Gastronomía

Del país de Cucaña y Jauja a Carpanta: ¿Es la comida una obsesión?

En la Edad Media existía un lugar imaginario donde la comida brotaba literalmente de la naturaleza y donde nadie tenía que preocuparse por la angustiosa y constante necesidad de alimentarse.

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    Del país de Cucaña y Jauja a Carpanta: ¿Es la comida una obsesión? Rijks Museum. Keukenstuk met parabel van de rijke man en de arme Lazarus, Jacob Matham, 1603
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    Del país de Cucaña y Jauja a Carpanta: ¿Es la comida una obsesión? Gtres

Las preocupaciones vitales han ido cambiando con el paso del tiempo y gracias al progreso, entre otras cosas, ahora contamos con un suministro más o menos ilimitado de alimentos que hace que no sintamos ningún tipo de angustia ante la falta de recursos. Estos están garantizados (de momento) de forma continuada y eso nos proporciona una tranquilidad de espíritu que en otros tiempos no existió.

La mala memoria del hambre nos ha hecho olvidarnos del importante trauma que supone vivir constantemente con hambre, el gran esfuerzo que implicaba en aquella época conseguir alimentos seguros y nutritivos de forma constante y continuada, y sobre todo los cientos de adversidades como plagas, sequías, inundaciones y conflictos bélicos, que venían a complicar todavía más la dura vida de nuestros antepasados.

La excelsa y poco realista cocina de la abuela, nos ha hecho creer que, aunque se pasó hambre, no fueron nuestros familiares directos los que la padecieron, ya que hemos otorgado a nuestros ancestros el mismo estatus de clase media que creemos tener ahora los que somos hijos del proletariado y nietos del campesinado. Una proyección aspiracional que nos impide conocer cuáles han sido las realidades gastronómicas de cada época.

El país de Cucaña

Son los mitos y leyendas los que ilustran perfectamente hasta qué punto comer se convirtió en un pensamiento obsesivo, de la misma manera que era el argumento de las más locas fantasías. Así es como nace el mítico 'País de Cucaña' (The Land of Cockaygne), un lugar imaginario al que se hace referencia en diferentes lenguas a lo largo de toda Europa y que viene a representar simbólicamente y nadie tiene obligaciones de ninguna clase, más allá de disfrutar de los excesos disponibles en este fantástico lugar.

La leyenda cuenta que la forma de entrar al País de Cucaña era cavando un túnel que permitiese atravesar la enorme montaña de papilla que bloqueaba la entrada a un lugar donde se cuenta que las montañas están hechas de queso, los ríos son unos de vino y otros de leche, los árboles no solamente dan pasteles, sino que ellos cuelgan sabrosos lechones asados listos para degustar.

Este paraíso espiritual, donde muchos huían mentalmente para poder dar rienda suelta a sus fantasías culinarias, no era en absoluto patrimonio de los más desfavorecidos sino que abarcaba prácticamente todos los ámbitos sociales. Prueba de ello es la obra titulada “El país de Cucaña” del pintor flamencoPieter Brueghel el Viejo, en la que pueden verse representados tres importantes sectores de la sociedad; un campesino, un caballero y un clérigo. Todos ellos son protagonistas por igual de una escena que los muestra empachados y durmiendo después de haber disfrutado de la abundancia del árbol de la cucaña.

En Cucaña la vida era todo lo contrario a la realidad, nadie tenía obligaciones laborales y la comida más suculenta se encontraba ya elaborada a disposición de cualquiera que hiciese el mínimo esfuerzo de bajarlo de un árbol o cogerlo de un río. Y como decía, se trataba de un fenómeno universal para todas las potencias europeas, que fue adaptándose según el contexto cultural.

El “banquete pantagruélico” y Jauja

Así pues, en Francia se hicieron muy populares las historias de Gargantúa y Pantagruel. Dos gigantes que, en el rol de padre e hijo, utilizan la sátira y el humor para hacer una crítica irónica del sistema de la época. De las novelas de Gargantúa y Pantagruel nos llega la expresión “banquete pantagruélico”, que hace referencia a la disponibilidad sin límites de todo tipo de alimentos y bebidas en un banquete.

Las historias y noticias que llegaban del continente americano también tuvieron su impacto en el mito de Cucaña, que pasó a transformar una referencia abstracta a un punto geográfico real, la rica y ostentosa ciudad peruana de Jauja.Allí los gansos volaban ya asados, los pantanos eran de cuajada, las lagunas de miel de abeja, las casas estaban construidas con tartas en vez de con tejas y las presas retenían vino de Oporto. ¡Casi nada!

El personaje de cómic, Carpanta

Descripciones con un nivel de lujuria culinaria que dejan claro hasta qué punto la comida ha sido una obsesión a lo largo de la historia, hasta convertirse en un hecho cultural que se ha cristalizado en expresiones pictóricas y literarias. Quizás alguien pueda pensar que la Edad Media nos queda muy lejos como para empatizar con esa sensación agotadora y recurrente de hambre que ellos sufrieron, pero entonces nos encontramos con un personaje mucho más actual, y que todos conocemos, que viene a representar la última etapa del hambre en España: Carpanta.

Un personaje de cómic, hijo del dibujante Escobar, que ilustra a la perfección cómo se manifestaba el hambre en España en el último tramo de la década de los años 40. Según la RAE, Carpanta significa literalmente “hambre violenta” y es precisamente el hambre lo que motiva todas las historias de este personaje, que estuvo a punto de ser censurado por la dictadura franquista que alegaba que “en la España de Franco nadie pasa hambre”.

Todos estos personajes, o lugares imaginarios, son un claro ejemplo de cómo el hambre llegó a ser tan poderosacomo entelequia que consiguió penetrar culturalmente, no sólo en la memoria colectiva con expresiones que seguimos utilizando hoy en día, sino que se convirtió en uno de los motivos artísticos de la época.

A la vista de los hechos, ¿podemos decir entonces que el hambre es cultura?


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