Libertad 2.0

Algo huele mal en Estoril

24 de abril de 1998. En contra de todo pronóstico y del aparato de Ferraz, Josep Borrell, apoyado por Antonio Asunción y Rodríguez de la Borbolla, gana las primarias del PSOE frente a Joaquín Almunia. Algo que Jesús Cacho en “El negocio de la libertad” [Editorial Foca] calificó como “una derrota sin paliativos del felipismo y lo que el felipismo representa”. Eran los primeros indicios de resquebrajamiento del consenso socialdemócrata establecido en 1978. Y eso que José María Aznar aún no había alcanzado la mayoría absoluta del año 2000, que hizo al PSOE virar hacia posiciones muy alejadas de la socialdemocracia europea, al darse cuenta que, quizás, la victoria de 1996 del PP no iba a ser un paréntesis en su derecho a regir para siempre los destinos de España. Un derecho que se habían ganado en 1978, pensaban y piensan, al aceptar la Corona como también hizo Santiago Carrillo, traicionando así los principios del Partido Comunista de España.  

Los famosos Pactos de la Moncloa fueron un acuerdo de las oligarquías para crear un

Estado de Partidos

Los famosos Pactos de la Moncloa, que ahora Mariano Rajoy quiere resucitar en una especie de Segunda Transición limitada a la pequeña política, fueron exactamente eso: un acuerdo de las oligarquías para crear un Estado de Partidos -mencionados junto a los sindicatos en la propia Carta otorgada- basado en una Ley de corte socialdemócrata (España es una sociedad avanzada, comienza en perfecto lenguaje leninista, ya en su preámbulo) cuyo pilar fundamental sería el juancarlismo, la Corona. Un consenso político, incompatible con la democracia y la libertad política, en el que también estuvieron siempre presentes los nacionalistas, para quienes se adoptó la extraña ley D’Hont, en un intento, el primero, de apaciguamiento de lo inevitable.

Y así es como llegamos a los 40 años de paz y prosperidad, que no de libertad (que se lo digan a las familias de los cientos de asesinados por la banda terrorista ETA o a los perseguidos por el nacionalismo catalán), en que vivimos hasta el momento de la abdicación de Juan Carlos I, sostén y pilar fundamental del consenso. Un consenso que hoy, está saltando por los aires, sin que experimentos del IBEX –léase, Ciudadanos- o el Partido Popular, consigan frenar lo que parece inevitable a medio plazo si no cambian los discursos.

Por una parte, los nacionalistas, cuyo proyecto político siempre fue la separación de España y no el sacarnos los cuartos (aunque ya que estamos…), aprovechando la debilidad de unas instituciones ayunas de control y en muchos casos profundamente corruptas, están en el final de su camino. La proclamación unilateral de independencia de Cataluña que pretende, aunque ahora lo disimule, el señor Puigdemont, es sólo el comienzo. Y nada parece que pueda pararlo. Fiarlo todo a la Unión Europea, que también está pasando una grave crisis de legitimidad, la crisis de la socialdemocracia, es errar.

Por otra, el PSOE, el gran partido del juancarlismo, la hegemonía del felipismo es inexplicable sin él, está a punto de saltar por los aires de la mano de un federalismo absurdo y unos líderes mediocres, que no son causa, sino consecuencia. ¿Acaso, después de cuatro años de zapaterismo, de ruptura del consenso, de integración de la banda terrorista ETA en el mismo, la consecuencia no podría ser otra más que el endeble Pedro Sánchez y un PSOE entregado a bioideologías y a la negación de la libertad individual? Convendría, por cierto, analizar la conveniencia que la existencia de ETA ha tenido para el propio consenso, al desviar los ojos de la sociedad civil de éste hacia otros lares por una parte y, por otra, crear el terror necesario para la fundación del mito de la Transición y la necesidad del Estado de Partidos.

La política hace tiempo que ha sido sustituida en el PP por el economicismo. Los principios se negocian. Todo sea por el consenso, ese nuevo fascismo

El Partido Popular, que se rindió al consenso en el mismo momento en que José María Aznar decidió no entregar los papeles del CESID, como nos recuerda Pedro J. Ramírez en “El desquite” [Ed. La Esfera de los Libros], intenta hoy mantener al enfermo terminal conectado a las máquinas como sea. Lo de Rajoy es, incluso, encarnizamiento terapéutico. De ahí que, en lugar de proponer reformas de calado, como la más que necesaria separación de poderes y una reforma de la Ley Electoral en sentido mayoritario y por distritos uninominales, así como la elección del presidente en elecciones directas en circunscripción única y a dos vueltas si se quiere, se conforme con proponerle a Pedro Sánchez poco menos que cambiar un poco la legislación laboral y subirnos los impuestos. Es decir, seguir con el viaje del Partido Popular hacia la socialdemocracia implosionante. Es la consecuencia de la traición de la derecha a sus principios. El tecnócrata Mariano Rajoy, en el fondo, no puede ni sabe hacer otra cosa. La política hace tiempo que ha sido sustituida en el PP por el economicismo. Los principios se negocian. Todo sea por el consenso, ese nuevo fascismo, como lo llamaba la escritora de origen ruso Ayn Rand.

Podemos, por su parte, siendo el culmen de la manifestación de la socialdemocracia degradada, es claramente antisistema. No aceptan a Felipe VI como sostén del nuevo régimen que debe de surgir de las cenizas de corrupción y falta de libertad política del juancarlismo.

Y esa es la clave. Lo  que estos días está sucediendo recuerda a la crisis de la Restauración, aunque Rivera renuncie a ser Sagasta, que acabó con Alfonso XIII camino del exilio. Una tradición muy española esa de cambiar monarquía con monarca por monarquía con dictador, como bajo el franquismo. Don Juan, como es sabido, vivió más tiempo en Estoril que en España, esperando una vuelta que nunca tuvo lugar. La mala relación entre padres e hijos es otra inveterada costumbre borbónica. En “La Corte de Felipe VI” de Alberto Lardiés y Daniel Forcada [Ed. La Esfera de los Libros] podemos ver que es poco, en realidad, lo que ha cambiado.

Si Felipe VI no comprende la crisis de régimen en que estamos inmersos podría ver su Corona envuelta en graves problemas

Si Felipe VI, quien hasta ahora ha oscilado entre el acierto [no recibir a Pedro Sánchez hasta después del Comité Federal del PSOE] y el error [hacer de chófer de Artur Mas en mayo de 2015], no comprende la crisis de régimen en que estamos inmersos y deja de oír algunos cantos de sirena de personas con intereses económicos o profundamente ideologizadas, podría ver su Corona envuelta en graves problemas. Porque el precio de un pacto Podemos-PSOE es, precisamente, la Corona. Una Corona que, para los podemitas, como han manifestado en redes sociales Irene Montero, y también muchos otros, es precisamente Felipe VI.

El nuevo régimen bolivariano que surgiría de un gobierno de Podemos (da lo mismo que esté o no el PSOE) sería un régimen totalitario sin reyes. Eso sí, no sería, digámoslo claro, una república. Porque la república se asienta en la libertad política. Algo de lo que gentes como Pablo Iglesias o Nicolás Maduro no quieren ni oír hablar.

Cuidado, Majestad, que algo empieza a oler mal en Estoril.


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