OPINIÓN

Sobre médicos, profesiones frustradas y otros caprichos

El Estado invierte unos 200.000 euros en un estudiante de Medicina para luego empujarle al vacío del paro. ¿De qué sirve acumular titulados si no hay capacidad para que el sistema absorba todos esos profesionales?

Cirujanos durante una intervención.
Cirujanos durante una intervención. Sasint

Si le dan al scroll y van arriba, donde mi presentación, verán que no tengo reparos en confesar que mi profesión frustrada fue ser médico. De entre todas las mentiras con las que confabularon los adultos con nosotros en la niñez, una fue la de esperanzarnos con un futuro de éxito si dábamos con una profesión a la altura de un proyecto de vida envidiable. Yo creí, por aquel entonces, cuando no sobrepasaba la altura de una mesa, que auscultar cuerpos dotaría de celebridad mi nombre, aunque en esos años mi único referente fuera mi médico de cabecera, quien me prescribía jarabe cuando tenía tos e ibuprofeno para resistir a cualquier achaque. Luego, no sé bien si por un golpe con la realidad o bien por aún hundirme en un eslabón más de mi porvenir, tiré por el periodismo. Con todo, cualquiera que se me presentara con ser médico desde entonces, «hola, soy médico», ya se ganaba mi más profundo respeto, cómo no.

Medicina, Derecho, Arquitectura han sido durante años, en el imaginario colectivo, las carreras universitarias y las profesiones más nobles

Medicina, Derecho, Arquitectura han sido durante años, en el imaginario colectivo, las carreras universitarias y las profesiones más nobles. Hasta el siglo XIX era elitista acceder a la universidad y con la democratización de los estudios más del 30% de la población pudo alcanzar este nivel de estudios en el siglo XX y la difusión de conocimiento tecnificó más profesiones. Actualmente nadie duda, aunque con muchos esfuerzos para muchas familias, que tener estudios universitarios sea accesible. Aunque luego no sepas muy bien para qué, más allá de las aspiraciones sociales que implica.

Las navidades que dejamos atrás sirven para reencontrarse, no solo con aquellos familiares olvidados el resto del año, también con amigos expatriados. Uno de los míos podría ser uno de los mejores anestesistas que podría tener este país. Que no lo digo yo ni mi sesgada valoración sobre aquellas personas (y médicas) que aprecio. Lo dice la puntuación que obtuvo mi amigo del examen MIR en su promoción: el 60º entre más de 14.000 aspirantes de toda España. Con esa calificación se le podía adjudicar la especialidad que se le antojara, en el lugar que se le antojara. ¿Brillante, verdad? Incluso con ese admirable y envidiable currículum, en 2014 le abrazó otro país y otra ciudad. Desde ese año reside, por apetitosas ofertas laborales, en Cambridge y su recién esposa, también médica, se ha trasladado a vivir allí con él a la espera de recibir una plaza en su especialidad, cuya plaza obtendrá una vez acredite un cierto nivel de inglés.

Justo estos días hablé con él sobre ese examen y la fulgurante carrera profesional que le aguarda, mientras le agasajamos fantaseando sobre su futuro. Si sería lejos de aquí o si, por arraigo, cerca de nosotros. Con la modestia que solo los prudentes saben profesar, restó prestigio a su trayectoria y, también a la nota que obtuvo en su examen. “Solo valoran unos aspectos de la carrera y dejan fuera muchísimos matices que un doctor necesita para desarrollarse en su trabajo”. Recuerdo cómo pasó horas, meses aislado en la biblioteca del Hospital de Sant Pau para luego desembuchar en una sola prueba todo lo que sabía.

El examen, una de las pruebas más sufridas por lo que se espera y se vierte en ella, dura más de cinco horas donde deben vomitar todo el conocimiento adquirido en los cinco años de carrera

El examen, una de las pruebas más sufridas por lo que se espera y se vierte en ella, dura más de cinco horas donde deben vomitar todo el conocimiento adquirido en los cinco años de carrera. Es una prueba tipo test, con 225 preguntas. Solo una de las cinco opciones por cada cuestión es la válida. Se premia la memoria fotográfica, un cierto patrón de reconocimiento del caso, la capacidad de decisión… Pero deja fuera la expresión escrita, la imaginación o la creatividad. “Aunque esté basada en evidencias científicas, la medicina no es una ciencia exacta y lo que, precisamente, nos diferencia de cualquier otra ciencia es lo que el examen abandona, la parte más humana de la profesión: cómo tratar al paciente, al familiar”, lamentaba mi amigo. Aunque fuera algo que mejorar de los exámenes para asegurar unos espléndidos médicos del futuro, ¿de qué serviría ajustar ese examen si hay un descontrol absoluto en la transmisión de estudiantes de las aulas a profesionales cualificados en los centros sanitarios? ¿Si no los vamos a retener?

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ya anunció el pasado agosto que solo habría 6.238 plazas de formación MIR

Sin ser consciente de ello cuando charlaba con mi amigo, estos días caí que la convocatoria para el MIR 2016/2017 es el próximo 28 de enero. Y comprobé que, lamentablemente, no dará plaza ni a la mitad de los 13.439 graduados en Medicina que se presentan al examen. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ya anunció el pasado agosto que solo habría 6.238 plazas de formación MIR. No hace falta ser muy dado a las matemáticas para ver que los números no cuadran. Presumían de un incremento de 230 plazas respecto al año anterior - me imagino que es para celebrar ese, aunque ínfimo, aumento de plazas - y que abrirán más facultades de Medicina en los próximos años. 42 centros en total, 14 más que en 2009. Más o menos, el Estado invierte unos 200.000 euros en un estudiante de Medicina para luego empujarle al vacío del paro. ¿De qué sirve acumular titulados si no hay capacidad para que el sistema absorba todos esos profesionales?

Cataluña lidera el ranking internacional en estudios de Medicina e incluso goza de ser la carrera con mayor empleabilidad del Estado. Pero quedarse en esa fotografía es hacer salivar, en vano, a los futuros estudiantes de Medicina con un espejismo. La realidad es que habría que reflexionar sobre el éxodo de titulados que, como mi amigo, un día lamentaremos, que el debate sobre el examen modélico, siendo necesario, seguirá quedando en un segundo plano hasta que no se ajusten las cifras a las necesidades. A lo mejor será una idea muy loca el creer que quizá, y solo quizá, un primer paso debería ser revertir esas cifras: más centros hospitalarios donde no solo cubrir las necesidades sanitarias de la población, también poder, al menos, formar a esos jóvenes graduados. Y, un segundo paso, promover menos plazas universitarias (pero con mayor calidad) para minimizar el impacto, si bien la frustración de estudiar durante más de cinco años una carrera que jamás podrás desempeñar en el país que te formaste. Que a lo mejor fue un capricho de la infancia empeñarse en ser médico, pero qué pena sería ir intoxicando el talento que disponemos por no haberlo sabido cultivar. 


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