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Rubén Arranz

Opinión

El fiscal Zaragoza pone el foco sobre el Chernóbil catalán

Javier Zaragoza
Javier Zaragoza

La serie Chernobyl deja un regusto amargo, pues explora algunas de las partes de la condición humana más proclives a la necrosis. Relata con crudeza el conocido accidente de la central nuclear ucraniana y su posterior gestión dentro de ese enorme oso agonizante que era entonces la URSS. Sus guionistas se muestran especialmente lúcidos a la hora de mostrar las maldades del sistema soviético, donde paliar los efectos de la radiación no era más importante que elaborar una lista de culpables para saciar la voracidad de la KGB; y donde existía una insoportable obsesión por ocultar la gran evidencia de que el sistema comunista había convertido varios países en tierra yerma.

El primer capítulo comienza con una frase que anticipa los acontecimientos que posteriormente se desarrollan en pantalla: “El verdadero peligro se da cuando nos acostumbramos a la mentira y dejamos de tener la capacidad para reconocer la verdad”. El ingeniero jefe de la central actuó con la complacencia de quien creía infalible la tecnología nuclear soviética. Y los burócratas, por su parte, se encomendaron al partido, ese ente omnipresente y omnipotente en los totalitarismos que suele actuar con una siniestra impunidad. La central nuclear estaba envuelta en llamas y de su interior emanaba radiación equivalente a varias decenas de bombas de Hiroshima, pero los más convencidos comunistas le quitaban hierro al asunto, con una evidente incompetencia.

La actitud complaciente recuerda de forma preocupante a lo que ocurre en España dentro de la región catalana, donde las políticas excluyentes y los agravios que se han practicado durante las últimas décadas se han visto con una incomprensible normalidad. Con la complacencia de quien observa la guerra por televisión y se sabe ajeno a los disparos.

Decía este martes el fiscal Javier Zaragoza que es un error considerar que la violencia es aquello que implica una agresión física sobre otra persona. Por eso, a veces resulta tan fácil de ocultar, dado que puede no generar traumatismos ni hemorragias en el momento inmediatamente posterior a la afrenta, pero resultar igual de dañina que un ataque con puño cerrado. Ocurre como con la radioactividad: es un asesino invisible que envenena la atmósfera y destruye los tejidos de quienes se exponen a grandes dosis. Los bomberos que apagaron el incendio de Chernóbil jugaban a las cartas en el hospital con aparente normalidad –según muestra la serie- cuatro días después del accidente. Unas horas después, se descarnaban en una cama, entre gritos de dolor, pues ni siquiera podían administrarles morfina por sus destrozadas venas.

La violencia invisible, pero detectable

Tarradellas ya detectó que la atmósfera de Jordi Pujol estaba cargada de radiactividad -invisible, pero detectable- y la definió como una ‘dictadura blanca’. Desde entonces, han sido cientos de veces los que se ha recurrido a esa expresión para explicar el origen del proceso soberanista. Este martes, Javier Zaragoza ha abundado en esa línea, al defender que el 1-O se utilizó la violencia imprescindible para que se celebrara el referéndum. “No fue necesaria más, pero tampoco fue necesaria menos”, dijo. Quizá no fue la suficiente para que el tribunal considere que lo que allí ocurrió fue una rebelión, pero, desde luego, no se puede afirmar que el Govern y el Parlament actuaron de forma pacífica y democrática. Del mismo modo que sería erróneo afirmar que el concepto de ‘catalanidad’ que se moldeó sobre la mesa del capo de los Pujol se ha impuesto sin violencia.

Sería erróneo afirmar que el concepto de ‘catalanidad’ que se moldeó sobre la mesa del capo de los Pujol se ha impuesto sin violencia

La historia juzgará a quienes, por conveniencia o estulticia, hicieron la vista gorda ante las políticas encaminadas a imponer ‘lo nuestro’ con la “violencia justa”. No hacía falta tener dotes de estadista para concluir que todas esas maniobras no eran en aras de un proyecto común, sino excluyente. Lo del negro de Bañolas no fue una anécdota simpática protagonizada por un grupo de paletos. Fue el síntoma de esa ‘dictadura blanca’, la que no mataba a disidentes, pero arrinconaba con mano de seda. Fue un síntoma del Chernóbil catalán que definió Agustín Argelich en este artículo.

Siguiendo esta estrategia, este mal se adueñó al principio de las instituciones y de las aulas. Luego, de los medios de comunicación y, más recientemente, de las calles, pues no quedan muchos lugares en Cataluña que no hayan sido desvirgados por símbolos amarillos y pancartas reivindicativas. Incluso desde las alcantarillas se emitieron mensajes independentistas en Olot (Gerona) el pasado octubre.

Se puede pensar que la violencia que definía este martes Javier Zaragoza se extinguirá sin oposición. Sin ni siquiera un discurso alternativo que sirva de remedio contra la hipnosis colectiva que ha ocasionado este movimiento político. El problema es que la radiación permanece durante miles de años en los lugares donde se emite. Y no parece muy inteligente seguir negando la existencia de un Chernóbil en España que, tarde o temprano, si no se aborda, terminará en catástrofe.

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