OPINIÓN

Anatomía de un juicio

No es necesario saber qué pudo pasar antes ni qué pudo pasar después del disparo para construir todo un relato a partir de un instante.

Fèlix Millet en 2010.
Fèlix Millet en 2010. Carles Ribas / El País

Hay una fotografía que hizo Carles Ribas a Fèlix Millet, hará ya siete años, que ya quedará entre mis favoritas. Fue julio de 2010, en un descanso de la comisión de investigación en el Parlament sobre el caso Palau. Millet guarda una mano en el bolsillo derecho del pantalón y con la izquierda sujeta el cigarrillo que está inhalando, con la mirada puesta en alguna parte que no es ni en el objetivo del fotógrafo ni en los periodistas apelotonados en su extremo derecho para recoger alguna declaración del expresidente del Orfeó Català. 

Hay una cierta elegancia en esa imagen, y algo de desequilibrio también

Tan solo había pasado un año escaso entre esa foto y el registro policial en el Palau de la Música y se hiciera público, así, el fraude que se había gestado durante años a espaldas de los ciudadanos de a pie pero, según el auto, a ojos de políticos, empresas y administraciones de aquí y allá, conocedores de todo lo que endilgó Millet a las arcas de la institución musical. Podría haberse leído en su cuerpo nervios, angustia, culpabilidad, vergüenza, pero nada de eso se percibe ni en sus ojos ni en su pose. Hay una cierta elegancia en esa imagen, y algo de desequilibrio también. El humo que aspira para cargar sus pulmones lo envuelve en serenidad y sosiego. Al fondo queda el trajín que acarrean los cámaras y reporteros.

Se intuye a partir de esos dedos que descansan en sus labios saborear el humo en su garganta. Irradia placer ese cigarro que inhala lentamente, ese cuerpo que reposa en la pared esperando volver a entrar al Parlament. Quizá, no lo sé, estaba reflexionando y asumiendo calmadamente la que le venía encima. Entre lo que pudo decir antes y lo que podría decir después. Cómo defenderse de tanta infamia sobre su persona y recuperar su honor. Quizá, mucho más probable, estaba pensando si recuerda qué cenó la noche anterior. ¿Fue una tortilla o un poco de verdura a la plancha? A cierta edad, la verdad, la alimentación es una de las máximas preocupaciones. Pero tampoco parece que le dejase inquieto seguir sin adivinar qué llenó su estómago horas antes.

Quizá se estaba acordando de su primera travesura al llegar a la presidencia de la entidad musical, a finales de los setenta

Su mirada está absorta. A esas personas que pierden la mirada con facilidad les suelo adjudicar paz, un rico universo interior, en fin, felicidad. Se acomodan en su silencio y extravían el mundo donde posan los pies, para convertir todo lo que ven sus ojos en el ruido blanco de un televisor por sintonizar. Las voces pasan a ser un susurro y fluyen solos en un lugar inhóspito lejos de donde habita su cuerpo. Parece que en cualquier momento alguien les interrumpirá y le devolverá la nitidez del presente dando un bote para atrás. O, tal vez, tampoco. A lo mejor, ese día Millet volvió a la sala, después de su cigarrito, para someterse al interrogatorio del grupo de investigación parlamentaria mientras exhalaba el humo que tragó fuera pensando, aún, si fue pescado hervido o solo un poco de fruta y un yogur antes de irse a la cama. Nada de saltos abruptos a la realidad con alguna de las preguntas incómodas y esperpénticas que le berrearían allí dentro.

Quizá se estaba acordando de su primera travesura al llegar a la presidencia de la entidad musical, a finales de los setenta, cuando con una mano ordenó cambiar el mobiliario del Palau recolocando sillas y mesas usadas de otro despacho suyo y, con otra mano atrás, cobrando un cheque del Consorcio del Palau por el ingenioso canje. Desde luego, eso le delataría alguna media sonrisa, al menos. Pero nada, eso pasó hace ya mucho tiempo. La larguísima lista de cheques cobrados que tendría para recordar como para ir a pensar en el primero. Qué sabrá él en ese momento de cheques. Eso mismo le diría al grupo de investigación después. No lo sé, no sé nada. Nada, ni idea. Si no me acuerdo de qué cené anoche, voy a tener que tirar de memoria, a mi edad, sobre cosas que hice vaya usted a saber cuándo.

Nada de lo dicho anteriormente tengo garantías de que sea verdad. Es, también, lo mágico de las fotografías

Si Fèlix Millet leyera esto, no me gustaría que tomase por injurias lo que escribo. Nada de lo dicho anteriormente tengo garantías de que sea verdad. Es, también, lo mágico de las fotografías. No es necesario saber qué pudo pasar antes ni qué pudo pasar después del disparo para construir todo un relato a partir de un instante. Aunque nunca está de más dar por cierto lo que desprende una sola imagen que todo un escandaloso juicio que colea desde hace ocho larguísimos años atrás.


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