OPINIÓN

Carles Puigdemont y los estanques de los niños

No sabemos si más del 50% de la población catalana votará sí a un Estado catalán en un futuro próximo. No sabemos si dependeremos de un nuevo causante de nuestros males, véase un loco Trump y su efecto mariposa o una Unión Europea exigente con nuestro dinero público. Todo eso sigue siendo incierto, desconocido, lejano.

Carles Puigdemont durante una entrevista en TV3.
Carles Puigdemont durante una entrevista en TV3. CCMA

Lo que separa a un niño de la vida adulta es la experiencia. Los pequeños llevan la inocencia y el asombro en el rostro según van explorando el mundo en el que han caído. Todo les es inmenso y extraordinario. Otras veces, en cambio, los adultos señalan de obsesión cuando los niños se obcecan con una película, un personaje de cómic o con un animal que en una primera impresión les fue exótico. Pero tiene una explicación. Entierran la angustia del horizonte infinito y nebuloso que tienen ante sí a lo desconocido posando sus pies en terreno firme. Esa destreza de convertir en estanque el océano es su particular madurez durante la infancia. Sus interminables preguntas a los mayores de poco les sirve. Les es más fácil anclarse, a modo de refugio, durante semanas o meses en videos de, qué sé yo, delfines y poseer luego un claro dominio de todas sus curiosidades que les valdrá como resorte para saltar el miedo a lo desconocido.

En la madurez, sin embargo, nos vamos olvidando de todas las cosas que nos fueron sucediendo y no tomamos tanta conciencia de lo que vamos aprendiendo

En la madurez, sin embargo, nos vamos olvidando de todas las cosas que nos fueron sucediendo y no tomamos tanta conciencia de lo que vamos aprendiendo. Pero aunque de adultos las ignoremos, todas ellas son ese colchón que llamamos experiencia, y lo utilizamos para no caer en un vacío y así caminar con certeza por las vicisitudes de la vida. Perdemos ingenuidad pero ganamos experiencia. Creemos, además, que ya poco tenemos que descubrir. En ese paisaje seguro y estable que hemos construido pecamos, sin querer, de no dejar espacio a la autocrítica. Al colchón de la experiencia le sumamos un muro en el que rebota hacia fuera todo lo que cuestiona la autoconfianza que hemos forjado, con tal de evitar que anide la incertidumbre y la duda.

Este domingo se emitió en la televisión pública catalana el programa ‘Jo pregunto’ (Yo pregunto), donde una docena de ciudadanos catalanes interrogaban al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, con cuestiones —en su mayoría— sensibles para todos los que viven en Cataluña. El formato, en apariencia un debate popular con el dirigente, no tenía mucho de originalidad. Aunque se presentaba desde TV3 como algo novedoso y ejemplar («el nuevo formato en directo y con la posibilidad de dialogar con Carles Puigdemont »), ya se había llevado a cabo en la pública española, TVE. Era ‘Tengo una pregunta para usted’, emitido durante la legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, entre 2007 y 2009.

Unos cien ciudadanos podían interpelar no sólo al presidente en aquel momento, también a otros líderes políticos

El programa emulaba un formato francés, ‘J'ai une question à vous poser’, y gozó de popularidad con una elevada audiencia en la mayoría de sus emisiones. Unos cien ciudadanos podían interpelar no sólo al presidente en aquel momento, también a otros líderes políticos como fue con el líder de la oposición entonces, Mariano Rajoy, Gaspar Llamazares o al líder de ERC, Josep Lluís Carod-Rovira

Dejando de lado su antecesor en la parrilla televisiva, el ‘Jo pregunto’ duró casi tres horas y lideró la audiencia catalana en la noche del domingo con una cuota de pantalla del 16,3%. Era la tercera vez que Puigdemont se exponía a una entrevista desde la televisión pública. Dos de ellas, sumando la de ayer, provenían de cuestiones de los ciudadanos (la tercera fue con Andreu Buenafuente). Y como de un tiempo a esta parte se cuenta también la ‘otra’ audiencia, no cabe olvidar los más de 10.000 usuarios de las redes que interactuaron en directo con la emisión desde Internet. A juzgar por esos datos, o quizá porque la programación de los domingos es escasa, el programa sedujo al interés de los catalanes.

Aun asegurando esa representatividad ciudadana en la elección de los entrevistadores, desde las redes detectaron algunos ‘infiltrados’

La televisión catalana celebraba este debate «sin intermediarios, de una manera abierta y democrática» de interactuar con el presidente. Los entrevistadores debían ser anónimos, ciudadanos de a pie y escogidos en dos debates previos organizados por TV3. Entre las 200 personas de las más de 400 interesadas en participar en el programa, los propios asistentes escogieron qué 12 formularían las preguntas a Puigdemont. Aun asegurando esa representatividad ciudadana en la elección de los entrevistadores, desde las redes detectaron algunos ‘infiltrados’. Eso es, representantes de colectivos ciudadanos, activistas, dirigentes políticos u otro tipo de ciudadanos que no eran ‘blancos’, como periodistas o politólogos colaboradores de medios de comunicación. 

A algunos los reconocí, tanto en las imágenes de los debates previos, como en el teatro donde se realizó el programa. Así, aunque muchos sospecharon de qué tipo de criterio se hizo en el casting, por mi parte pensé que también podían ser representativos. ¿Son acaso menos catalanes que el resto? «Quizá consideren desde TV3 que estos 12 disponen de una base para rebatir al presidente con conocimiento de causa», creí. 

Fueran o no ciudadanos de a pie, prácticamente todos le reprocharon las políticas sociales de su gobierno. Pocos masajes hubieron. El acceso al trabajo, el derecho a la sanidad y las listas de espera inabarcables, la defensa de la escuela pública frente a las concertadas, las excesivas tasas universitarias o el macroproyecto especulativo BCN World fueron algunos de los interrogantes que trasladaron los ciudadanos del público a Puigdemont. 

Fue sorprendente la habilidad del President en capear cada una de las inquietudes de los catalanes. Apenas pronunció algo parecido a «tiene usted razón», «vamos a trabajar en ello» o algo más tranquilizador que un «eso no es así», «es la crisis», «no tenemos los recursos suficientes hasta que seamos una república »

Puigdemont abrió una puerta a los catalanes para dejarlos tapiados en otra de cristal

De qué sirve poner un atril y un micrófono a los ciudadanos si les responderá con las mismas frases que ven en diarios, radios y televisiones. Puigdemont abrió una puerta a los catalanes para dejarlos tapiados en otra de cristal. Ser político es difícil. Te expones las 24 horas del día a críticas, insultos y pocos elogios. No debe de ser fácil. Pero ser ciudadano e ir descubriendo el mundo, con la niebla que se divisa al horizonte de un futuro con nuestros políticos al mando, también lo es. El programa podía haber sido una oportunidad de autocrítica en público de un gobierno que tiene muchas cosas que resolver con los ciudadanos antes de esa república que, insisten, será remedio a todos nuestros males. No hablamos de flagelarse ante los ojos de miles de catalanes. 

No sabemos si más del 50% de la población catalana votará sí a un Estado catalán en un futuro próximo. No sabemos si dependeremos de un nuevo causante de nuestros males, véase un loco Trump y su efecto mariposa o una Unión Europea exigente con nuestro dinero público. Todo eso sigue siendo incierto, desconocido, lejano. El domingo, en una magnífica ocasión como disponer del 16,3% del share, pudo servirle a Puigdemont para romper con ese muro que a los adultos nos aleja del mundo real. Ese que creemos que ya dominamos con destreza y no necesitamos cuestionarlo. Pero Puigdemont al final actuó como ese crío que se aferra a una idea o a un objeto con el que sentirse seguro en el océano de lo que desconoce, pero careciendo de la ingenuidad con la que los niños siguen interesándose por lo que ignoran.


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