La tribuna de Juan Pina

¿Un país libre?

Llevamos demasiado tiempo instalados en una peligrosa autocomplacencia, producto sobre todo del espejismo interesado que se nos proyecta desde la Transición. El mito oficial sostiene que hace unas décadas, junto al recuerdo de la dictadura, dejamos atrás también la falta de libertad personal y económica. Se nos ha enseñado que, capitaneada por un rey joven y campechano que caía bien al mundo, España pasó de golpe a ser la reina de la fiesta internacional, convirtiéndose en un país ejemplar incluso en cuanto a nuestras instituciones. La España nueva estaba de moda, exportaba cultura, organizaba olimpiadas y entraba en las estructuras europeas por la puerta grande. De pronto éramos ricos y pasamos de la emigración a la inmigración en un santiamén. España era una de las tierras más fértiles para hacer negocios. Cediendo, como buenos latinos, a la tentación de la hipérbole, hubo quien llamó a todo aquello “el milagro español”, recordando al alemán. Para cuando la Puerta del Sol se nos llenó “espontáneamente” de antisistemas en 2011, hacía ya mucho tiempo que toda esa quimera se había desvanecido. En lo económico, la prosperidad había sido ficticia, pues se basó en las transferencias europeas, inmensas pero no eternas, y en un endeudamiento salvaje a costa de las futuras generaciones. Y en lo tocante a nuestras instituciones, en realidad dejaban mucho que desear. Hoy, despiertos ya de aquellas ensoñaciones, ¿dónde estamos, en relación con el resto de la humanidad y en comparación con los países que tomamos como modelos?

Desde 2010 España ha perdido dieciséis puestos en el Índice de Libertad Humana, quedando por detrás de todos los países que solemos considerar homologables

Los sucesivos índices internacionales nos ponen en nuestro sitio una y otra vez. Desde los que miden el desempeño del sistema educativo hasta los que catalogan la libertad económica, todos nos dan aprobados bastante raspados. Estamos en el pelotón de cabeza del mundo, claro, porque el mundo es muy grande y diverso, y hay muchas realidades peores. Pero estamos al final de ese pelotón, casi en la zona de intersección con países emergentes que nunca habríamos considerado equiparables al nuestro. Acaba de salir el Índice de Libertad Humana, y es un nuevo jarro de agua fría, devastador para nuestra maltrecha marca-país. No sacamos ni un ocho sobre diez, y ocupamos el puesto 37, nada menos. Casi todos los países desarrollados que forman parte de la OCDE están por delante de nosotros en este ranking de libertad, que contempla tanto la personal como la económica. España se sitúa por detrás de países como Chipre, Uruguay, Eslovaquia, Mauricio, Chile o Rumanía. Nuestra nota casi empata con la de Costa Rica o Montenegro, y sólo supera por unas décimas a Surinam o Mongolia. ¿Menos mal que nos queda Portugal? Pues no, el país vecino está doce puestos por delante de nosotros.

Entre los factores que lastran nuestra puntuación destaca claramente la mala calidad de nuestra Justicia, o, para ser más precisos, su poca independencia. La seguridad jurídica es crucial para la libertad tanto personal como económica, y su pobre desempeño en España lleva sin duda a muchos inversores a colocar sus fondos en otros lugares. Nuestra justicia civil obtiene un lamentable 6,2 sobre diez, el mismo resultado que Jordania. La penal cosecha la misma calificación, que nos sitúa dos décimas por debajo de Botswana.

Ante semejante bochorno en materia de libertades civiles, a nuestro gobierno del PP no se le ocurra más que promulgar una ley mordaza

Otro elemento sobre el que conviene reflexionar es la “autonomía de las organizaciones”, es decir, la independencia de cualquier empresa o asociación privada frente a la intromisión estatal o las presiones políticas. Nuestra nota, aunque supera los ocho puntos, es una de las más bajas de nuestro entorno europeo y norteamericano, donde prácticamente todos los países que consideramos como homólogos del nuestro obtienen un diez. Llama la atención igualmente el mal dato en materia de libertad de información y expresión, donde empatamos con Italia y, de los cuarenta primeros países del ranking, sólo logramos superar por los pelos a Rumanía y Corea del Sur. Dentro de esta área del índice, nuestro peor dato es el de presiones y controles políticos sobre el contenido de los medios. En este indicador empatamos con Guyana y estamos medio punto por debajo de Namibia. Todo nuestro entorno saca más de un nueve, o como poco un ocho alto, mientras España se conforma con un vergonzoso 6,5. Es increíble que, ante semejante bochorno en materia de libertades civiles, a nuestro gobierno del PP no se le ocurra más que promulgar una ley mordaza. Pero, ¿al menos estamos mejor en la parte de libertad económica? Pues no, en ese subíndice bajamos hasta el puesto cincuenta y uno.

Está surgiendo un pequeño país nuevo que nace como refugio frente al estatismo imperante en casi todo el globo: la República Libre de Liberland

Lo más preocupante es la tendencia. En el ranking anterior de Libertad Humana estábamos cinco puestos más arriba, y hasta superábamos ligeramente a alguno de los países que percibimos como homologables, como era el caso de Francia, Japón o Italia. Ahora nos superan todos ellos. Desde 2010 hemos perdido dieciséis puestos y cuatro décimas en el índice general. En libertad económica retrocedemos unas pocas centésimas, pero en libertad personal hemos perdido la friolera de 0,61 puntos. Cuando salgan los datos de la siguiente edición, que contemplarán ya los efectos del montorato y de la fiebre controladora del PP en materia de libertades públicas, seguro que en Génova descorcharán el champán (el cava catalán no les gusta mucho últimamente) porque habrán logrado sacarnos de la funesta minoría de países libres para irnos acercando a China, con cuyo partido único y totalitario ya tuvieron el cuajo de firmar un infame acuerdo de colaboración hace un par de años.

En fin, mientras nuestros políticos se empeñan en hacernos caminar hacia la servidumbre, a dos horas de avión está surgiendo un pequeño país nuevo que nace precisamente como refugio frente al estatismo imperante en casi todo el globo. Se trata de la República Libre de Liberland, y su Presidente, Vít Jedlička, nos visita esta semana en Madrid. Todavía no sale en los rankings de Libertad humana, pero no me cabe duda de que los va a encabezar. Aún hay esperanza.


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