Maneras de vivir

Viva la polarización política

Después de leer el editorial del domingo de El País, y escuchar las declaraciones de Girauta, parece que ya todos señalan por dónde va a ir la campaña. Para estos, la polarización de PP y Unidos Podemos es “irresponsable”, mientras que la “política de consenso” es algo así como la paz perpetua. Sin embargo, no estamos en la Transición, donde el consenso fue la fórmula para salir de una dictadura que ancló su legitimidad en la victoria en la Guerra Civil. No es el caso: el régimen del 78 es una democracia que debe hacer reformas profundas, pero ni hace falta Regeneración porque no hay Decadencia noventayochista –un buen repaso histórico les convendría a los asesores de Ciudadanos-, ni salimos de una dictadura, como señalan los socialistas del siglo XXI al estilo Otegi. Hoy, la polarización, en un marco político en movimiento, es pura estrategia de recolocación, eliminación de adversarios intermedios, y rentabilidad electoral. Es más; diría que hasta una necesidad.

No se trata del enfrentamiento entre dos polos totalitarios como eran el fascismo y el comunismo, sino de la democracia frente al populismo socialista 

No hablamos de las polarizaciones de principios del siglo XX. No se trata del enfrentamiento entre dos polos totalitarios como eran el fascismo y el comunismo, sino de la democracia frente al populismo socialista. El proyecto de Unidos Podemos es cambiar la estructura de Poder. Estos socialistas del siglo XXI creen que los problemas son el mercado y la democracia de partidos. El Estado del Bienestar, aquella vieja construcción socialdemócrata que con tanta devoción alimentó el centro-derecha, es presentada como una fórmula caduca en la que los políticos y los burócratas juegan a favor de los privilegiados y contra el pueblo. No es que no se vean garantizados los derechos de “segunda generación”, los económicos, sociales y culturales, sino que el sistema, dicen, no da respuesta a los derechos de “tercera generación”: autodeterminación, coexistencia pacífica, medio ambiente, o “vida digna”, entre otros.

El populismo socialista no pide más Estado, sino transferir el Poder a los “espacios de participación ciudadana”; es decir, a ámbitos locales y sectoriales controlados por sus asociaciones. Un ejemplo claro: que la gestión de la política social sea decidida por los colectivos activos; es decir, por las asociaciones dominadas por los podemitas. Es una visión comunitarista donde los partidos son sustituidos por un movimiento popular dirigido por sus “representantes naturales”; ellos. De esta manera, cargos, presupuestos y políticas públicas serían decididos por lo que llaman “tercer sector” –esos colectivos activos-, envueltos en un discurso falsamente democrático, el de la “voluntad general” que elimina la pluralidad, al individuo y sus derechos.

Estos autoritarios proponen una estructura distinta a la del Estado del Bienestar, en la que la política económica emanaba del consenso entre gobierno, empresarios y sindicatos. Una vez sustituida esa estructura, las elecciones y los partidos perderían relevancia, y las instituciones carecerían de poder real porque estaría transferido a los “espacios de participación ciudadana”. En Cataluña ya ha empezado. Lo está haciendo la CUP en los municipios que gobierna, y empieza ahora en Madrid, laboratorio del socialismo del siglo XXI, tal y como ha declarado el concejal Pablo Soto. Esto sí es “Nueva Política”, y no el consenso grandilocuente de Ciudadanos. La democracia quedaría definida, no por la separación de poderes, la elección periódica y libre de opciones distintas, y la garantía y reconocimiento de la individualidad; no, sino por la anulación de la libertad para el cumplimiento de esos derechos de “tercera generación”. Y ser “ciudadano” dependería, al igual que en los tiempos de los jacobinos o de los comunistas soviéticos, de los derechos que graciosamente concediera el Poder Popular.

Ante esa perspectiva, la polarización es útil. En Austria, la gente contraria al nacional-populismo del FPO ha tenido que dar su voto a un candidato independiente presentado por Los Verdes. Es una advertencia. Allí, el economista Alexander Van der Bellen, ha llamado a la concentración del voto en su candidatura de los que no querían que su país se convirtiera en una “república autoritaria”. Lo mismo pasa en Francia, donde los demócratas ponen freno al ascenso del Frente Nacional; sí, ese partido que tantas cosas comparte con Podemos.

Ciudadanos se ha embarcado en el discurso de la nada, aferrado a una fórmula de consenso desfasada

Aquí el populismo socialista se ve como algo menor. El PSOE le ha dado en 2015 el poder a Podemos en las ciudades más importantes de España para sacar al PP, y ahora dice que quiere poner freno a su ascenso para evitar el “sorpasso”. Ciudadanos se ha embarcado en el discurso de la nada, aferrado a una fórmula de consenso desfasada porque ya no estamos en la década de 1970. El equipo de Rivera ha desdeñado la oportunidad de convertirse en el centro-izquierda español, y tiende también a un nuevo Pacto del Tinell para sacar al PP de las instituciones. Y los populares repiten una y otra vez el karma de la “moderación” y la buena gestión económica, cuando tendrían que ir a estas elecciones marcando las diferencias ideológicas y de proyecto de país con Unidos Podemos, que será a todas luces la alternativa de la izquierda.

No entro aquí si a este desafío responderá el “elector cívico”, como se dice en otros lares, o si habrá arraigado una cultura política a la austriaca, o a la francesa, en los casi cuarenta años de democracia. Pero si es bien triste que tengamos que recurrir a la polarización entre democracia y populismo para salvar lo que queda de libertad.


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