OPINIÓN

Solidaridad, política y universos imaginarios

La insolidaridad no es un atributo solo de algunos nacionalistas. Las declaraciones como las de Cifuentes acortan las distancias entre los diferentes niveles de nacionalismo que existen en España, entre regionales y estatal.

La presidenta madrileña, Cristina Cifuentes.
La presidenta madrileña, Cristina Cifuentes. EFE

Habré oído ese debate, durante años, en boca de profesores, de jefes, compañeros o amigos. Usted, en sus círculos, también. Discutir la frontera que separa ser periodista de ser escritor. Oficio de plumilla o de pluma que, al profesionalizarse, nos vemos obligados a discernir. La mejor definición la vi en una película, donde sitúa al escritor en un mero inconformista de la realidad que ve. Y, por ello, le empuja una necesidad interior a crear universos que no existen y, así, hacer del mundo un lugar menos horrible. Al periodista le endosan justo lo contrario: no salirse de las costuras de la realidad. Bueno, de la verdad, ese ente compacto e indestructible. Al periodista le toca la tarea de desmenuzar lo que ve y, aun siendo también inconformista, no debe diseñar otra realidad que la que hay, sino mostrarla y darla a conocer sin adulteración alguna.

A quién le importa la verdad. Ni a los periodistas, créanme. Tecleamos sobre bulos, amplificamos medias verdades, discursos tendenciosos y hechos que no son tal que así

Pero, en realidad, todo eso es mentira. A quién le importa la verdad. Ni a los periodistas, créanme. Tecleamos sobre bulos, amplificamos medias verdades, discursos tendenciosos y hechos que no son tal que así. La culpa, créanme, de verdad, no es nuestra. Porque quizá ignoremos que somos escritores que fabulan con universos paralelos en los rotativos al día siguiente. 

Sin ir más lejos, estos días hemos hecho circular, confundidos, unas declaraciones de Cristina Cifuentes que no eran exactamente así como han llegado a lectores. Me explico. Ella es una política que defiende vehementemente la solidaridad desde la Comunidad de Madrid aludiendo a que su Comunidad Autónoma es quien más aporta en el fondo económico en común de los españoles. Eso lo dijo, tal cual, justo después de que en el parlamento madrileño se dirigiera la misma Cifuentes al socialista Ángel Gabilondo, cuando este le formuló una pregunta sobre los ingresos de la Comunidad de Madrid con la siguiente aportación, cito textualmente: "Con nuestra política fiscal hemos recaudado 3.000 millones de euros que nos están sirviendo para financiar los servicios básicos en aquellas comunidades que ustedes gobiernan, como Andalucía. Los madrileños están pagando 3.000 millones para que los andaluces tengan sanidad, educación, y demás. Esa es la realidad, señoría”.

Decir todo eso a raíz de su aportación en el parlamento madrileño, se ve, dice la presidenta madrileña, es una manipulación descarada y falaz del PSOE contra sus palabras

Parece extraído de una intervención de algún diputado de Junts pel Sí. Pero no, fue Cristina Cifuentes. Por esas palabras se le tachó rápidamente de insolidaria, de despertar viejos eslóganes que cuestionan el reparto económico entre autonomías y de acabar tratando a los andaluces de vagos subvencionados por las regiones ricas. Su discurso olisqueaba, en definitiva, a un “Espanya ens roba”. Decir todo eso a raíz de su aportación en el parlamento madrileño, se ve, dice la presidenta madrileña, es una manipulación descarada y falaz del PSOE contra sus palabras.

Hasta ahora, el discurso insolidario estábamos empeñados en atribuírselo solo a los políticos secesionistas. Algo que ella no está dispuesta a aceptar y por eso rectificó rauda. Error, presidenta. La insolidaridad no es un atributo solo de algunos nacionalistas. Las declaraciones como las de Cifuentes acortan las distancias entre los diferentes niveles de nacionalismo que existen en España, entre regionales y estatal.

Hermandad y solidaridad, aunque con sus diferencias, para mí son sinónimos. Con cinco hermanos y dos baños, la lección de solidaridad la traigo aprendida de casa. Empatizar con la lentitud de tal hermana en secarse el pelo, la que se llevaba el bocata más grande al colegio o la insoportable impertinencia de aquel otro que presionaba a los demás a ajustar nuestros horarios a los suyos por ser más disciplinado con los tempos me ayudó a protegerme de la tiranía que luego encontraría en, por ejemplo, los pisos de estudiantes compartidos. No quita que dude de que mi solidaridad sea la más ejemplar. Pero me asalta la duda de qué será la solidaridad para todos esos políticos que, supuestamente, pretenden arrimarse a su significado con sus políticas.

La solidaridad es compleja, y más en términos políticos, donde los intereses comunes y personales se difuminan constantemente

La solidaridad es compleja, y más en términos políticos, donde los intereses comunes y personales se difuminan constantemente. Mientras algunos políticos van dando botes entre la fina línea que separa la compasión de la solidaridad, otros buscan abanderarla con fronteras. Desquiciante.

No sé si se trataba de una anécdota real o producto de la ficción del guión cinematográfico, pero la misma película que me dio la mejor definición hasta ahora de escritor decía también que un antropólogo descubrió que el idioma de una tribu africana ignoraba el término ‘libertad’. La razón no era otra que la falta de necesidad: ya eran libres. Diría con esto a algunos políticos que usan la palabra solidaridad con ligereza que dejen de verbalizarla. Con un poco de suerte, acabaríamos por anularla, caería de la Real Academia por desuso y, al fin, empezaría a existir. Eso si no necesitase algún escritor incorporarla a sus universos imaginados para hacer de este mundo un lugar menos horrible.


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