Materias grises

La absurda timidez del PSOE

Hace unos meses el partido socialista me sorprendió con algo que ya no esperaba de ellos: un documento lleno de buenas ideas. El texto en cuestión era el fallido acuerdo de investidura con Ciudadanos que dejó a Pedro Sánchez a dos pasos de la Moncloa, aunque fuera durante unos cuantos días.

Aunque no era en absoluto un programa de gobierno perfecto, el pacto entre Ciudadanos y Socialistas era un plan bastante coherente

Aunque no era en absoluto un programa de gobierno perfecto, el pacto entre Ciudadanos y Socialistas era un plan bastante coherente. Combinaba, a menudo de forma efectiva, una larga serie de políticas redistributivas y de igualdad de oportunidades con una variedad de medidas liberalizadoras de calado que contribuirían a la vitalidad económica del país sin perjudicar a los más débiles.

Por supuesto, el texto pasaba de puntillas sobre varios temas relevantes. La reforma del sistema de financiación autonómica, un tema urgente, era despachado con unos cuantos lugares comunes. El conflicto catalán se dejaba para negociarse otro día, igual que la posible reforma constitucional.

No eran omisiones triviales, pero el andamiaje ideológico y de políticas públicas concretas del resto del acuerdo eran sorprendentemente fuertes, a menudo valientes. Era la clase de programa de gobierno que un líder de izquierdas con aspiraciones a modernizar su partido y recuperar los valores de la socialdemocracia (redistribución fuerte y mercados abiertos) podía y debía ser capaz de defender con orgullo. Estaba cerca, de hecho, de ser el mensaje ambicioso que muchos llevábamos reclamándole al partido desde hace años, y que no habíamos oído desde la derrota de Eduardo Madina en las primarias.

Los socialistas, sin embargo, parecían no estar del todo convencidos de que habían hecho un buen trabajo. En los días y semanas que siguieron a la firma del acuerdo, el partido respondió a las críticas con timidez, casi sin atreverse a reivindicar el texto. Aunque el documento incorporaba multitud de políticas redistributivas, medidas para modernizar amplios sectores de la economía y de la administración y potentes cambios institucionales para abrir el sistema político, el PSOE actuó, casi desde el principio, como si tuviera que pedir perdón por haber hablado con el partido de Albert Rivera. Lejos de repetir, una y otra vez, la plétora de medidas netamente progresistas que el partido prometía llevar a cabo, los socialistas actuaron con resignación, permitiendo que Pablo Iglesias incluso les criticara por firmar propuestas que Podemos llevaba en su programa.

Es una reacción un tanto inexplicable. Los socialistas están acomplejados por ser acusados de no ser lo suficiente de izquierdas desde Podemos e Izquierda Unida, y se esconden, una y otra vez, cada vez que son atacados. En la práctica, sin embargo, el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos es a menudo mucho más progresista y redistributivo que el pacto firmado por Iglesias y Garzón en fechas recientes, y lo es porque no comete el error de confundir la protección de los más débiles con la protección del statu quo.

La izquierda europea en general, y la española en particular, tiene la tendencia a querer proteger a las empresas y puestos de trabajo antes que a los trabajadores. El ejemplo más obvio de esta actitud lo vemos, obviamente, en el mercado laboral, y el fetichismo militante por las indemnizaciones por despido. La idea, se supone, es disuadir al empresario de que elimine un puesto de trabajo obligándole a que pague parte del subsidio de desempleo vía esa indemnización.

La pervivencia de la dualidad en el mercado laboral sólo consigue que, cuando una empresa ajusta plantilla, los que se comen el marrón sean aquellos más vulnerables

La realidad, sin embargo, es que un mercado laboral sano en cualquier economía desarrollada destruye un 15% de sus puestos de trabajo cada año, casi sin excepción. Este es un proceso completamente normal: las empresas cierran y abren constantemente, y las necesidades de mano de obra varían de un mes a otro. En el otro lado de la balanza, un 15% de los puestos de trabajo de un país desarrollado medio son nuevos cada año, fruto del mismo proceso de destrucción creativa que los había eliminado.  En condiciones normales, Estados Unidos destruye 90.000 puestos de trabajo cada día; Francia 10.000; España unos 7.000. También en condiciones normales, esos mismos puestos de trabajo son creados en otro lugar, sin descanso.

Esto para un trabajador es potencialmente estresante, y es natural que queramos protegerlo. La mejor manera de hacerlo, sin embargo, no es creando un sistema que poco menos que prohíbe a un empresario echarle hasta que casi tenga que liquidar la empresa, como sucede con los contratos indefinidos blindados en España, sino creando una red de protección social potente, ágil y fiable que le ayude mientras está en el paro y le coloque en otro puesto de trabajo tan rápido como sea posible.

La pervivencia de la dualidad en el mercado laboral, con la enorme diferencia de protección laboral entre los recién llegados con contrato temporal y los indefinidos más veteranos, sólo consigue que cuando una empresa ajusta plantilla (algo que sucede, de forma inevitable, a un 15% de la economía, recordemos) los que se comen el marrón sean aquellos más vulnerables. Podemos e Izquierda Unida, en su obsesión por “preservar derechos adquiridos”, lo que están haciendo en realidad es proteger a puestos de trabajo por encima de los trabajadores. O, dicho en otras palabras, hacer que dónde se trabaja defina tus derechos sociales, no el hecho de querer trabajar.

El resultado ha sido trágico. Los principales perjudicados de la crisis económica en España no han sido las clases medias, sino los trabajadores más pobres. La dualidad laboral ha provocado que un tercio de la mano de obra en España viva en una precariedad permanente, sin capacidad negociadora alguna ni acceso al estado del bienestar. Los socialistas, casi por accidente, firmaron un acuerdo que atacaba directamente esta parte del problema, con una reforma laboral (el contrato único) que serviría para reducir la segmentación laboral de forma dramática y reducir una de nuestras mayores fuentes de desigualdad.

El partido en bloque lleva dos años siendo incapaz de defender ninguna idea en voz alta, atenazado por el miedo de ser tachados de radicales o conservadores

¿Han dicho esto los socialistas en voz alta? Obviamente, no, del mismo modo que no han hablado de educación infantil, el complemento salarial (ambas ideas incluidas en el programa de Podemos) ni tantas otras medidas que están tan a la izquierda como las de sus vociferantes compañeros de hemiciclo. El partido en bloque lleva dos años siendo clínicamente incapaz de defender ninguna idea en voz alta, aparentemente atenazado por el miedo de ser tachados de radicales o conservadores. Pedro Sánchez prefiere dedicar su tiempo a hablar de valores, llorar sobre cómo no le dejaron gobernar, dar mensajes lo menos polémicos posibles y prometer bobadas simbólicas como someterse a mociones de confianza que a defender con ahínco un acuerdo que tenía multitud de buenas ideas, la mayoría aún presentes en el programa electoral del PSOE.

Es una lástima, porque los socialistas esta vez han estado cerca de acudir a las urnas con un programa electoral coherente y con ideas claras. Es una lástima que insistan en actuar como si todo eso hubiera sido fruto de un inmenso error.


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