Materias grises

La trampa de la equidistancia

El expresidente de la Generalitat, Artur Mas, junto a su sucesor, Carles Puigdemont.
El expresidente de la Generalitat, Artur Mas, junto a su sucesor, Carles Puigdemont. EFE

Para muchos observadores, la tentación al hablar de conflictos políticos es echar la culpa a ambos bandos. Sí, los líderes del partido A dicen estas cosas tan feas y polémicas, señalan, pero no podemos olvidar que algunos miembros del partido B estaban diciendo cosas peores. Su punto de partida es que si dos bandos no se están poniendo de acuerdo en algo es porque nadie quiere ser razonable, y que siempre debe buscarse un término medio.

Aunque siempre me he declarado un firme partidario de la moderación y el aburrimiento reformista en política (aderezado con un estado de bienestar enorme, pero ese es otro tema), esta clase de planteamientos lejos de facilitar acuerdos lo que hacen es ofuscar el debate. Lo hemos visto, durante años, en la malograda afición de cierta prensa de cubrir debates científicos como “cuestiones polémicas” (desde las vacunas hasta el cambio climático), y lo vemos también a menudo en la insistencia de algunos de decir que el tema catalán es algo muy complicado donde todos tienen la culpa de que las cosas hayan ido tan mal.

En el primer caso, el resultado ha sido hacernos perder a todos un montón de tiempo discutiendo maguferías. En el segundo, por desgracia, esta insistencia en estar en el medio ha acabado por distorsionar seriamente el debate.

Para muchos comentaristas, el problema de la política catalana es la polarización, la existencia de dos bloques de partidos cada vez más inflexibles, cada vez más radicalizados y cada vez más enfrentados entre ellos. Los soberanistas a un lado, los unionistas al otro, remando en direcciones opuestas. Hasta que ambos se den cuenta de sus errores y decidan pactar, no habrá solución posible.

Es cierto que el sistema de partidos catalán se ha dividido en dos bloques enfrentados. Lo que es irreal es decir que ambos bloques están moviéndose hacia los extremos

La cuestión, sin embargo, es que esto no es cierto. Es cierto que el sistema de partidos catalán se ha dividido en dos bloques enfrentados. Lo que es irreal es decir que ambos bloques están moviéndose hacia los extremos.

El procés, como tal, empieza en el 2012, dos años después de la sentencia del Estatut. En el bienio precedente, Artur Mas había pactado los presupuestos con el PP en el parlament sin despeinarse. Aunque él y su partido habían refunfuñado por los (escasos) retoques de la sentencia del constitucional, el entonces presidente catalán había abrazado el salto adelante en autogobierno que la nueva ley fundamental catalana representaba. El PSC y el PSOE habían trabajado con los partidos nacionalistas para expandir los poderes y capacidad fiscal de la Generalitat. El PP, tras varios años de trolleo desafortunado, estaba contento de pactar con CiU implementado las nuevas competencias. ERC, mientras tanto, venía de varios años de gobierno en coalición con los socialistas en la Generalitat, y aunque era formalmente independentista, participaba en el incrementalismo, pacto y negociación con el resto de formaciones.

Los partidos unionistas, más que abogar por el centralismo se han vuelto más autonomistas"

Seis años después, el escenario político es distinto, pero no todos los partidos se han movido del mismo modo. Los socialistas siguen con su tradicional programa federalista, aunque siguen sin tener del todo claro que quieren decir esa palabra. El PP pacta medidas y financiación con los nacionalistas vascos sin grandes aspavientos. Ciudadanos, un partido casi marginal hace seis años, habla de mejorar la financiación y reformar la constitución. Los partidos unionistas, más que abogar por el centralismo se han vuelto más autonomistas.

Los nacionalistas catalanes, sin embargo, han ido en otra dirección. En el 2012, Artur Mas se ve forzado a implementar medidas de austeridad para cuadrar las cuentas de la Generalitat. El PP saca una mayoría absoluta abrumadora en las generales, eliminando cualquier posibilidad de mitigar el golpe negociando con el nuevo gobierno. Una serie de atroces casos de corrupción sacuden a su partido. Sus competidores en el nacionalismo catalán, ERC, se están acercando peligrosamente en las encuestas. Para competir con ellos y buscar una manera de echar la culpa de sus tribulaciones a otros, Mas empieza a hablar sobre “dret a decidir” y mover su partido hacia el independentismo.

Lo que sigue son seis años marcados por la competencia enconada entre ERC y los restos de CiU por la hegemonía del nacionalismo catalán. El conflicto entre republicanos y convergentes trae consigo una escalada de demandas, seguidas de recriminaciones sobre colaboracionismo cada vez que uno de los dos intenta echar el freno. Tras más de un lustro de manifestaciones, el nacionalismo catalán moderado ha pasado de pactar las cuentas de la Generalitat con el PP a intentar investir un tipo que vive en Bélgica como presidente porque un 47% escaso del voto es mayoría suficiente para sacar a Cataluña de España y la Unión Europea por las bravas. Los nacionalistas catalanes radicales, que hace menos de una década pactaban con el PSC, quizás no estén por la labor de investir un holograma, pero su programa político es parecido.

Los políticos y votantes del bando unionista están donde estaban siempre, o se han movido hacia el federalismo. Los que se han radicalizado son los nacionalistas catalanes"

En Cataluña no tenemos una sociedad dividida entre dos bandos cada vez más radicalizados. En un lado tenemos unos cuantos partidos y un 53% del electorado que está más o menos satisfecha con el país donde vive y quiere introducir reformas más o menos ambiciosas. En el otro tenemos tres formaciones que estaban poniendo por escrito en PowerPoint planes detallados para romper el orden constitucional y provocar conflictos civiles, y un 47% del electorado que parece estar intrigado por la idea de volar el país por los aires.

Al hablar de Cataluña, es posible que si Zapatero o Rajoy hubieran actuado de manera distinta el conflicto hoy tendría un aspecto diferente, y quizás sería menos tóxico. Lo que no es de recibo, sin embargo, es culpar a los unionistas del problema político descomunal que tenemos ahora. Los políticos y votantes de este bando están donde estaban siempre, o se han movido hacia el federalismo. Los que se han radicalizado son los nacionalistas catalanes. Pactar sigue siendo la única solución posible, pero la distensión debe venir ante todo de aquellos que han tensado la cuerda, no de los que ya han moderado sus posturas.


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