Es difícil escribir sobre la libertad expresión sin caer en tópicos, pero es que estos días juzgan a un cómico, que se llama David Suárez, por hacer una broma lamentable en internet que, a juicio del fiscal, atenta contra la dignidad de las personas con síndrome de down. Lo más llamativo es que el ministerio público ha pedido al juez que le prohíba ejercer su actividad de cómico en las redes sociales, tal y como ha informado Europa Press.

El humor negro siempre ha tenido difícil encaje en el foro público, pues requiere cierta perversión; y lo incorrecto siempre entraña cierto riesgo en la sociedad de los biempensantes. Cabría preguntarse por la reacción que habrían tenido los paladines contemporáneos de la moral -como Rubén Sánchez o Polonia Castellanos- si Tom Sharpe hubiera publicado sus obras en estos días.

Porque El bastardo recalcitrante era un discapacitado. Un muchacho corto de entendederas que, ya talludito, acude al médico con su prometida -no menos mermada- para averiguar el motivo por el que no pueden concebir. Cuando el doctor le ilustra sobre la función genital que es necesaria para conseguir el embarazo, por poco lo mata, pues no entendía nada. Concebía el coito casi como un apuñalamiento a traición.

Habría que preguntarse qué opinarían en el Ministerio de Igualdad si descubrieran Wilt en una librería, donde un hombre se mete en un buen lío después de que se le ocurriera ensayar el asesinato de su mujer con una muñeca hinchable. Lo hace con tan mala suerte que el pelele -o la pelela- cae en un agujero que posteriormente es rellenado con hormigón. Pero eso no hace que explote, sino que la muñeca quede incrustada en el material. Aplastada, pero inflada. Y despatarrada. Cuando los obreros la descubren, Sharpe se ensaña en los comentarios:

-Por lo menos se ha ahorrado el coste de la lápida. Bastará con que la planten allí con unas letras que digan: "Aquí yace Eva Wilt, nacida el tal del tal, asesinada el sábado pasado". Un monumento en vida y, ahora, un monumento muerta -, dice un profesor de los que observa la 'exhumación'.

-”No podrán incinerarla nunca, desde luego. Y el empresario de pompas fúnebres que sea capaz de meterla en un ataúd será un genio. Claro que supongo que siempre podrán utilizar un martillo neumático”, responde otro.

Humor negro

Hay tragedias sobre las que se han escrito obras maestras. Y hay guiones incorrectos que resultan imprescindibles. Es el caso de Fargo, que es, en realidad, un duelo entre memos en el que triunfa la más inteligente, que la que no es tonta, pero se lo hace. David Suárez no tiene gracia en la mayoría de las ocasiones, pues resulta demasiado obvio y repetitivo, pero cabría reflexionar sobre el hecho de que un fiscal llegue a pedir 1 año y 10 meses de cárcel, una multa de 3.000 euros y su inhabilitación como usuario de Twitter por un chiste malo, que fue el siguiente:

“El otro día me hicieron la mejor mamada de mi vida. El secreto fue que la chica usó muchas babas. Alguna ventaja tenía que tener el síndrome de down”.

Este tuit motivó la denuncia del Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad, que consideró que su autor había cometido un delito de odio. Y aquí vuelve a producirse el mismo problema de enfoque de siempre: una asociación decide defender los derechos de sus miembros a partir de la caza al bocazas o el tuitero inoportuno.

¿Es eso efectivo? Sobra decir que no, pues es como intentar terminar con el crimen organizado a partir de redadas a camellos de poca monta. Es decir, desviar la mirada sobre el foco del problema e, involuntariamente, contribuir a agrandarlo. Porque el tiempo que se pierde en disparar balas de fogueo resulta imposible de recuperar. Y perseguir el humor negro no parece lo más inteligente ni constructivo.

Debería intensificarse el debate sobre la necesidad de que existan 'delitos de expresión' y, sobre todo, sobre la necesidad de recurrir a un juzgado para escarmentar a quienes debería ridiculizarse con la mera exposición de argumentos en público. El histerismo suele conducir al desastre y este tipo de acciones judiciales lo único que provocan es el engorde de las sectas ideológicas, que son las que en último término se apoderan de las causas de los débiles.

Cuando una sociedad tiene la sensibilidad a flor de piel, tarde o temprano sobreviene el ataque de ansiedad. Entonces, cunde el pánico y la mayoría opta por guardar silencio. A partir de ahí, los débiles, en lugar de quedar más protegidos de los exabruptos de los idiotas, quedan a merced de la voracidad de las instituciones y sus sostenedores, lo cual es peor para sus intereses. David Suárez es un bocazas, pero no es un delincuente. A mí no me hace gracia, pero quizás a usted sí. Y nada debería ir más allá de eso. Caballero, piense un poco antes de ofenderse.