OPINIÓN

Los últimos coletazos del año

Si cree que el año fue ingrato con usted fíjese, si no, qué debe significar para el padre de Nadia que no le estén saliendo las cosas como planeó, mire su último deseo apresurado del año, huir: 2016 no se lo ha concedido.

La madrileña calle Preciados en plenas Navidades.
La madrileña calle Preciados en plenas Navidades. FLICKR: Huahe

2016 está agonizando sus últimas horas. Pero sin alarmarse. Visto en perspectiva, no ha sido más que un año a sumar, aunque si lo dotáramos de la personificación de una vida, con su inicio y su fin, llegados a diciembre toca ir enterrándolo con el rito que le procede: rememorando lo acumulado, llorando lo marchito, poniendo flores allí en lo que nos hirió, recreándonos en inflar lo que nos alegró. La muerte le debe estar ya acariciando a 2016 su pescuezo estos días y nosotros, mientras tanto, sublimamos la tragedia con perturbadoras listas de buenos propósitos con el fin de hacer algo mejor el año que lo reemplazará 

¿Alguien conoce a, al menos, una persona que haya cumplido todos sus planes de Año Nuevo?

No hay nada de inofensivo en esas listas. No hay que despreciarlas, lo sé, pero en fin ¿alguien conoce a, al menos, una persona que haya cumplido todos sus planes de Año Nuevo? No es necesario que se escriban en ningún papel (aún peor que hacerlas, ¿qué almas decimonónicas andan por ahí con bolígrafo y libreta en su bolsillo haciendo inventarios de su futuro?). Por ejemplo, para ocupar ese espacio de casa al trabajo que casi recorres a ciegas, en un despiste, sin querer, echas la mirada al cielo y te pones a dar forma a esa hipotética lista a base de ligeros golpes en tus labios con las yemas de los dedos planeando tus mejores voluntades. Pero de pronto, mientras banalizas con tu futuro se te planta de cara la velocidad del tiempo, que advertías sigilosa, y te abofetea al recordarte que no hace tanto estabas atragantándote en una peliaguda batalla con tu hermano sobre qué eran cuartos y qué campanadas.

Pasó la cuesta de enero, el frío tonto de febrero, marzo y el polen, las mangas cortas de mayo, las pieles blancas exhibiéndose en junio, las vacaciones, la vuelta a la rutina, las noches largas y ¡pum! otra vez aquí. Quedan menos de diez días para que la luz del sol estire de nuevo los días y sigues siendo la misma persona que hace justo trescientos sesenta y pico días se prometió sacarse el carnet de conducir, ponerse con los idiomas, hacer ese gran viaje, endurecer el trasero, sonreírle sin razón hasta a desconocidos, mimar más a los suyos y aprender cosas de la vida para tener algo bueno que contar a sus nietos. Pero parece que los almanaques estén diseñados para conspirar contra tus intenciones.

Para su tranquilidad y consuelo, no está solo. Raramente las cosas suceden como uno planifica

Para su tranquilidad y consuelo, no está solo. Raramente las cosas suceden como uno planifica. Si cree que el año fue ingrato con usted fíjese, si no, qué debe significar para el padre de Nadia que no le estén saliendo las cosas como planeó, mire su último deseo apresurado del año, huir: 2016 no se lo ha concedido. O el anhelo de quebrar España a la altura del Ebro que, un año más, se mantiene intacta la frontera. La robustez de los noes en campaña de Sánchez que acabó por debilitar al partido. El sorpasso vaticinado por las encuestas y sucumbido en las urnas. De qué sirvió a Hillary Clinton sortear como mal pudo una neumonía en septiembre. El reclamar democracia no valió más que para acabar hartos de votar con los mismos resultados. Quién esperaba que, finalmente, se desmelenaran los suntuosos ingleses contra Europa.

Empezaremos 2017 escribiendo torpemente el estrenado 7, los deseos se irán difuminando vagamente con las complicaciones del día a día hasta volver a posar los pies en el duodécimo mes para comprobar con cierto desazón que, nuevamente, volviste a abandonar aquello que te hizo afrontar con ilusión el año engendrado.

Ahora toca atender a los últimos coletazos de 2016. Una vez extinto, lo limpiaremos, lo embalsaremos y lo perfumaremos; lo acomodaremos, en resumen, para que luzca eterno en nuestro recuerdo. Al final bastará con pedirle al año difunto lo mismo que a todas las historias que uno empieza: que acabe con más o menos acierto, pero que no termine mal. Y, en definitiva, la próxima vez no se le ocurrirá acumular tantos deseos. Total, para qué entretenerse en perseguir muchos planes con excesiva vehemencia en un lugar de donde no saldrás vivo. No pretendo aplaudir la desidia, me detendría a explicárselo, pero tengo muchísimas cosas por acabar bien antes de cerrar de un golpazo el año.


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