Donald Trump ¿La prensa es el enemigo?

Los paralelismos entre Donald Trump y Richard Nixon crecen a diario. El encono del presidente actual contra los medios recuerda a su fallido antecesor, cuya frase “la prensa es el enemigo” ha pasado a la (peor) historia norteamericana.

El presidente electo de EEUU, Donald Trump.
El presidente electo de EEUU, Donald Trump. EFE/ALBIN LOHR-JONES

Una de las obsesiones de los antisemitas es el dominio judío de los medios de comunicación. Richard Nixon, que se refería a los judíos como una “inmoral pandilla de bastardos irreligiosos y ateos” percibía, como Franco, una etérea conspiración judía contra él. Y, por supuesto, los medios eran la pieza clave de esa conspiración. Preguntado sobre el control judío de la prensa, Nixon respondió que “aunque no puedo afirmarlo, creo en él”. Este presidente nefasto y fallido era hasta ahora el único inquilino reciente de la Casa Blanca que se había permitido la insolencia de atacar a la prensa. En 1972, cercado por el escándalo Watergate y por el clamor contra el esfuerzo bélico en Vietnam, Nixon pronunció una de las dos frases terribles por las que siempre se le recordará: “la prensa es el enemigo”. La otra frase la había dicho un año antes en televisión, cuando asestó al mundo el llamado Nixon Shock: “he decidido suspender temporalmente la convertibilidad del dólar en oro”.

Donald Trump se presenta como la encarnación del pueblo americano pero desoye deliberadamente las enseñanzas de los fundadores.

¿La prensa es el enemigo? Nunca lo habríamos imaginado, pero cuarenta y cinco años más tarde tenemos en la Casa Blanca a quien muchos consideran un nuevo Nixon. Estamos otra vez ante un POTUS en guerra con la prensa. Claro que hablar de “la prensa” como un todo es como hacerlo del “mercado”. A los colectivistas de cualquier color ideológico les encantan estas simplificaciones, que les permiten señalar, como un enemigo organizado, a lo que en realidad es un conjunto plural y descoordinado de miles o millones de agentes. No hay conspiraciones, ni judías ni de ninguna clase, sino una potente coalición espontánea de opiniones, cuya característica común es que no hay característica común: su heterogeneidad es tan grande como sorprendente es su confluencia puntual, excepcional, en torno a la alarma absolutamente comprensible que suscita Donald Trump.

Los Estados Unidos de América son un país excepcional, el primero que no se cimentó en la inercia etnocultural, en los mitos religiosos ni en la supuesta legitimidad divina de una dinastía, sino en un proyecto resultante de la razón y basado en la experiencia colonial y en la observación de los demás países. Por esa observación y por conocer bien la condición humana, los founding fathers estaban obsesionados con la separación de poderes y la limitación del gobierno. Durante más de dos siglos, los principios fundacionales vacunaron a los Estados Unidos contra los altísimos niveles de abuso de poder gubernamental que eran comunes en casi todo el resto del mundo. La prueba de fuego fue el auge de los totalitarismos hace un siglo: la terrible enfermedad que postró al Viejo Continente cursó al otro lado del Atlántico como un leve resfriado porque los cimientos ideológicos de la república norteamericana eran inquebrantables. Nadie habría imaginado a un equivalente de Stalin o de Hitler en el despacho oval.

¿Qué será lo siguiente? ¿Embridar a los medios imponiéndoles controles? O directamente, ¿nacionalizarlos?

Con sus luces y sus sombras, los Estados Unidos supieron ser el faro que alumbraba el camino hacia un futuro próspero, debido obviamente a un peso menor del Estado en la sociedad, en la cultura y en la economía. La estatua de la Libertad era el icono de un proyecto de sociedad abierta y mestiza que daba la bienvenida, como en el poema de Emma Lazarus grabado en su pedestal, a las gentes que, cansadas y empobrecidas, huían de otras tierras —“tierras de pomposidad cuentista”— para respirar por fin libres: “enviádmelos, que alzo el candil junto a la puerta de oro”.

Donald Trump se presenta como la encarnación del pueblo americano pero desoye deliberadamente las enseñanzas de los fundadores. Qué distancia astronómica va de una conocida frase de Jefferson a la que tuiteó Trump el viernes. La de Jefferson, citada millones de veces, afirma que “entre un país con gobierno y sin periódicos y uno con periódicos y sin gobierno, prefiero el segundo”. La de Trump señala a cinco de los principales medios de comunicación de su país, les acusa a gritos (mayúsculas) de mentir y les tacha de “enemigos del pueblo americano”. Pero el “pueblo americano”, como la “prensa” y el “mercado”, no es un todo sino una realidad plural y compleja. Erigirse en su portavoz único y atacar desde el sillón más poderoso del planeta a los medios que no le son favorables, es un comportamiento típico de dictadorzuelos tercermundistas, y resulta indigno del presidente de los Estados Unidos. 

América no va a recuperar su grandeza levantando fronteras al comercio ni a las personas: estaría perdiendo su misma esencia

Si Trump consigue convencer a buena parte de la población de que existe una sofisticada conspiración de casi todos los medios para engañar al “pueblo”, ¿qué será lo siguiente? ¿Embridar a los medios imponiéndoles controles? O directamente, ¿nacionalizarlos? Un político que admira a Benito Mussolini hasta el punto de citarle en público bien podría estar tentado de recorrer ese camino. 

Para “hacer grande a América otra vez” lo primero que Trump necesitaría es analizar qué hizo grande a América y cómo ha perdido la grandeza. Su país fue grande mientras siguió fiel al espíritu fundacional, y fue perdiendo grandeza durante las últimas seis o siete décadas, en las que las sucesivas administraciones demócratas y republicanas reforzaron el poder del Estado. América fue grande mientras fue la tierra de la Libertad, y dejó de serlo cuando quiso emular a la Europa-fortaleza, con su Estado del bienestar y sus muros de todo tipo. América fue grande mientras tuvo el mejor sistema de contrapoderes del mundo, y dejó de serlo a golpe de órdenes ejecutivas. América es grande porque sigue alumbrando personas honradas que filtran los desmanes de la casta estatal, desde Edward Snowden a Chelsea Manning, pero lo es un poco menos cuando el presidente del país, obseso del control de la información, se permite insultar públicamente a ésta última. América no va a recuperar su grandeza levantando fronteras al comercio ni a las personas: estaría perdiendo su misma esencia para convertirse en algo muy diferente de lo que siempre fue, algo contrario a lo que el mundo respetó y envidió, algo mucho más parecido a la Rusia amarga de Vladimir Putin.


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