OPINIÓN

No han terminado las mayorías absolutas

Los graves errores del gobierno popular desde 2011 y el escándalo de la corrupción deberían haber dado el gobierno a un PSOE sensato y moderado. Sin embargo, la incapacidad de los socialistas para engendrar ese tipo de alternativa ha roto el mapa de las izquierdas.

Calvo Sotelo, José María Aznar, Adolfo Suárez y Felipe González, en una imagen tomada en 1997 en La Moncloa.
Calvo Sotelo, José María Aznar, Adolfo Suárez y Felipe González, en una imagen tomada en 1997 en La Moncloa. EFE

“Se acabó el tiempo de las mayorías absolutas”, hemos oído innumerables veces en boca de representantes de los dos partidos de la vieja “nueva política”. No hay nada más lejos de la realidad que estas predicciones fruto de la retórica electoral, en un marco tan en movimiento como es ahora el español. No se trata ya de que a nivel local y autonómico se avecina una recuperación del PP, como vimos en las elecciones del 26-J, dada la inoperancia y el ridículo de los “gobiernos del cambio”, sino que las izquierdas están destrozadas y divididas. El bipartidismo, o “el turnismo” como dicen los manipuladores retóricos de Podemos, cojea por el hundimiento y desintegración del PSOE. Por eso, en un momento de transición como éste, en el que se pone en cuestión todas las instituciones y principios, con un discurso político general enfangado en un democratismo falso, lo más probable es que estemos abocados a un sistema de partido dominante. Hablo de un tiempo en el que el PP si no consigue mayoría absoluta, se quedaría tan cerca que solamente necesitaría el apoyo de un partido pequeño.

Ya pasamos por una situación así cuando la UCD desapareció (o la hicieron desaparecer), y el centro-derecha se quedó desorganizado

Ya pasamos por una situación así cuando la UCD desapareció (o la hicieron desaparecer), y el centro-derecha se quedó desorganizado y con muchos lastres sociológicos y discursivos. Si bien el PP de hoy no es el PSOE de 1982, es cierto que la consecución de 202 diputados no se repitió jamás. En las elecciones de 1986 los socialistas obtuvieron 184 escaños con poco más de ocho millones de votos, y Coalición Popular llegó a los 105 con cinco millones. El CDS de Suárez no alcanzó los veinte representantes con el 9% de respaldo electoral. Pero tres años después, en 1989, el PSOE de González no logró la mayoría absoluta, aunque sí pudo gobernar como si la tuviera porque los batasunos se ausentaron toda la legislatura. Aznar llevó al Partido Popular a los ocho millones de votos en 1993 y subió a 141 escaños, que fueron insuficientes ante los 159 de González. Los resultados se invirtieron en 1996 por apenas 300.000 votos, y el PP alcanzó la mayoría absoluta en el 2000. En consecuencia: un bipartidismo imperfecto, con pactos frecuentes.

El dominio del PSOE se debió a que el centro-derecha estaba reorganizándose, entre 1981 y 1990, pasando de la UCD al PP de Aznar. Una vez que se pudo entablar batalla, porque Fraga era amante de las escenas de sofá con el poder más que de construir una alternativa, se derrumbó el sistema de partido dominante.

Las izquierdas entraron en crisis en 1996, cuando perdieron el poder. Esto no solo produjo un colapso para una mentalidad que se atribuía la paternidad de la democracia y, por ende, el derecho a gobernar en exclusiva, sino que sus máximos líderes se fueron. Felipe González y Julio Anguita abandonaron la primera línea de la vida política. La marcha del jefe socialista, que había sido su imagen y alma desde 1977, quebró el partido. Las luchas internas entre guerristas y felipistas, palpables desde 1991, mostraron toda su crudeza en el nombramiento de Almunia, y en la elección y derribo de Josep Borrell. El poder del socialismo español quedó entonces en las manos de los barones territoriales, y costó ocho años, y algún que otro suceso dramático, el que Zapatero llegara al poder en 2004. Pero el zapaterismo puso las bases de la autodestrucción socialista: descabezamiento de la vieja guardia, populismo cainita, y connivencia con los independentistas. Ahí quedó el germen de la crisis que ahora vive el PSOE y, como efecto colateral, el régimen.

Pedro Sánchez no ha hecho más que seguir la senda abierta por Zapatero, pero sin discurso, ni hegemonía cultural, trufado de corrupción, sin cuadros relevantes ni proyecto para España

Pedro Sánchez no ha hecho más que seguir la senda abierta por Zapatero, pero sin discurso, ni hegemonía cultural, trufado de corrupción, sin cuadros relevantes ni proyecto para España, o las más básicas características del liderazgo: coherencia, firmeza, seducción interna, y capacidad de ilusionar al electorado. Es más; Sánchez cambió veinte de las cincuenta direcciones provinciales por gestoras afines, sin que eso le haya servido para sujetar al partido. Otro fracaso más. De esta manera, al tiempo que regalaba el poder a su competidor, Podemos, mentía a González y a Rajoy pactando bajo cuerda con Pablo Iglesias, y permitía que se produjera una afiliación masiva de podemitas en las agrupaciones socialistas desde julio de 2016. A esto hay que sumar que el PSC de Iceta, aliado de Sánchez en el pacto con los independentistas para un “gobierno del cambio”, está a punto de romper con el PSOE.

Los graves errores del gobierno popular desde 2011 y el escándalo de la corrupción deberían haber dado el gobierno a un PSOE sensato y moderado. Sin embargo, la incapacidad de los socialistas para engendrar ese tipo de alternativa ha roto el mapa de las izquierdas, bloqueado la situación hasta este mes de octubre, y permitido al PP de Rajoy renovar el poder en las urnas.

Los tiempos de las mayorías absolutas no han terminado, sino que estamos en un periodo de ajuste del sistema de partidos

Ahora, tras el espectáculo ofrecido en Ferraz y en el Congreso de los Diputados, los socialistas hablan de “reconstrucción”, a la vez que Pedro Sánchez maniobra y habla contra la dirección de su partido para indisponer a la militancia. Esto no va a suponer que Podemos o Ciudadanos, o algún partido nuevo al acecho, sustituya de ipso facto al PSOE, sino que la oposición al PP, que acabará siendo el único partido con implantación nacional, estará dividida y debilitada.

Los tiempos de las mayorías absolutas no han terminado, sino que estamos en un periodo de ajuste del sistema de partidos. Mientras, dominará el PP, que a poco que juegue bien sus cartas, mantenga la cohesión, no vuelva a traicionar a sus votantes como en 2011, y renueve la dirección en un congreso tranquilo, encontrará otra vez el respaldo del electorado. Veremos si es capaz.


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