OPINIÓN

Le Pen y la búsqueda de culpables

Muchos en la izquierda llevan años llenándose la boca con estas historias de la casta, el neoliberalismo y demás narrativas sobre la maldad de todos sus oponentes. Por desgracia, parecen a su vez ser completamente incapaces de ganar elecciones de forma consistente.

Le Pen y la búsqueda de culpables.
Le Pen y la búsqueda de culpables. EFE

Los buenos resultados de Marine Le Pen en Francia han traído consigo los inevitables análisis buscando los culpables del auge de la extrema derecha. Estos días veremos análisis sociológicos, pacientes estudios de sondeos, lecturas en clave de clase social, racismo, feminismo y globalización, comparaciones con Brexit, con Trump, con Hungría y con los nacionalistas catalanes, todas en general un tanto parciales y no del todo bien informadas. Como todo fenómeno político, poco a poco separaremos el grano de la paja y llegaremos a conclusiones, aún a sabiendas que realmente no existe una explicación única sobre las motivaciones de 7.679.000 votantes.

De todos los análisis post-electorales, sin embargo, hay uno salido de la izquierda que me parece no sólo erróneo, sino irresponsable: echar la culpa de Le Pen (y de Trump, y de Brexit, etcétera) al “neoliberalismo”.

El “neoliberalismo” es utilizado de forma tan amplia y conspiratoria a estas alturas como para que el término haya dejado de tener sentido

Dejemos de lado por un momento que “neoliberalismo” es utilizado de forma tan amplia y conspiratoria a estas alturas como para que el término haya dejado de tener sentido. La idea es que durante los últimos años (o décadas, según el pesimismo del opinador) Occidente ha sido gobernado por una miasma de ideas de derecha, centro-derecha o conservadoras, bajo la dirección de un establishment cosmopolita, alejado de los votantes y que está convencido de que sus ideas tecnocráticas son el único camino posible. Es el consenso de la globalización de libre comercio, burocracias supranacionales alejadas de la realidad, mercados abiertos y (si el articulista es de derechas) buenismo cosmopolita pro-inmigración.

Hasta aquí, la historia es más o menos cierta. Sí, las élites políticas de occidente a veces parecen todas salidas de un mismo molde de cosmopolitismo ilustrado arrogante. Los partidos “decentes” (léase, tradicionales, casta o moderados, según nivel de rencor) aceptan todos una cierta ortodoxia, valorando el equilibrio presupuestario, la economía de mercado e instituciones tecnocráticas independientes. Aunque no es cierto que todos los partidos son iguales (izquierda y derecha siguen teniendo preferencias de redistribución, gasto social y derechos civiles distintas en casi todas partes), hay una uniformidad un tanto asfixiante, y respuestas políticas a problemas comunes a menudo repetitivas.

El problema es cuando los políticos tecnócratas fracasan, cierran fábricas, sube el paro, llegan inmigrantes y se reduce la movilidad social

La historia, en esta narrativa, es que los partidos tradicionales, tanto de izquierda como derecha, se han vuelto partidos del establisment, de este consenso “neoliberal” del que hablan. Para los partidos conservadores de toda la vida, esto es un discurso natural. Para los socialdemócratas y la izquierda tradicional, es abandonar las esencias y pasar de la promesa de cambio a la promesa de gestionar un poco mejor y con mejores guarderías, no de cambiar las cosas. En el fondo, también se han vuelto conservadores.

El problema es cuando los políticos tecnócratas fracasan, cierran fábricas, sube el paro, llegan inmigrantes y se reduce la movilidad social. El discurso dominante no tiene respuestas, y su arrogancia hace que muchos votantes se sientan excluidos. Es en este caldo de cultivo donde los populistas de derechas, Trumps, Le Pen y Farages del mundo, apelan a la indignación contra las políticas conservadoras, y consiguen ganar votos. El “consenso neoliberal” produce monstruos de extrema derecha.

Lo que es realmente preocupante, sin embargo, es que casi nadie en la izquierda parezca estar por la labor de ofrecer una alternativa viable a este discurso

La explicación tendría sentido si en las elecciones hubiera dos candidatos, el centro derecha y la extrema derecha. Hay, no obstante, un pequeño inconveniente: en Francia, y en otros lugares donde los partidos de la nueva hornada autoritaria han tenido éxito, también competían uno o varios partidos de izquierda que han acabado sorbiéndose los mocos. Es perfectamente posible que el “neoliberalismo” haya creado resentimiento contra el sistema y las élites. Lo que es realmente preocupante, sin embargo, es que casi nadie en la izquierda parezca estar por la labor de ofrecer una alternativa viable a este discurso - y por viable me refiero a que sea capaz de ganar elecciones, que es la única manera de parar estas políticas “neoliberales” de las que tanto hablan.

Dicho en otras palabras: es fácil echar las culpas de todos los males del mundo a tu oponente. El problema real, sin embargo, es que has sido incapaz de ganarle en las urnas. Y si no eres parte de la solución, eres parte del problema.

Es muy fácil llenarse la boca hablando de los males del mundo, es mucho más difícil presentar un programa viable, sólido y bien estructurado que sea capaz de ofrecer soluciones

Muchos en la izquierda llevan años llenándose la boca con estas historias de la casta, el neoliberalismo y demás narrativas sobre la maldad de todos sus oponentes. Esta misma gente, por desgracia, parece a su vez ser completamente incapaz de ganar elecciones de forma consistente, o cuando lo hacen (Grecia), de gobernar con criterio. Es muy fácil llenarse la boca hablando de los males del mundo (lo sé de primera mano: escribo una columna en un periódico), es mucho más difícil presentar un programa viable, sólido y bien estructurado que sea capaz de ofrecer soluciones, ilusionar a los votantes y ganar elecciones.

En política uno debe estar para ganar elecciones. Es la única manera de cambiar las cosas

La verdadera izquierda, a buen seguro, se dedicará a llamar a Macron vendido, cripto-liberal y letizio, como hicieron con Obama, Trudeau, Clinton, Blair, Renzi, Zapatero, Sánchez o cualquier líder de centro izquierda reciente. Esos políticos serán más o menos izquierdistas, más o menos competentes, pero todos comparten un atributo vital para poder parar los pies al “neoliberalismo” y cambiar las cosas: han sido capaces de ganar elecciones o estar en posición para formar gobierno. Sus políticas serán moderadas, imperfectas o a veces directamente erróneas, pero desde luego harán mucho más por la igualdad, justicia y derechos sociales que cualquier intelectual felizmente instalado en su pureza indignada en la oposición.

En política uno debe estar para ganar elecciones. Es la única manera de cambiar las cosas; uno no aprueba medidas fuera del gobierno. Si alguien quiere cabrearse, gritar y proclamar de manera incesante su superioridad moral y pureza ideológica, más vale que se abra un blog.


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