OPINIÓN

Susanismo y patxismo, la nada contra el vacío

En el PSOE no hay una idea, ni un proyecto, ni una aspiración que ilusione a la gente. Podría entenderse como un bache, un problema momentáneo, pero no es así.

Alfredo Pérez Rubalcaba y Patxi López en una imagen de archivo.
Alfredo Pérez Rubalcaba y Patxi López en una imagen de archivo. EFE

La presentación de Patxi López es el penúltimo episodio de la decadencia y muerte de ese PSOE al que conocíamos. La maniobra para quitarse de en medio a Pedro Sánchez, dividir el voto opositor al “susanismo”, y propiciar unas primarias y un congreso tranquilos, se ha hecho carne en “el patxismo”. Nos encontramos en uno de esos momentos históricos del socialismo marcados por la tragicomedia.

El PSOE se ha convertido en el partido de las pequeñas cosas

El PSOE se ha convertido en el partido de las pequeñas cosas. Ya no persigue grandes sueños, ni proyectos generales, ni siquiera llegar a la Sociedad Nueva; aquel paraíso socialista de armonía y candor donde no habría desigualdades y las hamburguesas crecerían en los árboles. Este partido ya no es capaz de sacar gente a la calle. Ni es un referente positivo en ningún lugar del mundo. Está desdibujado y sin cabeza; incluso José Mota, en su clásica gracia navideña, tuvo que hacer de Antonio Hernando para mostrar a alguien del PSOE. Hoy, aquella vieja organización que aceptó con ceño fruncido la democracia política y sus consecuencias hasta que apareció González, solo quiere sobrevivir y no sabe cómo.

Los chicos de Ferraz tienen dos cuestiones que resolver. La primera es encontrar su sitio respecto al PP, que desde 2011 ha abrazado a regañadientes, dice, la socialdemocracia. En esta sociedad donde el sustrato ideológico mayoritario es estatista –una herencia del franquismo-, y el español busca el confort proporcionado por el paternalismo del Estado a cambio de sacrificar su libertad, ha quedado muy poco espacio para demasiados partidos. Además de esto, los socialistas deben dar la imagen de ser partido de gobierno. Por eso, entre otras cosas, echaron a Pedro Sánchez. El “no es no” convertía al PSOE en una organización marginal, antipática, negativa, casi antisistema, en un obstáculo cansino. En consecuencia, los socialistas supervivientes tras el tsunami que se llevó a Sánchez, pactan con los populares de Rajoy, como los presupuestos, y al tiempo farfullan un discurso de oposición.

Podemos es el heredero aventajado de las ideas, palabras y acciones de Rodríguez Zapatero

Esta es precisamente la segunda cuestión: como no hay un relato crítico, emocional, ese que tanto gusta al socialismo zapaterista, se ha producido un descontento. Podemos es el heredero aventajado de las ideas, palabras y acciones de Rodríguez Zapatero. Esto ha privado al PSOE de la única posibilidad de renovación con alguna garantía de éxito. Sánchez intentó convertirse en el Iglesias aseado, pero lo hizo tarde y mal. De hecho, el ex candidato es hoy una marca agotada para el electorado, e inservible dentro del partido. Cometió el gravísimo error estratégico de no quedarse en su escaño, y ahora está viviendo la traición de los suyos. Idoia Mendia, Francina Armengol, Sara Hernández, Luis Tudanca, César Luena, María Chivite y González Tovar le han dado la espalda. Prefieren un candidato que no sea de batalla interna y que no les deje como cobardes. Esa es la candidatura de Patxi López, la cabeza de turco del socialismo, la oveja a sacrificar por los pastores territoriales. Sí; dar la cara, pero poco. Díaz y López, susanismo y patxismo, la nada contra el vacío.

Junto a esto se movió durante un tiempo un diminuto proyecto intelectual, remedo del cartón piedra academicista de los Pablos y Errejones. El diputado socialista por Teruel, Ignacio Urquizu, profesor de Sociología –sí, otro-, se rompió los dedos escribiendo sobre la socialdemocracia para decir que no había una gran crisis, sino un contratiempo y un desajuste. Y como si de una empresa de refrescos y de marketing se tratara, defendió que el PSOE debía recuperar el favor del público con “audacia” y “creatividad”. Las fórmulas económicas, sostuvo en su libro “La crisis de la socialdemocracia: ¿Qué crisis?”, y en posteriores artículos en El País y eldiario.es, no respondían al sentir de la gente, y la culpa, cómo no, era del liberalismo impuesto por los “poderes económicos”. En realidad, Urquizu reclamaba recuperar el discurso clásico de la era González, y presentar las bondades de una especie de capitalismo popular supervisado por el Gobierno. No suena bien, pero es que tampoco una narrativa meramente economicista de la realidad política se ajusta a los tiempos.

El “patxismo” se levanta contra el apoyo de los diputados del PSOE al gobierno de Rajoy, al tiempo que dice comprenderlo

Rosa Luxemburgo, ahora de moda gracias a los podemitas, escribió en “La crisis de la socialdemocracia” (1916), que el SPD había quebrado por apoyar a los conservadores en el gobierno en plena guerra mundial. Luego, siguiendo la estela de Lenin y sus bolcheviques, intentó liderar una sovietización de la Alemania que se quitaba de encima al káiser Guillermo II. Hoy, el “patxismo” se levanta contra el apoyo de los diputados del PSOE al gobierno de Rajoy, al tiempo que dice comprenderlo, e intenta liderar el recuerdo del “sanchismo”. Mientras, el “susanismo” es un movimiento fantasma, la eterna sombra sin contenido.

No hay una idea, ni un proyecto, ni una aspiración que ilusione a la gente. Podría entenderse como un bache, un problema momentáneo, pero no es así. Lo triste es que los últimos “ismos” que ha producido el PSOE solo responden a personalismos, reflejos de ese pensamiento débil, sin identidad ni fuerza, elogio exacto de la decadencia, porque las banderías personales son la antesala de la desintegración en tiempos de crisis política como el que vivimos.


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