OPINIÓN

Llantos

Cuando se aglutinaron espontáneamente cientos de personas en las plazas de las principales ciudades de este país reclamando una «democracia más real», un profesor de mi facultad y reconocido periodista en Cataluña creía que eso que tanto emocionaba a uno era, a su juicio, solo ruido.

Protesta popular.
Protesta popular. EFE

Si hubiera una sola cosa que uniera a toda la población, no sería los colores de un equipo de fútbol, ni el amor a la siesta, ni rebanar cuellos de viejos dirigentes socialistas. Sería el odio irracional al llanto de un bebé. Los pequeños, ingenuos, no tienen otra forma de quejarse de este mundo injusto donde los han obligado a estar que inflando pulmones y rociando con lágrimas su menudo rostro. Los demás a su alrededor, unos adultos íntegros y gobernadores de sus emociones, no entienden que una cosa tan diminuta tenga esa sinfonía colérica contenida y fiscalizan a los padres de los niños que no los enseñan a quejarse de la vida de una manera algo más sosegada y sensata como ellos.  Comprensible, en parte: cuando hablamos nuestra voz se mide en unos 5 hercios y cuando gritamos o soltamos berridos de desesperación, entre 40 y 150 hercios.

Después del llanto, cuando el niño ya articula su cuerpo, decide expresar su malestar sacudiendo sus pies contra el suelo. Vamos, una pataleta. Posiblemente, y dependiendo de la mano izquierda de sus progenitores, solo consiga o bien irse a un rincón de su habitación castigado y cenando brócoli, o bien un cara a cara con la zapatilla de su madre. Del hedor del brócoli (o por la zapatilla de tu madre), al final, lo único que se espera es que una persona proteste menos y aprenda de las asperezas de la vida con alegría y, sobre todo, tranquilidad.

Recuerdo cómo en mayo de 2011, cuando se aglutinaron espontáneamente cientos de personas en las plazas de las principales ciudades de este país reclamando una «democracia más real»

Recuerdo cómo en mayo de 2011, cuando se aglutinaron espontáneamente cientos de personas en las plazas de las principales ciudades de este país reclamando una «democracia más real», un profesor de mi facultad y reconocido periodista en Cataluña creía que eso que tanto emocionaba a uno era, a su juicio, solo ruido. Quizá estaba en lo cierto. Se fue diluyendo la efervescencia en cada uno de sus aniversarios. Más tarde, algunos, crearon un partido sosteniendo que lideraban lo que aquellas voces anónimas reclamaban en esas plazas. «Convertir la indignación en cambio político», llamaron a su primer manifiesto. Periodistas, intelectuales y activistas decían dar voz a esos gritos de protesta. Todo parecía ceñirse sin fisura alguna al reclamo popular. Casi no tuvieron tiempo de digerir la responsabilidad que les venía por delante que la primera prueba les asaltó casi sin tiempo de remangarse la camisa. De la nada, Podemos fue la cuarta candidatura más apoyada en las elecciones de 2014 al Parlamento Europeo. Más de un millón de personas depositaron a ciegas su confianza en un partido prácticamente en pañales, desconocido para todos. Casi hasta para sus propios creadores. Y quizá confundieron el éxito con el prestigio.

Y cómo no, lo desconocido trae consigo las luchas más irracionales que desempeña nuestro yo más visceral. Las pasiones y aversiones que despertó a unos y a otros Podemos hizo que unos aguardaran con esperanza brotes verdes y otros disfrutaban viéndoles borrachos de tanto botar y quejarse, para luego abofetearles desprevenidos con el primer tropiezo.

Cada una de las noticias que desprestigia a Podemos consigue diversificar más posturas ante el nuevo partido

Cada una de las noticias que desprestigia a Podemos consigue diversificar más posturas ante el nuevo partido. Mientras, el partido sigue haciendo ruido. Aún no consiguieron desprenderse del llanto, cuando les están arreando con la zapatilla. Los ponderados adultos que los señalan casi no lloran, ni mucho menos escenifican una pataleta. Por eso, solo esperan que vayan enderezándose hasta convertirlos en unos adultos de moral erguida. Quizá lo consigan, pero no sé yo si tendrá mucho sentido eso. La tranquilidad nos tendrá a todos, a los que los veneran y a los que los desprecian, adormecidos.


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