Año tras año, en estos días de Semana Santa, millones de españoles se sientan en sus cómodos sofás, encienden el televisor, preparan las palomitas y se tragan entre pecho y espalda películas como Ben-Hur, Los diez mandamientos, La historia más grande jamás contada o La Pasión de Cristo. Aunque ya las hayamos visto, volvemos a devorarlas como si fuera el primer día. Y vibramos una vez más con la carrera de cuádrigas, la crucifixión de Jesucristo o la apertura del Mar Rojo. ¿Por qué?

La religiosidad o el ateísmo del espectador poco o nada importan. Estas películas bíblicas enganchan, acaso porque despiertan las creencias adormiladas durante el resto del año, acaso por ser grandes producciones con todos los detalles mimados, acaso por su fuerza visual y estética que también nace en la enormidad del presupuesto, acaso porque son muy largas y los espectadores disponen de mucho tiempo libre, acaso por el innegable atractivo de la temática. Las razones son miles. Que cada uno elija las suyas. Pero hay un aspecto que, a mi juicio, supera al resto de motivos: el carácter marcadamente pedagógico de estos filmes.

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Las películas bíblicas han educado, educan y educarán a millones de españoles que, siendo religiosos o no, sienten una irresistible atracción por ver a Charlton Heston remando en las galeras o levantando las Tablas de la Ley. Y aprenden al verlo. Aunque haya partes que sean pura ficción y no respeten los evangelios, es innegable que durante las tres horas de película bíblica se reconocen, encuentran o incluso descubren multitud de elementos que manan de las Sagradas Escrituras y, por ello, nos conforman porque son parte nuclear de nuestra cultura judeo-cristiana y grecolatina. Parece que uno se pone estupendo al usar estos términos ('judeo-cristiana' y 'grecolatina', qué fuerte suena), pero resulta estrictamente necesario llamar a las cosas por su nombre en este mundo tan mediatizado y tan sobreinformado, donde andamos huérfanos de jerarquías que ordenen nuestro menguante conocimiento. 

Al ver este tipo de películas en Semana Santa tal vez solo estemos haciendo un ejercicio de memoria histórica, que es un término proscrito por ser contradictorio. Pero sean memoria o sean historia, allá cada cual con sus creencias, nadie mentalmente sano puede decir que no haya disfrutado, aun en secreto, de las películas bíblicas. Lo bueno de Hollywood es que nos ha ofrecido todos los ángulos posibles para asistir a los milagros y la pasión de Cristo. De todas las creaciones cinematográficas que abordan este asunto hay dos que, por antagónicas, deberían ser vistas por cualquiera que se interese por el mundo en que vive: La vida de Brian (1979) y La Pasión de Cristo (2004). Una comedia y un drama contradictorios pero igualmente válidos, la primera por sus chistes y la segunda por su estética, para reflexionar sobre nosotros mismos.