OPINIÓN

¿Estamos de vuelta?

Algo que llama poderosamente la atención en la política exterior española es su total y absoluto condicionamiento por los temores y clichés de origen doméstico. Así, por ejemplo, nos hemos alejado del resto de la comunidad internacional al convertirnos en el único país occidental que no ha reconocido la independencia kosovar.

José Manuel García-Margallo, junto  Artur Mas, durante un partido de fútbol.
José Manuel García-Margallo, junto Artur Mas, durante un partido de fútbol. EFE

A la vieja guardia del Partido Popular le puede el nacionalismo romántico. Los viejos conservadores, tras rendirse en el campo de batalla de la economía ante los socialdemócratas —asumiendo el noventa por ciento de sus tesis—, y tras ceder a regañadientes ante los liberales en las cuestiones morales, prácticamente ya están huérfanos de mitología fundacional a la que aferrarse. Pero, claro, si algo caracteriza al conservador es su psicodependencia de los mitos, que operan en él como un bálsamo protector frente a ese factor odioso que tanto les eriza el vello: el cambio. Si el conservador pudiera, prohibiría por decreto el cambio, así, en general. Pero como no puede, pues se agarra con fuerza a los más obsoletos clavos incandescentes, y entre ellos destaca el mito nacional.

Todo un lustro del PP en el Palacio de Santa Cruz no ha logrado recuperar ni una pizca de nuestra relevancia internacional, fuertemente erosionada primero por Aznar y después por Zapatero

El ex ministro García Margallo es un político democristiano —es decir, socialdemócrata en lo económico y conservador en lo demás— que caracteriza bien el sentir general del PP. Su paso por la cartera de Exteriores ha sido tan estéril y anodino como el de todos los ministros del ramo nombrados por ese partido. Parece que las cosas “de fuera” no son muy del agrado —ni del entendimiento— de nuestro PP. Tal vez por ello, el ministro se ha dedicado más a cuestiones domésticas, como el lío de la sucesión en Zarzuela o la patata caliente de Cataluña. A su sucesor en el cargo, Alfonso Dastis, se le escapó en la toma de posesión, entre los elogios de rigor al antecesor, la siguiente perla: “trabajaré para que España de verdad esté de vuelta”. De verdad. O sea, que todo un lustro del PP en el Palacio de Santa Cruz no ha logrado recuperar ni una pizca de nuestra relevancia internacional, fuertemente erosionada primero por el seguidismo de Aznar a la geopolítica de George W. Bush y después por la nefasta gestión de Rodríguez Zapatero, con la inútil Alianza de Civilizaciones como botón de muestra.

Algo que llama poderosamente la atención en la política exterior española es su total y absoluto condicionamiento por los temores y clichés de origen doméstico. Así, por ejemplo, nos hemos alejado del resto de la comunidad internacional al convertirnos en el único país occidental que no ha reconocido la independencia kosovar y alimenta la tesis delirante de Belgrado. Y todo por el posible paralelismo que alguien pudiera tal vez trazar respecto a cuestiones internas. Pero entonces, ¿cómo demonios pretende el PP que España recupere autoridad y prestigio en la comunidad internacional? Espero que Alfonso Dastis empiece por normalizar nuestra posición abriendo embajada en Prístina.

La idea de soberanía nacional e integridad territorial, tal como la hemos heredado del nacionalismo decimonónico, no puede seguir siendo axiomática

La idea de soberanía nacional e integridad territorial, tal como la hemos heredado del nacionalismo decimonónico, no puede seguir siendo axiomática. En la actualidad, una globalización económica, cultural y tecnológica irreversible y sin precedentes conlleva forzosamente, como mínimo, la relativización de esos conceptos y la evolución hacia un marco de soberanía colectiva mucho más líquido y adaptable a las circunstancias y, sobre todo, a la voluntad generalizada de las poblaciones. Naturalmente, los nacionalismos —tanto los satisfechos como los postulantes— rechazan esta visión y vinculan la soberanía al trasnochado mito nacional. Ambos tipos de nacionalismo son, en el fondo, colectivismo en estado puro, al negar a los individuos de hoy la potestad de organizarse políticamente como prefieran e imponerles, en cambio, estructuras basadas en el mito de la comunidad etnocultural, ya sean esas estructuras las actualmente vigentes o las que se propone instaurar en ejercicio de supuestos derechos históricos. La prueba del nueve es la posición incoherente de la gran mayoría de los independentistas contra la ulterior secesión de partes del territorio que consideran propio. Los libertarios, en cambio, no ponemos límites a estos procesos y desconfiamos de cuantos quieren impedirlos o imponerlos, y siempre circunscribirlos. Sabemos que a más Estados, menos Estado. Y cuanto menos Estado, mejor. Por ello reclamamos un replanteamiento que actualice el Derecho internacional —hoy sometido a los intereses de dos centenares de élites estatales— y establezca criterios y mecanismos sensatos, pacíficos y seguros para los procesos de unión y separación política.

Hoy el español medio, criado en democracia, se echa las manos a la cabeza ante la pretensión de incorporar forzosamente y disolver a una pequeña comunidad vecina

En este contexto, resulta casposo que el Partido Popular siga mareando a todo el mundo, dentro y sobre todo fuera de nuestras fronteras, con la dichosa cuestión gibraltareña. Este contencioso es un comodín de extrema utilidad para el gobierno, sobre todo cuando es del PP, ya que no tiene parangón como “arma de distracción masiva”. Así, en el fatídico verano de 2013, fue realmente de manual su uso para distraer la atención de la gente respecto a la presunta complicidad de Mariano Rajoy con Luis Bárcenas. Lo que no se suele entender cabalmente en España es el coste reputacional que nos obstinamos en pagar como país, pasando por anexionistas insensibles a la voluntad casi unánime de treinta mil personas. Lo que tampoco comprenden los políticos jurásicos como García Margallo es que el español medio de hoy, criado en democracia, se echa las manos a la cabeza ante la pretensión de incorporar forzosamente y disolver a una pequeña comunidad vecina y tricentenaria que podría convivir con nosotros igual que lo hace Andorra, o como San Marino y Mónaco lo hacen con Italia y Francia. En realidad, el peñón ya está descolonizado mediante los referendos de 2002 y 2006 y mediante su constitución actual, de manera que nuestra posición, década y media más tarde, es tan vestigial y absurda como la serbia respecto a Kosovo. Deberíamos replanteárnosla. Y dedicar nuestro esfuerzo a defender el interés análogo de ceutíes y melillenses en vez de perjudicar el de los gibraltareños. Dejar en paz definitivamente a un pequeño territorio vecino de apenas siete kilómetros cuadrados, firmando un tratado que reconozca su soberanía y salvaguarde nuestros intereses prácticos en la zona, sería un gesto de madurez que ayudaría a España, como dice Dastis, a “estar de vuelta de verdad”. Porque el arrogante nacionalismo romántico es muy mal consejero si de lo que se trata es de alcanzar el respeto de todos para tener una voz relevante en el concierto internacional.


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