Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) desayuna cada mañana una combinación de cápsulas que constituyen su elixir de la eterna juventud. Después, mira su agenda con agobio, pues suele tener -confiesa- compromisos profesionales. Este escritor navega en la vida desde hace 84 años y lo hace con la capacidad de no dejar indiferente a nadie. Recibe a este periodista en su casa del barrio madrileño de Malasaña y conversa con tono amigable desde un sillón. Todo sucedió un jueves por la mañana, cuando se cumplían tres meses y tres días desde que obtuvo la inmunidad contra la covid-19.

La conversación con Vozpópuli se extendió durante algo más de una hora y versó sobre la soledad, el individualismo, el rechazo al progreso y sobre ese carácter cainita que afecta a los españoles, que provoca conflictos bélicos entre linde y linde; puerta y puerta; pueblo y pueblo; y clan y clan. La conclusión es que esto no tiene remedio, pero aquí vivimos y aquí moriremos.

El primer día que contactamos, me advirtió: ni fotos ni vídeos. "No me gustan". Hicimos ese trato.

Pregunta: Le pedí una entrevista y tuvo que hacerme un hueco entre sus múltiples obligaciones. No se retira usted…

Respuesta: Mira, cada vez que escribo en Twitter que me quiero retirar, hay quien me pide que no lo haga, pues considera que mis artículos son necesarios. Entonces, tiendo a aplicar el principio de Antonio Machado: “Al cabo, nada os debo, me debéis cuanto escribo”. No admito eso de que yo tenga una especie de deber moral de seguir escribiendo hasta el final de mis días, como si fuera un picapedrero. Y menos de política, que es a lo que me empujan los medios de comunicación para los que escribo.

P. Usted fue uno de los que sufrió ‘purgas’ en la televisión pública…

R. Y hoy es imposible hacer televisión como la de Negro sobre blanco, donde tres o cuatro personas, con cultura y educación, hablaban durante una hora de forma sosegada. Ahora hay una exigencia de brevedad y eso ha llevado a la degradación del discurso. No se puede ser breve siempre. No se debe.

P. En esa época, también ‘echaron’ a José Luis Garci…

R. Precisamente, acabo de hablar con él porque el mes que viene estamos organizando la presentación de un libro muy curioso, que es un guion de cine que escribí en 1995 sobre las dos cubas: la de Miami y Cuba. Tiene 200 páginas y hay un pequeño editor de Valencia que lo publica con el título Habáname.

P. Busco "Sánchez Dragó" en Google y aparece una noticia sobre sexo…

R. No me hables de sexo, estoy hasta el gorro de que me pregunten sobre eso. Me desespera hablar con periodistas porque me tiro una hora hablando con ellos, podemos conversar sobre Platón y Aristóteles, pero, al final, lo único que destacan de la conversación es lo relativo al sexo, las drogas o la política. Hacen una trivialización constante del entrevistado. Eso provoca que las personas se conviertan en personajes que no tienen nada que ver con ella.

P. Buscamos ‘clics’ y provocamos estados de ansiedad…

R. Pero a ver, ¿por qué hay que acogotar la realidad en un titular? Eso excluye el resto de la conversación. Mira, lo del sexo es algo recurrente, pero yo es que ya no quiero hablar de sexo. Mira, César González Ruano decía que el español está siempre de mala leche porque piensa que el vecino folla más. Entonces, digas lo que digas de sexo, ya se sabe que o te van a acusar de ser un fanfarrón o no te van a creer. Por eso mejor no hablar.

P. Según deduzco de la frase de Ruano, en España se debe follar mal…

R. Habrá quien folle mal y quien folle bien. Es verdad que en estos tiempos a veces se folla bastante mal. Pero bueno, es sólo una impresión…

Habrá quien folle mal y quien folle bien. Es verdad que en estos tiempos a veces se folla bastante mal. Pero bueno, es sólo una impresión…

P. Hay algo de su pensamiento que siempre me ha llamado la atención. Es el peso que le concede al individualismo. ¿Cómo se sostiene ese individualismo en la época de los discursos identitarios excluyentes?

R. Asistimos al juego de los opuestos: globalización o identitarismo; y parece que no hay terreno más allá de eso. Yo me niego: mi patria son mis zapatos y no tengo que encajonarme en ninguno de los dos grupos. Yo no me siento identificado con nadie. Desde que iba al colegio fui un niño raro y las cosas que decía eran distintas a las de todos los demás. Antes, no se organizaba un escándalo con eso; sin embargo, ahora se convierte en un instrumento de cachiporra.

P. ¿Le ha llevado la edad al desengaño?

R. Rubén, la edad te lleva inevitablemente a la misantropía. Con el tiempo, deduces que la especie humana es un animal depredador y que no puede evitar esa condición. Hay muchos seres humanos que a través de la cultura, la moral o la religión se rescatan de esa actitud. Pero si observas la actitud humana te das cuenta de que los impulsos y las pulsiones humanas son las mismas que las de la época neanderthal.

P. Reconozco que leí hace un tiempo una columna suya sobre un viaje a Chiang Mai (Tailandia) y lo dibujaba como un paraíso. Pero seguí su consejo y me encontré una marabunta turística. Los tiempos han cambiado. ¿No cree que cada vez es más difícil encontrar oasis en esta época de la híper-comunicación?

R. Es que ya no existen, no los hay. Todos los países acaban con el tiempo convertidos en un infierno. La edad, ya lo he dicho, te convierte en un misántropo y te hace ver que muchos de los paraísos que concebiste no son tal. Mis viajes son hojarasca en mi proceso intelectual. Y en el mundo híper-comunicado, como dices, ya no hay oasis.

P. Nos queda el recogimiento…

R. Si todos cultiváramos nuestro huerto de forma pacífica y razonable, el mundo sería un lugar mucho más habitable... No hay que meterse en el huerto del vecino. No hay que salvar a nadie. Voltaire contra Rousseau. Es una fórmula estrictamente individualista, pero muy efectiva cuando uno se vuelve misántropo y se desencanta. Mira, yo siempre he sido un solitario.

No hay que meterse en el huerto del vecino. No hay que salvar a nadie. Voltaire contra Rousseau. Es una fórmula estrictamente individualista, pero muy efectiva cuando uno se vuelve misántropo y se desencanta.

P. Decía Cioran que Zaratustra era un tipo inmaduro, pues tras su retiro en la montaña, bajó y comprobó que amaba a los hombres, cosa que se puede considerar como un pecado de juventud. Sin embargo, Marco Aurelio, emperador desencantado, se propuso ser efectivo en sus rutinas. Conformista…

R. Estoy completamente de acuerdo. De hecho, yo cada vez estoy más cerca de las filosofías humildes, las de andar por casa. Estoicos, epicúreos,  taoístas…son los que enseñan a vivir en definitiva. Y los que se identifican más con mi estilo.

P. Me ha pedido que no hablemos de política, pero quisiera preguntarle por la crispación. ¿Cómo volvemos al orden?

R. Es un déjà vu, es lo que ha pasado siempre. Recuerdo que mi mujer, japonesa, cuando vino a España se sorprendió de que los españoles siempre termináramos hablando de política. En otras partes del mundo, eso está considerado como de mala educación. Yo he vivido muchos años en países exóticos y nunca nadie ha mencionado delante de mí las palabras ‘derecha o izquierda’. Todo eso es una invención del pequeño mundo occidental.

P. Pero, a lo que voy, esto parece que podría derivar en una confrontación…

R. España es un país tribal. Es un país de peñas, de cuadrillas, de grupúsculos; y eso nos lleva a un enfrentamiento continuo; en Madrid y en otras partes. Somos el país que ha vivido más guerras civiles; y eso es un dato objetivo. Todo esto que está pasando ahora es la eterna canción de España, los dos hombrecitos de Goya moliéndose a garrotazos. El verso de Lorca: “Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses". Tú lees la prensa ahora y lo que se dice es extraordinariamente parecido a lo que se escribía en 1936. Afortunadamente, no se ha llegado a pronunciamientos militares ni a las pistolas, pese a las balas por correo y las navajitas. Pero el tono estremece. Dan ganas de salir corriendo.

P. Aquí resulta casi imposible escapar al discurso revanchista y a los acontecimientos políticos. Usted estaba en Tailandia durante el último golpe de Estado y no se enteró. Y por lo que contaban las crónicas, los crápulas que disfrutaban de los locales del barrio árabe siguieron a lo suyo...

R. Yo estaba en el chino y así pasó. Aquí es imposible. Arrastramos esa cruz y, oye, cansa de cojones.

P. ¿Qué hacer ante eso? ¿Renegar del país?

R. ¡No! Es imposible desvincularte de esto. A mí me gusta: aquí está mi familia, mis lugares, mis afectos, mis costumbres, mi lengua... ¿Dónde me voy a ir ahora? No se puede escapar.

P. Usted ha sido crítico con el progreso...

R. Esto es propio de viejo, pero tengo la sensación de que todo avance conduce a algo peor. Yo he vivido en mi propia realidad, que es la literaria, en mundos geográficamente  y cronológicamente lejanos. Y sigo viviendo así. Álvaro Mutis decía que todo lo que había sucedido desde la caída de Constantinopla no le interesaba. Yo voy más atrás: no me genera interés todo lo que ha ocurrido después de los siglos V y VI a.C., que fueron los siglos de los presocráticos, de los órficos, de Pitágoras, Platón, Aristóteles, Buda, Lao-Tse...

P. Entonces, si manifiesta misantropía, desinterés por la realidad actual y no se quiere ir de España, quizás la fórmula es convertirse en ermitaño y alejarse del foro público...

R. Es en realidad lo que hago. Yo la mayor parte del tiempo la paso en un pueblo de Soria de 12 habitantes; y, cuando voy de viaje estoy todo el día en el hotel, escribiendo o leyendo, y, ya, si eso, a las 18.00 salgo a dar una vuelta y a comer algo. Y si puede ser en un país donde no entienda lo que habla la gente, mejor. Soy curioso, me gusta ser testigo de lo que piensa la gente alrededor. Voy a los restaurantes solo para escuchar las conversaciones de las mesas de al lado, pero más allá de eso, mi vida la paso la mayor parte del tiempo en silencio. Prefiero pensar a hablar, concentrarme a distraerme.

P. Nos estamos alargando quizás en este punto, pero me resulta curioso ese individualismo casi absoluto...

R. Es que se nos escapa que la única tarea que las personas tienen encomendada cuando nacen es averiguar quiénes son. El resto es, sin duda, menos importante. Yo descubrí que mi vocación era ser escritor y seguí un camino hacia mí mismo que concluí, calculo, hacia alrededor de diez años, al publicar mi primer libro de memorias. Y tengo 84... Quizá ha llegado para mí el momento del toque de silencio, aunque me quedan por escribir otros tres libros de memorias para concluir mi trayectoria literaria.

Quizá ha llegado para mí el momento del toque de silencio, aunque me quedan por escribir otros tres libros de memorias para concluir mi trayectoria literaria.

P. Son 84 años y usted es evidente que ha hecho balance al realizar sus memorias. Y hay una frase que me encanta de la película 'Los profesionales'. A pocos segundos de liarse a tiros, los actores hablan de la revolución y del desencanto que produce con el tiempo. Necesitamos la revolución porque ofrece una dosis de motivación para luchar contra la apatía, pero, a la vez, nos defrauda con el tiempo. Yo le pregunto: ¿le sirvió de algo la lucha antifranquista?

R. Yo todos los recuerdos que tengo son buenos. A lo largo de la vida he sido feliz siempre, incluso en momentos teóricamente malos, como hacer la mili, irme al exilio con doce mil pesetas y un pasaporte falso o cuando me he separado de una mujer. Pero mi estancia en la cárcel fue una vivencia cargada de energía e interesantísima. Un buen legado. Buenos recuerdos. Siempre he sido más proclive a vivir de forma épica. Soy más épico que lírico. Yo, si me he metido en política lo he hecho siempre desde el punto de vista épico. Me hubiera encantado ser Hemingway...

P. Me sorprendió verle en el mitin de Vox de Vistalegre...

R. Fui porque quería ser testigo del nacimiento de ese fenómeno en España y porque había publicado el libro de conversaciones con Santiago Abascal, que es un buen tipo y que me había generado curiosidad por aquellos vídeos subidos encima de un caballo o sudando en la montaña. Eso es pura épica. Un western. Soy escritor, voy a todas partes, prefiero tomar notas a tomar copas.

P. Pero chocó ver a un individualista en el acto de un partido que apela al nacionalismo español...

R. Te reitero lo de antes: yo soy yo y mi circunstancia y no estoy encajonado en ningún partido, ni ideología ni grupo social.

P. Ajeno, pero no neutral. A Pablo Iglesias le ha repartido estopa con una especial intensidad...

R. Bueno, yo no me quiero meter en política, pero es evidente Pablo Iglesias tiene una especial habilidad para meterse en berenjenales. Dice el mismo tipo de idioteces que yo decía a los 18 años. Luego, crecí. Y no, no comparto en absoluto sus ideas.

Pablo Iglesias tiene una especial habilidad para meterse en berenjenales. Dice el mismo tipo de idioteces que yo decía a los 18 años.

P. Curioso que el comunismo tenga todavía esa capacidad para mudar de piel...

R. Es que desde un punto de vista antropológico, se puede concluir que Podemos ejerce el papel de los primeros cristianos en Roma. ¡El mismo! Son herederos de aquel espíritu supuestamente revolucionario que iba contra la ilustración pagana y contra el sistema. Su soniquete es insoportable. Integrismo puritano. El mal de esta época.

P. Terminamos: ¿cómo conservar la capacidad de sorpresa en el mundo de la híper-comunicación?

R. Pues no lo sé, pero puedo decir que el viaje, tal y como se concebía, tal y como lo hacía mi generación, ha desaparecido. Es casi imposible hablar de expediciones, de conocer los países mediante la exploración del terreno, circulando a escasa velocidad y empapándose de su esencia. Recuerdo cuando fui corresponsal en Asia de El Alcázar, en la época en la que tuve que exiliarme. Hacía crónicas sobre aspectos casi desconocidos y visité lugares inolvidables. Estuve en Saigón durante la guerra, recorrí Japón, me moví por todo el Sudeste Asiático... Firmaba además con un pseudónimo, pues el franquismo no quería ver mi nombre ni en pintura en prensa. Elegí el nombre de mi padre: Fernando Sánchez Monreal, asesinado en el 36.

[n.d.a.: En esta parte de la entrevista, se emociona y se le corta la voz.]

P. Eran vivencias...y visitar zonas de conflicto o disfrutar en el exilio no debía ser sencillo. Dígame una cosa: ¿faltan cojones actualmente?

R. Por supuesto: faltan cojones, no tengas ni la más mínima duda. Falta testosterona y la vitalidad que trae aparejada. Ese ímpetu que va mucho más allá de lo sexual y que lleva al hombre a tener energía ante la vida. Yo ya sabes que todas las mañanas me tomo un cóctel de productos naturales y compuestos químicos que he ido elaborando a lo largo de los años. Entre ellos, hay una buena dosis de testosterona. No es cuestión de virilidad, las mujeres también la segregan y la necesitan.