Maneras de vivir

La coalición minúscula, el milagro y el caos

Hay quien todavía se relame por el fin del bipartidismo imperfecto que teníamos desde 1977. Son esos mismos que insisten en que el gran problema de España es la corrupción, justo lo mismo que machaconamente se repite en la mayoría de medios de comunicación y en el discurso de los “partidos emergentes”. Poco importa que las dos amenazas que tenemos sean el populismo socialista en lo político, y el desempleo en lo económico. Los discursos regeneracionista y rupturista han marcado la campaña, tanto para vetar a personas, como para resistir al vendaval crítico.

No nos encontramos ante unas elecciones ordinarias: son un plebiscito sobre el régimen

Además, la presión sobre los electores está siendo tan grande en estos dos años que el votante tenderá a minimizar la penalización psicológica de “desperdiciar” su voto. De ahí que tantos se declaren indecisos pero que las encuestas den todas casi el mismo resultado. El elector también está bloqueado. La combinación del hundimiento de los partidos tradicionales, la construcción mediática y financiera de los nuevos partidos, la mala ingeniería institucional, y la inexistencia de un cuerpo electoral con cultura democrática, nos depara esta situación de multipartidismo ingobernable. Y cuidado, no nos encontramos ante unas elecciones ordinarias: son un plebiscito sobre el régimen.

La coalición minúscula

Si las encuestas aciertan, los resultados obligan a pactos entre minúsculos. Solo el PP superará los cien escaños, pero es el nasty party, y su crítica es el eje de la campaña electoral de sus posibles aliados: PSOE y C’s, que quedarán entre 75 y 80, y 35 y 40 diputados, respectivamente. Mientras, Unidos Podemos alcanzará los 90. La formación de un gobierno de coalición, echando cuentas, obliga a cataclismos internos. Veamos.

PP y C’s gobernarían juntos si Rajoy y Sánchez se van. Pero el líder popular se niega a aceptar la absurda injerencia del equipo de Rivera en la vida interna del PP. Por otro lado, los socialistas tendrían que abstenerse, que está por ver, y hacer la autocrítica a Sánchez, despedirle por los servicios funerarios prestados, y poner al frente a alguien que acepte convertir a un popular, o a Rajoy mismo, en presidente del Gobierno.

La llamada “gran coalición” entre PP, PSOE y C’s, con los mismos líderes y actitudes, sería el gobierno más numeroso pero más inestable de los últimos 40 años. Las tres formaciones tendrían que formatear su campaña electoral y enfangarse en una negociación que llevaría meses. Es más; ¿para qué serviría entonces Ciudadanos? ¿De florero? Quizá fuera más práctico dejarlo en la oposición para que ese papel no lo adoptaran en exclusiva los populistas de Iglesias.

El acuerdo entre PSOE y C’s con abstención de PP ni lo tengo en cuenta. Y solo quedaría como tercera opción el frente de Unidos Podemos con PSOE, sumando a ERC y posiblemente algún grupúsculo más. El cataclismo en el socialismo estaría servido, pero a cosas más raras nos tiene acostumbrados el PSOE, que desde Zapatero se mueve entre el sectarismo, la cobardía, y los sillones.

La política no es como ese concurso televisivo en el que se nomina a personas para que sean expulsadas de la casa

La corte de los milagros

El primer milagro es que Rivera dejara la monomanía de los vetos. La política no es como ese concurso televisivo en el que se nomina a personas para que sean expulsadas de la casa. Además, la presentación de listas de “presidenciables” de otro partido es de una frivolidad infantil que solo fortalece al vetado. Puede haber milagro y que al igual que Rivera vetó a Sánchez antes del 20-D y luego pactó con él, haga lo mismo con Rajoy a cambio de la vicepresidencia.

Esto necesitaría otro milagro (y van dos): la abstención del PSOE, que debería tener un ataque de gobernabilidad y unirse al PP y C’s. Esto provocaría la ruptura en ayuntamientos y comunidades donde Podemos gobierna gracias a los socialistas. Complicado. Y que Sánchez y Rajoy, que se profesan una clara inquina personal, recompusieran su relación. Ni un psicólogo de pareja lo remedia ya.

El caos

Podemos es la mayor amenaza a la convivencia desde la tramoya del 23-F. Tras el ropaje socialdemócrata –solo creíble desde la propaganda televisiva- está el leninismo amable, el bolchevismo de catálogo, el chavismo sin petróleo. Si se produce el “sorpasso”, cuya clave está en Andalucía, lo que supondría la eliminación también de Susana Díaz, UP sería la alternativa de las izquierdas. Los socialistas, en caída libre, tendrían que aceptar la negociación con otro talante, a lo Zapatero, que para eso ya Sánchez habla de que Rajoy no ha atendido los “derechos históricos” de Cataluña. Así, los independentistas apoyarían de una manera u otra a este “gobierno de cambio” que mataría la Constitución de 1978 en aras de una democracia al por mayor, de peso de papeletas, y demagogia a cascoporro.

Sería entonces cuando los gobiernos municipales podemitas abandonarían la consigna de hacer solo política simbólica. Sí, esa de cambiar nombres de calles, hacer cabalgatas alternativas, y reunir comisiones que quitan medallas a organizaciones de las que ya nadie se acuerda, como la OJE. Y empezaría la política municipal podemita de verdad: las prohibiciones, el cambio en la estructura de poder, el sectarismo, y las imposiciones.

Unas terceras elecciones mostrarían, a su entender, que el régimen está agotado

Ahora bien, lo mismo UP no quiere formar gobierno si no pone de rodillas al PSOE. No pierde nada. Unas terceras elecciones mostrarían, a su entender, que el régimen está agotado, y que es obligatorio entrar en un proceso constituyente.

¿Lo permite la Constitución?

No, pero da igual. Los podemitas diferencian entre legalidad y legitimidad para la “revolución democrática”. Saben que las vías legales para la reforma constitucional no son posibles por la más que probable oposición del Senado –que conservará la mayoría del PP-, y las dificultades previstas en el texto del 78. Pero tienen otra vía: la de la legitimidad popular. Alegarían que hay unas “necesidades pre-constituyentes” mostradas en los movimientos sociales, como el 15-M, porque el régimen del 78 no funciona y, por tanto, no es legítimo. Convocarían entonces legalmente un referéndum, como pasó en Ecuador, con una pregunta así: “¿Quiere cambiar la Constitución y activar un poder constituyente?”. La respuesta afirmativa permitió allí contraponer la legitimidad a la legalidad y forzar la ley y las instituciones. De esta manera se saltarían aquí los “cerrojos constitucionales”, y sigo en esto al constitucionalista Martínez Dalmau, candidato de Podemos por Alicante. El paso siguiente sería convocar una Asamblea constituyente “realizada de forma participativa”, oyendo a las plazas, a la gente, y convirtiendo España en un Estado populista autoritario, como el venezolano de Chávez. Eso: el caos.


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