La tribuna de Juan Pina

El post-PP

Hace poco más de veintisiete años tuvo lugar en Madrid el noveno congreso de Alianza Popular. Sus malos resultados electorales habían hecho que aumentara la contestación interna en el partido de Manuel Fraga, que hubo de asumir de nuevo la presidencia cedida poco antes a Antonio Hernández-Mancha. A los conservadores se les había metido en la cabeza que sólo tendrían oportunidades monopolizando todo el campo ideológico que, en su fatal arrogancia, consideraban automáticamente suyo. Ese campo se extendía desde la socialdemocracia moderada, limítrofe con el PSOE, hasta la zona inconfesable de la nostalgia por el régimen anterior. El congreso de refundación entronizó a José María Aznar como delfín declarado, con la misión de echar todos los cerrojos a la posibilidad, por remota que fuera, de que hubiera pluralidad de opciones políticas en lo que simplonamente se denominaba “el centroderecha”. Aquel congreso de refundación de AP fue también el que condenó a muerte a los partidos democristiano y liberal.

La ideología del nuevo PP era un refrito de corrientes de pensamiento distintas y en muchos aspectos incompatibles

Los conservadores se impusieron y obligaron a esas dos formaciones coaligadas a disolverse en el nuevo PP. Los democristianos del PDP lo aceptaron en general con resignación, ya que no eran demasiado diferentes y se veían con fuerzas para influir de verdad en el nuevo partido, y en parte fue así. Fueron pocos los políticos democristianos —entre ellos la combativa Pilar Salarrullana— que se salieron del PDP para no tener que unirse al PP. En la Internacional Demócrata Cristiana, los más puristas recibieron con recelo las noticias de España. En efecto, años más tarde el riquísimo PP entró, chequera en mano, a cambiarles hasta el nombre, concretamente por el de Internacional Demócrata de Centro. Esto ejemplifica la ambición pepera de “superar” (en realidad anular) las identidades ideológicas. La ideología del nuevo PP era un refrito de corrientes de pensamiento distintas y en muchos aspectos incompatibles, coaligables pero jamás fusionables en un solo partido. Y sin embargo esa fusión fría ha sido la línea oficial durante casi tres décadas tanto en España como en la proyección exterior del partido —exportándola por ejemplo a América Latina—. “Basta decir que se es del PP”, dijo una vez Soraya Sáenz de Santamaría, con mohín de asco, cuando le preguntaron sobre la ideología de los populares.

El otro partido que hubo de tragar con una absorción inmisericorde en enero de 1989 fue el Partido Liberal. Estaba muy débil, sobre todo desde que, algún tiempo atrás, se viera traicionado por la conocida concejal madrileña Esperanza Aguirre que se pasó a la conservadora AP de Fraga. Aguirre habría podido tener una trayectoria realmente liberal, liderando incluso el PL desde la independencia de siglas y programa, pero prefirió unirse a los conservadores, donde percibía más opciones de hacer carrera. Es lamentable que haya pasado durante décadas por ser la custodia del liberalismo y la heredera del viejo PL en el partido refundado, cuando lo había abandonado antes contribuyendo a abocarlo a una penosa extinción. Al contrario que en las filas democristianas, en las liberales no gustó lo de dejarse absorber por el ex ministro de Gobernación de Franco. Algunos recordaban cómo Salvador de Madariaga se había pasado todo el franquismo en el exilio, donde fundó la Internacional Liberal. El secretario general y la mitad de los diputados se fueron al CDS, que acababa de incorporarse precisamente a la Internacional Liberal. La formación suarista no era liberal —ni siquiera bajo los descafeinados estándares continentales—, pero podía llegar a serlo y al menos no era el PP, esa simple AP remozada. Hasta la numeración de los congresos del PP, en lugar de reiniciarse, continuó nostálgicamente la de AP, hasta hoy.

La lógica ramplona del PP busca evitar la fragmentación del electorado pero desatiende la otra parte de la ecuación, porque impide después completar mayorías

Fraga y Aznar fracasaron al basar la estrategia en la avarienta ocupación total del “centroderecha”. Nunca comprendieron que, les gustara o no, España se había dotado de un sistema electoral pseudoproporcional —no mayoritario— y parlamentarista a cada nivel territorial —no presidencialista—. La lógica ramplona que aplicaron era evitar la fragmentación del electorado que entendían acumulable bajo siglas únicas. Pero faltaba la otra parte de la ecuación, porque aplastar toda formación política cercana —por ejemplo hundiendo y fagocitando el CDS— impediría después completar mayorías. El PP se condenó a necesitar siempre una difícil mayoría absoluta en casi todas partes, o aguantarse en la oposición por mucho que fuera la mayor minoría, cosa totalmente irrelevante salvo para el pataleo mediático. Génova se las ha arreglado para ahogar durante veintisiete años cualquier conato de partido, no ya liberal, sino nutrido por cualquiera de las otras familias ideológicas de las que se apropió para disolverlas y fundirlas en su monstruo de Frankenstein ideológico. Pero todo tiene su tiempo, y más en política. El ciclo iniciado con aquel congreso de 1989 está en sus últimos segundos de vida. Lo que Fraga diseñó y Aznar gestionó, Rajoy lo ha quebrado. O, para ser más justos, lo han terminado por hundir entre todos mientras Rajoy leía el Marca.

Acosado por la corrupción extrema, el PP tiene que acometer un proceso de catarsis ética, pero también de reconsideración política total y absoluta. Habrá de hacerlo mientras pasa el mono de BOE y presupuesto y mientras afronta un alto riesgo penal de infinidad de sus dirigentes y la posibilidad de ser disuelto judicialmente. No es improbable que acabe diezmado, como la UCD. Si quienes tomen las riendas tienen algo de sentido común, tal vez comprendan que la estrategia de las últimas tres décadas no concuerda con los tiempos que corren en España y en el mundo. Bajo nuevas siglas —el mismo destino de Convergència— y con caras totalmente nuevas, el post-PP necesitará una refundación política opuesta a la anterior. Hacia dentro, necesitará reorganizarse para dejar de ser una jerarquía cuartelera. Hacia fuera, abrirse con empatía a la colaboración leal y respetuosa, a las alianzas para sumar en vez de absorber, a la pluralidad real del campo no socialista. Al diálogo y a la diversidad, en suma: eso que a la izquierda le sale tan bien —para nuestro infortunio— pero que la avasalladora prepotencia del PP siempre impidió.


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