OPINIÓN

Contra la yihad, la Ilustración

El auge de la ideología política basada en el extremismo islámico, y de su estrategia terrorista, es un fenómeno reciente. Nuestro reto es identificar y frenar a sus poderosos impulsores y financiadores, no embarcarnos a estas alturas en guerras de religión.

Contra la yihad, la Ilustración.
Contra la yihad, la Ilustración. EFE

A caballo entre los ochenta y los noventa, viajar con frecuencia a los países de mayoría musulmana era asistir a una rápida involución. Entre cinco y quince años tardó ese proceso en consolidarse, inducido por el auge social de una ideología totalitaria, basada en la distorsión interesada de la religión local. Sin necesidad, generalmente, de instaurar regímenes acordes, la influencia del extremismo religioso se enquistó sin embargo en las sociedades frenando su desarrollo y cercenando las libertades. En general, el islam se había moderado mucho y aceptaba ya jugar el papel privado y secundario que corresponde a las religiones en una sociedad secular. Pero en unos años —de manera súbita en términos históricos—, todo cambió para sorpresa de los occidentales que visitábamos esos países.

En la Siria de Assad padre y en el Iraq de Saddam Hussein, mi sensación fue la de estar en una dictadura socialista y, al mismo tiempo, en una sociedad secular, modernizada, alejada desde luego del regreso al Medievo que hoy promueven los ultraislamistas. Tras la descolonización, los países musulmanes trataron de sacudirse la caspa tradicionalista, retener lo mejor de la herencia colonial —la modernización tecnológica y cultural— y, desde ahí, construir sus imposibles utopías nacionales, generalmente de inspiración marxista. Cuando éstas fracasaron con el fin de la Guerra Fría y de la fábula de los “no alineados”, surgió con fuerza una alternativa oportunista: un extremismo islámico politizado que prendió en unas sociedades ávidas de soluciones, pero que nunca habría sido posible sin los recursos ingentes que fluyeron hacia esos países y que, después, llegaron también a las comunidades musulmanas de Europa.

Simplificando, hay dos grandes focos de impulso y financiación del extremismo musulmán. Uno es el Irán chií y el otro es la Arabia Saudí suní, junto a las otras monarquías del Golfo Pérsico

Pese al espanto terrorista y a las masacres sanguinarias como la de hace unos días en Manchester, el porcentaje de musulmanes que han abrazado una versión purista del islam sigue siendo muy minoritario. Y dentro de ese nicho, los radicalizados hasta el punto de cometer crímenes como lobos solitarios, o de enrolarse en la yihad organizada, son una gota en un océano, aunque sea una gota venenosa. No hay una epidemia de locura terrorista entre los musulmanes. Al contrario: requiere mucho esfuerzo transformar a un musulmán normal en terrorista. Por lo tanto, lo que urge ante este fenómeno es seguir el dinero que paga ese esfuerzo.

Matar es fácil y barato, pero no lo es mantener durante décadas toda una estructura social y contracultural que destile con cuentagotas personas dispuestas a hacerlo. Tampoco es barato extender esa estructura por decenas de países musulmanes y por la diáspora emigrada. Hace falta mucho dinero para adoctrinar pacientemente, para producir materiales de todo tipo, para activistas y coordinadores, para viajes y formación, para aplicar correctamente técnicas psicológicas de persuasión coercitiva (incluso a jóvenes no musulmanes que se convierte y recluta en tiempo récord), para costear medios de propaganda e impulsar un estado de opinión antimoderno y antioccidental.

Este súbito ultraislamismo busca una guerra de religión, y encuentra terreno abonado en la parte más cerril de nuestro conservadurismo etnocéntrico, nacionalista y tradicionalista

Todo esto no habría podido pasar, y por eso no pasó, ni en los cincuenta ni en los sesenta ni en los setenta. Empezó cuando empezó y se extendió después a nuestros países. Es un fenómeno nuevo que parasita la religión islámica, se aprovecha de sus enseñanzas más arcaicas y de sus textos más beligerantes y revierte la evolución interpretativa relativizadora que esa religión había seguido, como todas las demás, a causa del triunfo de la modernidad cultural, de la individualidad moral y de la globalización económica capitalista.

Simplificando, existen dos grandes focos de impulso y financiación del extremismo musulmán. Uno es el Irán chií y el otro es la Arabia Saudí suní, junto a las otras monarquías del Golfo Pérsico. Es obvia la liaison del primero con Moscú y de la segunda con Washington. Detrás de toda esta inducción al terror asoman intereses geopolíticos y energéticos. Ya no estamos ante los conflictos de baja intensidad de la Guerra Fría, pero tampoco ante una guerra convencional.

Es una guerra distinta, y le es ajena al modesto vendedor de kebab de la esquina, que inmigró por la burbuja inmobiliaria y a duras penas abrió su negocio después de hincharse a poner ladrillos. Él no tiene la culpa de las atrocidades que en su nombre se cometen, ni merece ser temido ni despreciado. Ser musulmán en una sociedad moderna es tan aceptable o tan inaceptable como ser cristiano, judío, sij o sintoísta: dependerá de si el hecho religioso queda debidamente subordinado a la suprema soberanía del individuo humano y de la civilidad básica que nos permite coexistir en la diferencia. Y resulta que así es como viven su fe millones de musulmanes en Occidente, que serán más, menos o nada practicantes y para quienes, en muchos casos, la religión es poco más que un recuerdo cultural heredado, como lo es para tantos europeos autóctonos. Lo que importa no es qué religión sino cuánta (qué grado). A ese “cuánta”, una sociedad moderna responde “tanta como para que los creyentes la profesen en libertad pero sin condicionar a nadie más”.

No venceremos al terrorismo ultraislamista renunciando a aquello que hizo a Occidente prosperar y liderar el progreso de nuestra especie: la razón y la libertad

Los urdidores de este súbito ultraislamismo de las últimas décadas buscan una guerra de religión. Encuentran terreno abonado en la parte más cerril de nuestro conservadurismo etnocéntrico, nacionalista y tradicionalista porque, en realidad, lo que éste ansía es revertir la secularización y las demás conquistas de la Ilustración que emancipó al individuo. Y, claro, una cruzada contra el enemigo musulmán le viene de perlas para cuestionar nuestro “libertinaje” y llevarnos de vuelta al redil de la tradición, igual que los estrategas del otro lado necesitan una yihad contra los “cruzados”. Ya imagino los comentarios encendidos aquí abajo: “¡no, el caso del islam es distinto, el islam es intrínsecamente criminal, ya la sura tal del Corán dice…!”. Últimamente proliferan los islamólogos islamófobos, generalmente con una rana en sus perfiles de Twitter. No caigamos en la trampa: los enemigos son el terrorismo y sus poderosos padrinos, no la pluralidad etnocultural propia de la civilización global emergente. Y al terrorismo no le venceremos renunciando a aquello que hizo a Occidente prosperar y liderar el progreso de nuestra especie: la Razón y la Libertad.


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