OPINIÓN

No nos olvidemos de Cuba

Trump no ha variado la posición claudicante de Obama sobre Cuba, y Putin vuelve a influir en La Habana al suplir el petróleo venezolano. Mientras, el régimen comunista detuvo la semana pasada a varios activistas del incipiente y clandestino Partido Libertario de la isla.

No nos olvidemos de Cuba.
No nos olvidemos de Cuba. EFE

¿Nos estamos olvidando de Cuba, ahora que Venezuela llena los titulares? Pues parece que sí, parece que el deshielo indigno que indujo Barack Obama y que mantiene Donald Trump está funcionando. La primera exportación directa, formal, con sellos de aduana y todo, va a ser el carbón vegetal de marabú. Los estadounidenses podrán calentar este verano sus barbacoas con el trabajo prácticamente esclavo de los cubanos.

Ni nuestra crecida izquierda radical ni su expresión televisiva, La Sexta, protestan jamás por las condiciones de trabajo de los cubanos, ni por la apropiación de sus plusvalías por el régimen, ni por el enorme diferencial entre lo que pagan por su trabajo las empresas extranjeras que operan en la isla y lo que ellos cobran. La mirada selectiva de nuestros izquierdistas está calibrada para detectar la paja en el ojo ajeno, que le sirve para vociferar contra el capitalismo e injuriar a nuestras empresas textiles, por ejemplo, pero pasa de largo ante los abusos de los regímenes comunistas contra sus trabajadores, ya sea en Cuba, Venezuela, Vietnam o Corea del Norte.

Cinco décadas sosteniéndose la mirada concluyeron con el parpadeo de la superpotencia solitaria, cada vez menos superpotencia y más solitaria

El control total de precios, salarios y empleos por parte del Estado convierte a millones de ciudadanos cubanos en súbditos de una nomenklatura feliz que ha visto prolongado sine die su reinado por la fatiga y la desidia de Washington. No hay deshielo, sino una claudicación gratuita, incondicional, casi medio siglo más tarde. Cinco décadas sosteniéndose la mirada han concluido con el parpadeo de la superpotencia solitaria —cada vez menos superpotencia y más solitaria, como confirma la llegada de Trump a la Casa Blanca—. Los Estados Unidos se repliegan ahora sobre sí mismos descuidando cuanto sucede más allá de sus fronteras y de las apenas noventa y tres millas que les separan de Cuba, y se dedican en cambio a señalar el crimen nefando que cometen los alemanes al vender coches a los norteamericanos. ¿Qué se habrán creído esos teutones? Se van a enterar. 

En eso debe de consistir lo de “hacer a América grande otra vez”, en hacerla autárquica en plena globalización económica, y ajena a los problemas del mundo como si América fuera un exoplaneta que nos mirase con un telescopio, encogiéndose de hombros como quien contempla una rareza que no le afecta. Trump ni comprende ni respeta lo exterior ni el papel de su país en el mundo. De la seguridad y la estabilidad internacionales, de las cosas esas de la geopolítica y tal… de todo eso que se ocupe Vlad. Ah, y que lo pague él, quizá a medias con… ¿cómo se llamaba el mexicano? ¿Covfefe? Ah, no, Peña Nieto, eso es. Que lo paguen ellos, que yo necesito hasta el último céntimo de mis contribuyentes para poner fábricas grandotas en los Estados Unidos, aunque los productos terminen costando el triple. Así haré felices a los empresaurios de setenta tacos, mis colegas, la nueva gerontocracia made in USA. Si es que somos el colmo de lo moderno.

El Partido Libertario cubano lleva unos meses funcionando y ya ha tenido que soportar el látigo brutal de la dictadura comunista, que el miércoles detuvo a cinco dirigentes

Cierto es que el resto del mundo occidental, empezando por Europa, se había malacostumbrado a que el hermano mayor estadounidense se ocupara de la seguridad y encima la pagara. Pero en política —y más aún en geopolítica— no hay vacíos de poder, por desgracia. Por eso es tan complicado, y a la vez tan necesario, desmontar con sumo cuidado el poder político: porque cuando se libera bruscamente un espacio aparece de inmediato alguien que lo llena, y encima suele ser peor el remedio que la enfermedad. Ahora el remedio Vlad se está prodigando en posicionamientos sobre cuestiones internacionales bien alejadas de la teórica esfera de influencia rusa, por ejemplo para equiparar al régimen y a la oposición de Venezuela, blanqueando así al tirano Nicolás Maduro. O para acudir en auxilio de Raúl Castro y asegurarle el petróleo que Venezuela ya no puede suministrar. Estados Unidos se retira y deja libre la arena internacional para que Vlad construya una hegemonía alternativa, la de una Rusia a la que le da igual ocho que ochenta: apoya a la extrema derecha europea, a los comunistas latinoamericanos, al régimen de Kim Jong-un, al sangriento genocida Assad, a los ayatolás, a cualquiera que ataque el sistema occidental derivado de la Ilustración. Después, cuando afiance su poder, ya unificará criterios ideológicos en torno a Aleksandr Dugin. Mientras tanto, Donald a por uvas. O no, porque quizá fue esto lo que apalabró con Vlad en campaña.

Millones de cubanos se jugaron la vida por llegar a los Estados Unidos, y muchos millones más se han pasado la vida entera soñando con el cambio y percibiendo a Washington como un factor de esperanza, aunque cada vez más remota. Esa esperanza ya no sirve, pero hay otras. Los cubanos son más conscientes que nunca de lo que sucede en el mundo, incluido el avance del libertarismo. En 1999 pude conocer en La Habana a los dirigentes de los partidos clandestinos de entonces, incluyendo dos socialdemócratas y uno liberal cuyo líder terminó exiliado. Casi dos décadas después, el libertarismo, que se está extendiendo por todo el planeta, ha llegado también a Cuba.

Mientras Trump mira para otro lado, los libertarios miramos con tanta angustia como respeto y admiración al incipiente libertarismo cubano

El Partido Libertario Cubano José Martí, presidido por Caridad Ramírez, lleva apenas unos meses funcionando y ya ha tenido que soportar el látigo brutal de la dictadura comunista. El miércoles pasado, la presidenta y otros cuatro dirigentes —Nelson Rodríguez, Heriberto Pons, Miguel López y Eduardo Ramos— fueron detenidos y dispersados en varias dependencias policiales. Liberados el viernes tras sufrir las correspondientes palizas y robos, el régimen les abandonó descalzos a treinta kilómetros de la capital. La detención se debe al ruido derivado de la huelga de hambre de Nelson y Miguel en protesta por el encarcelamiento de dos militantes, Ubaldo Herrera y Manuel Velázquez, desde el 2 de febrero. El fiscal pide para ellos siete años de cárcel. ¿Delito? Pertenencia a partidos ilegales. Mientras Trump mira para otro lado, porque resulta que ahora su enemigo es la Volkswagen, los libertarios miramos con tanta angustia como respeto y admiración al incipiente y clandestino libertarismo cubano.


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