Libertad 2.0

La frustración general

La Constitución de 1978 fue elaborada por unos políticos bien provenientes del régimen anterior, bien representantes de las diversas oligarquías asentadas en España que temían la ruptura. De ahí los “Pactos de la Moncloa”, unos acuerdos tomados de espaldas al pueblo, que no eran más que el resultado del acuerdo entre las oligarquías mediática, financiera, comercial y política. O como dirían hoy: “arreglar en los despachos el resultado de las urnas”. El PCE renunció a sus reclamaciones históricas y aceptó la Corona, el PSOE formaba parte del tinglado desde Suresnes y los nacionalistas lloraron hasta conseguir su objetivo, ocultando que País Vasco y Cataluña habían sido favorecidos por el franquismo frente a otras regiones como Extremadura, Galicia o Castilla. La derecha de UCD y AP, acomplejada por cuarenta años de régimen autoritario, cedió en todo. Incluso en tener su propio sindicato, dejando el asunto en manos de UGT y CCOO.

El consenso, sin rubor, designa también a los miembros del órgano de gobierno de los jueces. Un órgano incompetente, politizado hasta la náusea

Es el conocido “consenso socialdemócrata”. Es por ello que en España las elecciones, que las oligarquías representadas hoy fundamentalmente por Ciudadanos no quieren repetir, no tienen más finalidad que decidir a quién le corresponde dirigir dicho consenso. Un consenso político incompatible con la democracia, cuya voluntad, que pretende ser la del pueblo pero no lo es, se manifiesta y decide en las Cortes, dominadas por el poder ejecutivo. Sin cortarse ni un pelo, el gobierno designa al presidente del Congreso. Patxi López, por cierto, anda en el alero, porque así amenazan desde un partido, Ciudadanos, que va diluyéndose como consecuencia de su ridículo pacto con Pedro Sánchez y sus declaraciones oportunistas. Albert Rivera, hoy, parece haber adoptado las formas del sheriff de Coslada.

El consenso, sin rubor o incluso presumiendo de ello, designa también a los miembros del órgano de gobierno de los jueces. Un órgano incompetente, politizado hasta la náusea, que rara vez escucha las quejas de quienes sufren la tortura de tener que acudir a los tribunales, limitándose a hacer sus informes y a vigilar que nadie se salga del pensamiento único. En el colmo de la desvergüenza, mientras casos penales, mercantiles, administrativos o civiles duermen el sueño de los justos encima de la mesa de funcionarios judiciales, el corporativista CGPJ no reconoce dicha tardanza como dilaciones excesivas, habiendo convertido la inmediatez de la Justicia, principio del Derecho, en una broma macabra. Resolver un divorcio puede tardar un quinquenio, una ejecutoria meses, un delito penal años (piensen en Gürtel)… y mientras, el pueblo, a verlas venir.

Por no hablar del desconocimiento del Derecho de no pocos fiscales (lo de la fiscal Romero de los lentísimos Juzgados de Majadahonda pasa de castaño a oscuro), además del maltrato de los jueces hacia los abogados o los propios ciudadanos. O la corrupción, que todos saben y nadie cuenta.

Por otra parte, las tasas judiciales, que en un primer momento se pretendieron imponer sobre unos ciudadanos ya expoliados mediante todo tipo de impuestos, así como la obligación de figuras obsoletas como los procuradores, hacen carísimo e imposible acudir a la Justicia a la clase media. La legislación social(ista)… es para los ricos. El Derecho y la Justicia ni están ni se las espera.

Y, en contra de lo que dicen, no es cosa de falta de medios.

La corrupción que vemos por doquier, y que no sólo es la económica, no es más que la consecuencia del sistema. De un sistema intrínsecamente corrupto. De una oligocracia devenida en cleptocracia. Del colectivismo.

La desafección de los ciudadanos no lo es sólo hacia los políticos y sindicatos, sino también hacia jueces y medios de comunicación

Algo que empieza a estar inserto en el subconsciente de los españoles, y en este sentido España comienza a encontrarse en una situación prerrevolucionaria. La desafección de los ciudadanos no lo es sólo hacia los políticos y sindicatos, sino también hacia jueces y medios de comunicación. El pueblo español, al que tanto gustan las caenas, comienza a percatarse del orteguiano “no era eso, no era eso”.

El consenso socialdemócrata, que sustituye el consenso social por el consenso político, ordena la exclusión de la vida civil de cuantos se muestren contrarios al mismo. Consenso, por cierto, magníficamente descrito por Ayn Rand y definido por ésta como “un nuevo fascismo”. Señala la autora que “la clave del núcleo, la esencia, el motivo y el significado verdadero de la doctrina del ‘gobierno por consenso’ es el culto de la transigencia. Transigir es la precondición, la necesidad, el imperativo de una economía mixta. La doctrina del consenso es un intento por traducir los hechos toscos de una economía mixta en un sistema ideológico, o de un sistema anti-ideológico y proveerlos de una semblanza de justificación”.

Y es que, salvo que se cambie la naturaleza humana, como pretenden las ideologías dominantes, existe y existirá eternamente  un conflicto entre la libertad colectiva, que sólo halla su pleno cumplimiento en la democracia política, y la oligarquía, que restringe a unos pocos la participación en el mando político, en la utilización del poder. La explicación de la historia como una lucha permanente entre oligarquías es más exacta que la explicación por la lucha de clases.

La Política es el arte de hacer concreto lo necesario. No de crear problemas donde no los hay

Como el ejercicio de las libertades introduce siempre desequilibrios en el orden social, el objeto de la política consiste en restablecer continuamente el equilibrio. Y una de las misiones del político auténtico consiste en orientar hacia el bien común los intereses de la oligarquía. La Política es el arte de hacer concreto lo necesario. No de crear problemas donde no los hay.

Señala Rand, que “en contra de la creencia fanática de sus defensores, la transigencia no satisface, sino que decepciona a todos; no lleva a la realización general, sino a la frustración general”.

Y en eso estamos. En la frustración general. Que permitirá el ascenso de los populismos después de que entre los amagos fallidos de Susana Díaz, la cobardía de los barones socialistas y la ambición desmedida de Pedro Sánchez hayan destruido lo que queda del PSOE.


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