Materias grises

Cerveza y destrucción creativa

Este lunes MillerCoorsanunció el cierre de su fábrica en Eden, Carolina del Norte. 520 empleados van a perder su puesto de trabajo. La planta en Eden abrió en 1978, y fue la primera en elaborar Miller Genuine Draft, una lager desarrollada por la consultora .

El cierre de esta fábrica casi se puede calificar de buena noticia. Como todas las cervezas diseñadas por un comité, la Miller Genuine Draft cumple con todos los atributos que uno asociaría con una cerveza industrial americana: es aburrida, flojita, insípida y podría fácilmente pasar por un zumo de limón caducado si no fuera por las burbujas. En los últimos años Miller, y otras cervezas parecidas, han perdido ventas a un ritmo extraordinario, víctimas de los cambios de hábitos de consumo en Estados Unidos, forzando el cierre de la fábrica.

Todo empezó en 1979, con una ley a la que nadie en su día le prestó demasiada atención: la

Cranston Act, una de las piezas del programa de liberalización económica de Jimmy Carter

La historia detrás de estos cambios merece ser explicada. Todo empezó en 1979, con una ley a la que nadie en su día le prestó demasiada atención. La Cranston Act, una de las piezas del programa de liberalización económica de Jimmy Carter (que incluyo líneas aéreas, transporte por carretera, telecomunicaciones, banca, energía y ferrocarriles), parecía poco ambiciosa y con un alcance limitado a un pequeño sector del mercado de consumo. La ley eliminaba una prohibición que se remontaba a los tiempos de la ley seca, permitiendo por primera vez que particulares fermentaran hasta 100 galones (378 litros) de cerveza libre de impuestos al año.

Hasta entonces, el preparar cerveza en casa podía costarte cinco años de cárcel y una multa de $10.000. A partir de 1979, cualquier hípster harto de la horrible cerveza americana podía finalmente alzarse contra la tiranía de Budweiser y preparar sus propios brebajes sin miedo a ser perseguido. Tras décadas en que nadie aparte de unos pocos conglomerados industriales podía producir cerveza, los aficionados al buen beber finalmente podían empezar a hacer experimentos en casa.

No pasó demasiado tiempo antes que algunos fabricantes caseros con espíritu emprendedor se dieran cuenta que la cerveza artesanal podía ser un buen negocio. Bert Grant, un escocés que se había ganado la vida como consultor para las empresas del sector, decidió que ya iba siendo hora de preparar las cervezas que a él le gustaban y abrió un pub en Yakima, Washington. Grant, que aparte tener la costumbre de pasear con su kilt y una claymore por su local era bastante tozudo, consiguió convencer a los legisladores estatales que aprobaran una ley legalizando los pubs/fábrica de cerveza artesanal en 1982 por primera vez desde los años veinte.

Fue el inicio de una revolución. A Grant le siguieron otros pioneros, tanto en Washington como en otros estados. California aprobó una ley similar ese mismo año, tras una campaña entusiasta de cerveceros amateur. Oregón, ya entonces un estado lleno de frikis, hizo lo propio en 1983. En menos de una década las cervecerías artesanales eran legales en todo Estados Unidos, y los gafapastas de todo el país pudieron abandonar las lamentables lager y pilsners de Coors, Budweiser y Busch y lanzarse al nuevo sibaritismo. Inevitablemente, algunas de estas pequeñas cervecerías acabaron creciendo mucho más allá de los pequeños pubs en barrios hípster, creando marcas regionales o incluso nacionales (Harpoon, Sam Adams, Sierra Nevada) que podían competir con las grandes del sector.

El enorme aumento de la competencia en el sector cervecero en Estados Unidos ha tenido el efecto que uno podría esperar: la calidad media ha aumentado enormemente. Tras años en que beber buena cerveza en Estados Unidos era básicamente imposible (no hace mucho una Heinecken importada era una delicatesen), la variedad de sabores ahora es casi infinita. En 1980, en todo Estados Unidos había 50 fábricas de cerveza; a principios de esta década, había más de 1.500. Con tanta competencia es casi imposible que nadie gane demasiado dinero, pero la explosión cámbrica de los ochenta ha mejorado la vida de los consumidores algo indecible, y ha hecho que muchísima más gente trabaje hoy en cervecerías que hace treinta años. Y todo por dejar experimentar a cuatro frikis.

La historia del mercado de la cerveza en Estados Unidos es un ejemplo sobre las bondades de la desregulación y apertura de mercados

La historia del mercado de la cerveza en Estados Unidos es un ejemplo sobre las bondades de la desregulación y apertura de mercados. En este caso específico, Estados Unidos tenía un mercado cerrado a la competencia por la herencia de los años de la prohibición. Cuando se deroga la ley seca, los legisladores crearon ingenuamente barreras a la entrada para “proteger la salud pública”. Cuando años más tarde los fabricantes se dieron cuenta que estas leyes de hecho les protegían de la competencia no tardaron en empezar a actuar como un oligopolio, combatiendo cualquier legislación liberalizadora con ahínco. La realidad, sin embargo, es que las leyes no protegían a los consumidores, sino a los empresarios, y eliminarlas acabó por expandir el mercado.

Las liberalizaciones de Carter tuvieron resultados similares en otros sectores. Las aerolíneas empezaron a competir entre ellas, perdiendo dinero a espuertas, mientras el precio de los billetes de avión caía en picado. El final del viejo monopolio telefónico de AT&T (culminado en la era Reagan) abrió la puerta a la extraordinaria explosión de internet en los años noventa. El transporte de mercancías por ferrocarril, que llevaba décadas en decadencia estrangulado por regulaciones obsoletas de tiempos de Teddy Roosevelt, empezó a crecer de nuevo, compitiendo en precios y aumentando tráficos dramáticamente.

Algunos de estos cambios serán familiares en Europa, especialmente en sectores como las telecomunicaciones y el transporte aéreo. Una de las grandes virtudes de las políticas económicas impulsadas desde la Unión Europea ha sido forzar a los estados miembros a romper viejos monopolios empresariales públicos, abriéndolos a la competencia. Iberia, British Telecom, Telefonica o Air France tenían amigos poderosos en Madrid, Londres o París que les mantenían seguras y aisladas; la apertura de sus mercados ha hecho explotar la oferta y caer los precios, con decenas de competidores entrando en el nuevo mercado.

¿Por qué no vemos liberalizaciones más a menudo? España es un país que aún tiene sectores bajo monopolio estatal o cosidos a regulaciones. Los aeropuertos, ferrocarriles, transporte de pasajeros por carretera, compañías eléctricas o petroleras tienen unas cuantas empresas protegidas de cualquier competencia cobrando precios abusivos porque sencillamente pueden hacerlo. Incluso sectores en teoría abiertos, como la telefonía móvil, siguen siendo oligopolísticos en muchos casos. Aunque en los últimos años hemos visto intervenciones más decididas de las autoridades de la competencia intentando combatir las manipulaciones de mercado, lo cierto es que los políticos han sido muy tímidos aprobando leyes liberalizadoras serias, la única forma realmente efectiva de abrir estos sectores.

Los políticos prestan más atención a los intereses de una minoría ruidosa que a los de una mayoría que no tiene demasiado interés en un problema

Lo que sucede es algo que se repite a menudo en muchas democracias: los políticos prestan más atención a los intereses de una minoría ruidosa que a los de una mayoría que no tiene demasiado interés en un problema. Cualquier propuesta que busque aumentar la competencia entre las petroleras tendrá una respuesta casi inmediata de la asociación de propietarios de gasolinera enfurecidos y los abogados de las empresas del ramo. El consumidor medio, sin embargo, será difícil que se anime a protestar o agitar a favor de pagar 4-5 céntimos menos por litro de gasolina en un futuro incierto. Una liberalización es, por tanto, una batalla en que el político recibirá abucheos pero no tendrá quien le aplauda. Salvo en casos en que pueda ejercer de guerrero populista contra la gran industria, la mayoría no se meterán en estos berenjenales si no es para cumplir con directivas europeas.

La realidad es que las liberalizaciones son una medida de política económica efectiva, barata y eficaz. Cuando se hacen bien (vale la pena recordar que hay sectores que si que deben ser regulados) mejoran el bienestar de un país, crean empleo y reducen los beneficios empresariales. Su único inconveniente es que son políticamente inconvenientes, y requieren a menudo una valentía de la que los políticos carecen.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba