OPINIÓN

Caospolitismo y regeneración fallida en Francia

Si hay algo con lo que a nuestros socialdemócratas y neo-comunistas se les cae la baba, es con la palabra “cosmopolita”, uno de los mitos del imaginario colectivo de la vieja izquierda que hunde sus raíces en lo que fue casi una Arcadia de las artes: el barrio parisino de Montparnasse.

Caospolitismo y regeneración fallida en Francia.
Caospolitismo y regeneración fallida en Francia. EFE

Si le preguntamos al español medio quién recuperó de la cultura clásica el término “cosmos” para Occidente, seguramente no sabría responder y sería entendible; tema distinto es el de nuestros académicos, esos predicadores del pensamiento socialdemócrata. No extraña pues que en una sociedad adoctrinada en un falso  “multiculturalismo”, hablar de Humboldt moleste, pues “todas las culturas son iguales” y Humboldt, que aun estando en lo más alto no sería de los número uno de la Cultura Occidental, marca una diferencia abismal con otras culturas que en 1.500 años no han producido, ni de lejos, un talento al nivel del famoso explorador, geógrafo y naturalista prusiano; es más, si a muchos de nuestros académicos les suena el personaje, tal vez sea porque era heterodoxo en algo (tampoco sabrían concretarlo), que esa es otra, “hay  que ser heterodoxo”.

Luego ocurre, que cuando entre la “izquierda” explicas el significado de “cosmos”, que para Humboldt era “un sistema armonioso y bellamente ordenado”, embistan como cabestros, pues el sistema y su orden, aunque sea benéfico, es intolerable, a no ser, claro, que puedan colocar a su cuadrilla, que no van a ser menos y toca igual-da; no digamos ya si intentas educar a estos “expertos” en religiones quién produce dicha armonía según el Cristianismo, tema en que la ignorancia ya es total y absoluta. Ese es el nivel paupérrimo de quienes imponen la cultura y el pensamiento político actual y que, en el caso francés, les llevan al caos.

Caospolitismo socialdemócrata

Si hay algo con lo que a nuestros socialdemócratas y neo-comunistas se les cae la baba, es con la palabra “cosmopolita”, uno de los mitos del imaginario colectivo de la vieja izquierda que hunde sus raíces en lo que fue casi una Arcadia de las artes: el barrio parisino de Montparnasse, donde se congregó, a principios del siglo veinte, junto a un ejército de snobs estadounidenses, toda una pléyade genios de las artes y que, salvo algún ruso y algún japonés, todos pertenecían a países de la misma civilización, formándose un ejército de artistas de “la generación perdida” que cambió el orden de sus respectivas disciplinas.

Pero como dirían los clásicos, no debe confundirse el cosmos con la cosmética

Pero como dirían los clásicos, no debe confundirse el cosmos con la cosmética y, si las hijas de los progres de salón, esos tan del gusto de Ángela Merkel, que tanto culpabilizan a Occidente, que promueven otra civilización y su inmigración descontrolada, tuvieran que sufrir los padecimientos de aquellas que vuelven de trabajar por la noche por, digamos, la zona al norte de la berlinesa calle Alt Moabit, tras hacer horas extras para pagar los impuestos de estos sinvergüenzas, seguro que no dirían que su invento psicótico es “un sistema armonioso y bellamente ordenado”, sino que pedirían orden, un orden Occidental, aunque lo hiciera la policía o incluso los militares, como ya se ha visto en Paris y Bruselas.

Viejos moabitas y vendidos a satrapías orientales aparte, esta crisis secular que apenas empieza se la debemos a unos vividores ignorantes que van de bo-bós, cuando no llegan a Hommer Simpsons políticos que se deleitan con su experimento demográfico mientras viven de “lo público”, sin lo cual no serían nada, pues no tienen ni oficio ni beneficio.

Orden gaullista y degeneración

Suele ocurrir que cuando explicas que la Teoría Generacional nos dice que en la fase de crisis del ciclo generacional, producto de un orden disfuncional, la propia existencia de la nación está en peligro, no lo aceptan, aunque el caso británico (o el venezolano) sea un ejemplo palmario. Pues bien, a lo que asistimos es a un cambio de orden en Occidente, del que ya exploramos la parte europea y donde Francia ocupa un lugar central, siendo un país que, desde que se sacudió el Antiguo Régimen, siempre ha tardado en demasía en encontrar un orden benéfico sustitutivo y, visto el resultado electoral reciente, estamos en el comienzo de algo que puede terminar muy mal,.

Seguramente, el general Charles de Gaulle, aleccionado por la experiencia de su exilio británico, en que vio que Francia no pintaba nada, ya de vuelta en su país, cuando el régimen republicano mostró su naturaleza disfuncional, da su golpe de mano y cambia el orden francés haciéndolo benéfico. De este orden gaullista solo destacaré los siguientes elementos: régimen electoral representativo perfeccionado el anglosajón al añadir la doble vuelta, independencia francesa en política internacional, industrialismo estatal (historia de éxito que tuvo lógica en aquél momento del ciclo largo), elite enarca, paz en Europa y relaciones especiales con Alemania, Francia como alternativa a Estados Unidos, fomento de la cultura francesa y la francofonía, actualización de la “laïcitè” quitándole sus dogmatismos, la homologación (infantil) del Islam y todo bajo la constante cosmética de la grandeur.

Desde entonces, dicho orden gaullista se ha manoseado y deshilachado tanto por la llamada generación del 68, que se ha vuelto disfuncional

Desde entonces, dicho orden gaullista se ha manoseado y deshilachado tanto por la llamada generación del 68, que se ha vuelto disfuncional y, los mismos que no han sabido actualizarlo, convertidos en  Establishment depredador para seguir sangrándolo, asustados por Le Pen, han buscado entre sus señoritos, como si de matar a papá De  Gaulle se tratara, uno con complejo  de Edipo, que en su podemismo intelectual dice tonterías como que son los franceses, no el islamismo, los responsables de la radicalización que padecen. No extraña pues, que tras su garzonada, desde la Gran Mezquita de Paris, se haya pedido que le voten masivamente, en otro ejemplo de un orden donde la laïcité según pa’ qué ya viola claramente lo que allí llaman “los principios republicanos”.

Candidatos y regeneración fallida

En una orilla, Macron, un pianista (¿ex?) socialisto que ha sabido tocar las teclas del Establishment, caso paradigmático, como los de aquí, de la degeneración de un orden que, ante su evidente disfuncionalidad, impone candidatos con fórceps vía grandes medios con analogías del tipo: “el Justin Trudeau francés”, otro promotor del Islam desde el Estado. Y todo cuela  gracias a la mansedumbre popular resultante del Estado clientelar, que aunque les atropellen con camiones no saldrán de su servidumbre voluntaria y es una lástima, porque, aunque los principales fuentes de información están en el Reino Unido, si una cultura podía hacer un escrutinio objetivo del Islam, esa hubiera sido la francesa; lamentablemente, Francia, como España y Europa, está dominada por cobardes, hipócritas y vividores.

En la otra orilla, a modo de loba que asusta y agrupa al rebaño, Marion Le Pen, de cuyo  padre ya se decía que lo promovía Mitterrand, pero que al menos –en apariencia– no es un títere de Merkel, aunque, como Macron o “nuestros” nacionalistas, es una vividora del Estado, que quiere conservar las prebendas públicas gaullistas y sus beneficios sociales a base de trampas sin crear las condiciones reales para que Francia sea competitiva. No hay más, o el caos demográfico o el económico, con sus variantes intermedias.

Pensemos que Macron y Le Pen, cuyo papel en el ciclo generacional es cambiar un orden disfuncional, son unos reaccionarios

Pensemos que Macron y Le Pen, cuyo papel en el ciclo generacional es cambiar un orden disfuncional, son unos reaccionarios pues además quieren volver al sistema electoral anterior a De Gaulle, el del caos, igual que el nuestro y que, al no ser representativo, encumbra a los peores a través de las listas de partido.

Por eso digo que esta regeneración será fallida, un fenómeno, el de la  regeneración fallida, que ya tratamos (ver enlace) y que, con suerte, situaría a Macron entre Cameron y Renzi pues el francés, al menos, no es una calamidad del calibre de Pablo Iglesias o Pedro Sánchez y Cía. Esos son los mimbres con los que se potencia esta crisis secular europea, de la que Francia es un pilar principal y cuyo deseo que vivir instalados en la fantasía fiscal, como denunciamos en 2013, está más fuerte que nunca y anuncia que se perderán otros valiosos cinco años mientras se arruina la vida de sus ciudadanos. Por lo visto hemos de seguir así hasta que reine el  caos y el cambio de orden venga por las malas.

Bienvenidos al caospolitismo socialdemócrata.


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