OPINIÓN

Los deseos de un futuro menos tóxico

Si está comprobado y localizado lo que causa esta contaminación tan nociva para nuestra salud (personal) y para nuestro futuro (común), ¿por qué nos seguimos oponiendo?

Agentes de Movilidad de Madrid.
Agentes de Movilidad de Madrid. Cedida a Vozpópuli

El futuro es ese lugar que contemplamos como quien observa sombras, y lo vamos despejando, en ocasiones, torpemente puesto que, por definición, lo desconocemos. Sin embargo, en él solemos depositar nuestros mejores deseos y planes. Todos ellos, por eso, difusos y ambiguos: amor, salud, dinero, amistad y, en fin, todo aquello que nos atañe para ser un ser modélico. Casi siempre con pretensiones individuales, porque las comunes como acabar con el hambre o la paz en el mundo no están a nuestro alcance, su cuidado les concierne a las autoridades, que para eso les encomendamos nuestro dinero a modo de impuestos.

Igualmente, nuestros padres nos prometieron un futuro algo menos narcisista, con un cielo donde esquivar aerotaxis, alentándonos, por eso, con unos robots que tomarían el control y que competiríamos con extraterrestres para colonizar un universo multi galáctico donde campar a nuestras anchas, que la Tierra se nos quedaría chiquitita con los años. A pesar de que en edad adulta hemos visto frustrado esos planes, entre nuestros hijos resiste la misma cantinela que, sospecho, repetirán nuestros nietos. Pese a toda esa lista que confine el proyecto en común, no hay un punto que hable de cómo mantener la especie humana amable con el mundo.

Las restricciones del Ayuntamiento no tenían otra que reducir los niveles de dióxido de nitrógeno y pedía, de este modo, la colaboración de los madrileños

Desde que el gobierno municipal de Carmena pusiera en marcha medidas para restringir el uso de los vehículos en Madrid estas últimas semanas, no ha hecho más que provocar sarpullidos en la opinión pública. Paradójico, teniendo en cuenta lo que pretende evitar con su normativa. Quizá ande equivocada, pero el dedo acusador sale disparado por la ideología de quien toma la medida mientras por el rabillo del ojo se escape la verdadera urgencia del asunto y quede escondida bajo la capa superficial donde parece que reside la polémica.

Puede que la medida, tal y como está diseñada, discriminando coches impares o pares según le siente el café ese día al concejal de turno, distorsione el tema real del que responsabilizarnos, tomar conciencia y tratar. Las restricciones del Ayuntamiento no tenían otra que reducir los niveles de dióxido de nitrógeno y pedía, de este modo, la colaboración de los madrileños para limitar las emisiones de este gas que provoca la combustión de los vehículos. No es un invento fruto de la imaginación de Carmena y su equipo municipal. Respirar niveles altos de dióxido de nitrógeno tiene graves consecuencias para nuestro sistema respiratorio.

Si aún quedan recelosos con esa teoría de progresistas medioambientales, se puede rescatar de la memoria histórica que la contaminación y sus desastrosos efectos no es una invención de cuatro chalados. Basta con remontarnos medio siglo atrás, cuando la capital inglesa estaba cargada de una niebla densa, cargada de hollín y azufre, por culpa de una importante fuente de energía de su época, el carbón. Empezó a sonar eso de ‘smog’ (un anglicismo resultado de las palabras smoke - humo - y fog - niebla -) y Londres era conocida a mediados del siglo XX como la ciudad de la niebla, con cierto aire fantasmagórico, pero lejos andaba de esa imagen romántica. Tragar aquel humor amarillo no podía traer nada bueno. ¿Las consecuencias reales? Miles de muertes debido a la contaminación del aire. La combinación de enormes plantas de carbón en el centro de la ciudad, la combustión de los tranvías y el masivo uso del carbón barato en muchos hogares londinenses por el tremendo frío de las fechas desencadenó en noviembre de 1952 la catástrofe.

En Londres, para 2020, se ha previsto crear Zonas de Emisiones Bajas (LEZ) dejando solo circular los vehículos eléctricos por el centro de la ciudad

No crean que el gobierno británico admitió desde un primer momento el origen del desastre. Más tarde, finalmente, en 1956 crearon una normativa, la Clean Air Act, para reducir la contaminación. Esto fue, imponiendo zonas sin humo, extendiendo en la ciudad parques como pulmones verdes para limpiar el aire y reduciendo las zonas de circulación de los coches. Con todo, el actual Londres descuidó lo que un día atendió y se vuelve a encontrar con unos índices de polución peligrosamente altos. Ahora, para 2020 tiene previsto crear Zonas de Emisiones Bajas (LEZ) dejando solo circular los vehículos eléctricos por el centro de la ciudad.

¿Para qué queremos cada día coches más seguros si, cuando salgamos de él tragaremos un aire tan dañino que nos deja peor que fumar veinte cajetillas de tabaco? Si está comprobado y localizado lo que causa esta contaminación tan nociva para nuestra salud (personal) y para nuestro futuro (común), ¿por qué nos seguimos oponiendo? Olviden quién legisla por un momento y pongan la mirada en sus hijos, si los tienen, o si no, miren al primero que pillen por el parque y posen en ellos lo que les cuento. Dar la espalda a los intereses comunes, confiando en su inexistencia, no lo resolverá por arte de magia. Hume estaba convencido que tenemos una disposición natural de ser buenos con los demás. No dejemos la benevolencia del ser humano en manos de las autoridades, que luego mira lo que pasa. Tendrán que inventarse soluciones de última hora para esos niños porque nadie quiso ser benevolente cuando pudo.


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