OPINIÓN

Amor, democracia y engaños

Es un error creer que los tontos de delante no sabrán articular un discurso lo suficientemente potente y eficaz. Lo harán, ya vieron.

Donald Trump.
Donald Trump. EFE

Al amor lo relacionan con la muerte, con la pureza y con el atontamiento. Con todo, las personas, no sé por qué, aspiran a dar con él. A la democracia le pasa algo parecido. Confianza, igualdad, justicia, solidaridad, y por qué no, pureza, muerte y atontamiento también es lo que define a la democracia. Y todos creen que con ella estaremos a salvo. En ambos casos, asimismo, no habría que obviar que se sustentan en la mentira.

Ni el amor es pulcro, pleno y rosa, ni la democracia perfecta, ordenada y transparente

Nadie habla de legañas, ojeras o mal aliento por la mañana cuando se pronuncia un discurso sobre el amor. Nadie habla de deslealtad al demos, resignación, enchufes o abusos de poder cuando se sermonea sobre la democracia. Podemos ansiarlos a ambos para nuestra estabilidad emocional y social, pero ni el amor es pulcro, pleno y rosa, ni la democracia perfecta, ordenada y transparente.

Tenemos los niveles de sensibilidad altamente acelerados cuando se trata de injusticias. Nos resulta espeluznante que sigan ganando en nuestro país partidos que turban el sistema político por no resistirse a sus intereses particulares. Y, como democráticos que somos, tratamos de inútil al que vota distinto a ti. Nuestra capacidad para aceptar el error es señalando al que tienes enfrente. Y las injusticias siempre vienen de ese y no de uno de los nuestros.

Ahora, también nos enerva y preocupa que haya ganado la presidencia de Estados Unidos un tipo xenófobo, misógino, capitalista sin escrúpulos, homófobo y decenas de atributos más que no es que definan precisamente una cara amable de él. Se nos desencaja la mandíbula de bramar el atropello a la democracia que supone un señor como ese al mando de uno de los países más poderosos del planeta. Y, la verdad, no es para menos si hacemos caso a los discursos que ha arrojado en su campaña política. Pero el marco al que deberíamos prestar atención no se limita a eso.

Estados Unidos siempre alude al pretexto ético de «proteger la democracia» y, no en pocas ocasiones, ha burlado los derechos humanos con ataques militares o sanciones económicas

Estados Unidos siempre alude al pretexto ético de «proteger la democracia» y, no en pocas ocasiones, ha burlado los derechos humanos con ataques militares o sanciones económicas. Nada nuevo. Nos ofende mucho más, eso sí, que las metáforas de un loco de los negocios se naturalicen y den legitimidad a lo que durante años, creemos, se ha luchado por erradicar.

Nos inquieta que las visiones conservadoras estén encontrando su lugar y tengan la aceptación pública. Parece que ya no vayan a ganar los progresistas, que ya ningún gobernante vaya a proteger el medio ambiente, ni a los trabajadores, ni la salud, ni el consumo y que las libertades civiles estén en peligro. Siendo francos, debería alarmarnos.

Pero no entiendo por qué a nadie le aterra qué grado de relación tiene el número de detenidos en función de lo oscura que sea su piel. Tampoco ningún revuelo sobre qué cantidad de deportados hubo durante el gobierno de Obama. En qué grado de liberación se encuentra la mujer en el conjunto de estados de ese país. Qué instituciones racistas ya tenían legitimidad antes de la llegada de Trump. Tampoco cuántos estados norteamericanos discriminan a dos personas del mismo sexo que se acuestan juntas, hasta el punto de mantener leyes en contra de su libertad.

La democracia no es solo votar. Tampoco es solo indignarse. Es saber ofrecer una alternativa moral que defina los intereses del conjunto

Prácticamente todas las noticias son eco de aquello que algunos quisieron que escucháramos. Mirando ese país de estados heterogéneos que solo les une una bandera y un himno como si fuera uno más europeo, más cercano. Menos difuso, menos complejo. Hemos hasta comparado su votación a la elección de nuestro presidente, como si su sistema democrático tuviera las mismas reglas que el nuestro. Pero es que hasta los asuntos en juego eran otros a los que atendemos y no venían de ahora ni entraban en riesgo (solo) por culpa de ese señor.

La democracia no es solo votar. Tampoco es solo indignarse. Es saber ofrecer una alternativa moral que defina los intereses del conjunto. Es de lo que estar la mayoría orgullosos. Pero, por eso también, gana la mayoría. La democracia no debe ser frustración. Solo lo será si no aceptamos que es imperfecta. A veces nos engaña, y no siempre estamos a salvo con ella, pero debemos aprender a hacerla coherente y no solo activar la alarma en situaciones que consideramos de verdadero riesgo. Es un error creer que los tontos de delante no sabrán articular un discurso lo suficientemente potente y eficaz. Lo harán, ya vieron. Con sus legañas y sus ojeras.


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