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Rubén Arranz

Opinión

El asesinato de Laura Luelmo y la despreciable carroña mediática

Laura Luelmo
Laura Luelmo VP

Una chica ha sido asesinada y se han desatado diferentes tragedias. Nada nuevo y, lamentablemente, nada corregible en este país, demasiado dado a instrumentalizar a los muertos. Los que sólo deberían exponerse al dolor de los propios y al respeto de los ajenos. En esta ocasión, la víctima se llamaba Laura. Laura Luelmo. Salió a correr un buen día y nunca regresó a casa, pues por el camino fue atacada por un tal Bernardo Montoya, un malnacido que vivía a pocos metros de la mujer y que ha confesado que la mató. Los hechos constituyen el enésimo crimen mediático y, como suele ocurrir en estos casos, hay quien ha aprovechado la ocasión para obtener sus buenos réditos.

Los sucesos de este tipo suelen despertar al demonio del oportunismo, que últimamente tiene el sueño frágil y se desvela con demasiada frecuencia. Entonces, un medio de comunicación digital decide dedicar una noticia a “la casa maldita de Laura Luelmo”, que fue construida -añade- por el padre de su asesino. Por si la lección de ética no alcanzara el nivel suficiente, en otro artículo opta por hablar del Alfa Romeo negro del tal Montoya. Mientras tanto, una conocida periodista -o más bien, activista- echa por tierra la idea de la responsabilidad individual y trata de hacer partícipe a una colectividad de los repugnantes casos de violencia contra las mujeres. “Vosotros tenéis un problema, gordísimo. Se llama silencio. Se llama inactividad. Se llama tolerancia con el mal”, escribe.

La puntilla la pone otro popular tertuliano, que tuvo a bien escribir lo siguiente en las redes sociales: “Los que defendéis a VOX sois responsables de que muertes como la de Laura sucedan. Sois cómplices”.

“Los que defendéis a VOX sois responsables de que muertes como la de Laura sucedan. Sois cómplices”, escribió un conocido tertuliano.

Mientras la investigación se sucede, las reinas de las mañanas televisivas llenan horas y horas de parrilla de programación con el crimen de El Campillo y el presidente de un sindicato de funcionarios de prisiones y un tal Juan -trabajador en una cárcel- se afanan en explicar que Bernardo Montoya es astuto, pues en su celda se comportaba como un corderito, pero en la calle es un auténtico sinvergüenza. En el plató, se encuentra como invitado el padre de Diana Quer, otra menor asesinada. En el debate, se hace referencia al progenitor de otra, Marta del Castillo. Piden un endurecimiento de las penas para los asesinos y un periodista habitual de esas tertulias, acostumbrado a pegarse sus buenos chapuzones en sangre, habla de la prisión permanente revisable

Las Ana Rosa y las Griso acudieron prestas y dispuestas el pasado 8 de marzo a la manifestación feminista, con su camiseta morada y su móvil en posición selfie, para que constara en acta que habían estado allí. El problema es que, cuando encuentran un crimen mediático, no suelen ser tan respetuosas con los derechos de las mujeres. Ni de su familia, que llora a un muerto mientras desayuna con titulares sobre “regueros de sangre” y “restos biológicos”. El pasado miércoles, Rosa María Mateo -en su enésimo intento de dignificarse- hablaba en el Congreso de la extraordinaria TVE que gestiona, que huye del morbo y de los contenidos que no aportan cosas buenas a los ciudadanos. Este jueves, el programa que presenta por las mañanas María Casado se recrea en varios detalles del crimen. "Os vamos a contar con detalle el registro (policial) de 9 horas", decía una de las reporteras desplazadas a la provincia de Huelva, ante la atenta mirada de Casado, que es la nueva presidenta de la Academia de la Televisión. Gran ejemplo.

Una interesada estupidez

Resulta insoportable la interesada estupidez que exhiben algunos de los particulares y grupos de presión que se han adueñado del foro público. Los que suelen aprovechar este tipo de hechos para exigir penas más duras para tratar de arañar unos votos; o los que no pierden ocasión para culpar de los asesinatos -execrables- al patriarcado y a una sociedad machista en la que todos los hombres son poco menos que consentidores de este tipo de atrocidades. En estas circunstancias, saber comportarse ante la tragedia cada vez es más complejo y requiere más diligencia, puesto que, de lo contrario, cualquiera está amenazado por la guillotina social. No sólo aquí, sino en cualquier ámbito.

El pasado miércoles, una diputada del PP que responde al nombre de Tristana María Moraleja Gómez quiso solidarizarse -durante la formulación de una pregunta parlamentaria- con los tres marineros que murieron hace unos días en Galicia. Su interlocutora, Rosa María Mateo, respondió a su pregunta sin expresar su pesar al respecto. Estoy seguro que por un lapsus. Pues bien, la tal Moraleja Gómez le abroncó por ello. Buscaba cazar una presa y trató de utilizar una tragedia para marcarse un tanto, lo cual es totalmente pueril. Lo mismo hizo Julia Otero, cuando la emprendió contra VOX por no mostrar su consternación por el asesinato de Luelmo. Lo dicho: quien no siga esta vacua liturgia social, será encuadrado en el grupo de los malhechores.

Resulta insoportable la interesada estupidez que exhiben algunos de los particulares y grupos de presión que se han adueñado del foro público

Los medios de comunicación deberían ayudar a centrar el debate en estos casos y transmitir serenidad en un momento en el que cada secta ideológica trata de ganar adeptos e imponer su ideario nocivo. Evidentemente, con oportunismo. El problema es que el sector está hoy afectado por contertulios que hacen mucho ruido, pero que no saben ni quieren ir más allá del eslogan pancartero; y por activistas que han descubierto que es más rentable cultivar un perfil personal, bajo el paraguas de alguna corriente ideológica de moda, que hacer periodismo independiente y juicioso.

A estos se unen los empresarios mediáticos que hace tiempo perdieron el norte y se han entregado al amarillismo pornográfico. En las portadas de sus periódicos digitales y en los programas de sus televisiones abundan las informaciones sobre crímenes, casquería y sucesos morbosos que son disfrazados bajo la denominación de 'historias humanas', pero que, en realidad, son material sanguinario. Se saltan cada día varias líneas rojas por aglutinar audiencia y por tratar de rentabilizar su negocio.

Amarillismo pornográfico

Lo que ocurrió en El Campillo no es un crimen pasional, como tampoco es un caso de violencia doméstica, como han especulado varios de los más insignes periodistas y expertos criminalistas sobrevenidos durante estos días. Es el asesinato de una joven que tuvo la mala suerte de cruzarse con un criminal indeseable en un momento concreto. El suceso ha evidenciado que las mujeres que, en muchas situaciones, son más vulnerables a sufrir ataques violentos, lo que explica su miedo a exponerse a determinadas situaciones, como caminar solas, de noche; o correr en un parque poco concurrido.

Esto tiene un componente cultural, pero también otro genético, como decía Milena Busquets en este estupendo artículo. Este último factor resulta imposible de evitar, como tampoco puede erradicarse la maldad de una sociedad. Porque el mundo tiene ese ingrediente de crueldad que nunca conviene obviar para no caer en la tentación de asumir como ciertos los discursos tramposos, como el del fundamentalismo feminista que tantas falacias acostumbra a difundir en los últimos tiempos. Evidentemente, la crueldad suele afectar a quienes, en determinadas situaciones, son o se sienten débiles. Como la corredora que se cruza con un psicópata por el camino o la mujer que vive con una bestia parda que la agrede. 

Una buena parte de los medios que analizaron el significado de los tatuajes de los miembros 'La Manada', obviando, con tanta frivolidad, que entre medias había una víctima; no pensarán ni en Laura Luelmo ni en su familia. Como tampoco lo hicieron cuando hablaban de la vida sexual de Diana Quer o de los amoríos de la madre del niño Gabriel. El regulador audiovisual, es decir, la CNMC, amonestó hace unos meses a las televisiones por su infame tratamiento de las informaciones sobre sucesos mediáticos. Pero les da igual, lo importante es hacer caja. Eso sí, en las próxima movilización feminista, sus periodistas con más empaque exhibirán lacitos morados. Total, es lo que ahora da beneficios. Lo demás, no importa.

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