y el delfín José Antonio Sánchez en Torrespaña-, pero celebraron con una incomprensible euforia el nombramiento de Mateo, una jubilada que no fue elegida en Moncloa, precisamente, por sus méritos profesionales ni por su experiencia en la gestión. A algún 'dignísimo' analista mediático se le debería caer la cara de vergüenza por su actitud complaciente durante los últimos meses. Quien piense que con esos juegos florales defiende la televisión pública, se equivoca, pues lo único que hace es acelerar su decadencia, que es evidente.

Las gamberradas de cada día

Convendría precisar que las televisiones públicas cuestan en España alrededor de 2.000 millones de euros al año, de los que casi la mitad se los lleva RTVE. De esa cantidad, más de 400 se destinarán a pagar nóminas y cargas sociales durante 2019, a lo que hay que sumar los casi 65 millones que habrá que abonar a los prejubilados del ERE de 2007. Sería injusto culpar a Rosa María Mateo de todos los males que afectan a la casa, pues el Tribunal de Cuentas y los auditores del sector público han advertido en reiteradas ocasiones de los pufos que se realizan con el dinero que recibe.

La filosofía que impregna a quienes controlan estos servicios públicos siempre es la misma: si yo gano las elecciones, esto me pertenece

Es sabido por todos los que han llevado las riendas de la corporación que allí dentro se rubrican desde hace varios años contratos en fraude de ley que, posteriormente, tras la pertinente y previsible demanda judicial, se transforman en indefinidos. También se incumplen determinadas cláusulas de los acuerdos, lo que beneficia a las productoras -ver este artículo- y obliga a afrontar gastos extraordinarios. O se cede a las presiones sindicales para mantener tranquilo el gallinero y se destina a amiguetes de éste o el otro a las grandes coberturas, como la Vuelta Ciclista a España, para que se lleven generosas dietas. Para unos cuantos, ahí dentro, el servicio público consiste en todo esto.

El artículo iba a versar sobre las propuestas que incluyen los partidos políticos dentro de su programa electoral para con la televisión pública. Pero no conviene menospreciar la inteligencia del lector. Su proyecto es el que todos conocemos: tomar el control, utilizarla como escudo y hundirla un poco más. Quizá TVE nunca llegue al nivel de TV3, pero la filosofía que impregna a quienes controlan estos servicios públicos siempre es la misma: si yo gano las elecciones, esto me pertenece.

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