La tribuna de Juan Pina

Una ola de libertad

Este domingo, los electores están llamados a las urnas por segunda vez en medio año, y es probable que no sea sino el preludio de una tercera cita cuando vuelvan las lluvias. El empate técnico parece a estas alturas tan irreversible como lo es el empecinamiento de los cuatro grandes partidos en sus respectivos vetos y apriorismos, siempre bajo la sombra larga del problema catalán, apenas nombrado en voz baja y tocando madera. Yo no quiero que me pongan a cuatrocientos kilómetros de mi casa una Corea del Norte regentada por Anna Gabriel y sus tribus, pero si me pusieran una Suiza o un Luxemburgo, pues, oiga, a lo mejor hasta me voy a vivir allí o, como mínimo, me parecerá útil para que los de aquí tengan que refrenar sus ímpetus estatistas. Lo malo tanto del separatismo como del unionismo no es ni la separación ni la unión, ambas irrelevantes en un mundo felizmente globalizado donde los Estados deberían pintar muy poco: lo malo es en ambos casos la imposición abyecta de obsoletos sentimentalismos nacionales, es decir, de uno u otro mito colectivista y de toda su ingeniería social y cultural, con la consiguiente pérdida de la libertad individual, que es lo único que realmente importa.

En esta Europa nuestra no hay un solo nacionalismo que no sea ya de Estado o que no aspire a serlo tan pronto conquiste el poder

Poco antes de la votación del domingo, habremos conocido los resultados del referéndum británico y sabremos entonces si los ingleses, galeses y norirlandeses siguen en la Unión o se salen empujando a los escoceses a la independencia y a Bruselas a una profunda refundación para regresar a lo que nunca debió dejar de ser: un mercado común y un espacio de libertades civiles, y nada más. Como libertario, tiendo a simpatizar con los inconformistas disruptivos que se niegan a dar por sentado un orden impuesto por la inercia y por los intereses del establishment, así que no me duele nada que Gran Bretaña se salga de Europa ni que Escocia se salga de Gran Bretaña, ni que las Shetland se salgan de Escocia. El derecho de asociación y desasociación política, como acertadamente lo denomina Juan Ramón Rallo, es inherente a la libertad de los individuos. Las comunidades que estos decidan formar son producto de su voluntad libre, que está por encima de cualquier otra consideración. Esgrimir a estas alturas que la nación (española, catalana o la que sea) está por encima del individuo es una aberración merecedora de la mayor resistencia. Comparto la visión del profesor Huerta de Soto respecto a una Europa compuesta por cientos de unidades políticas pequeñas en libre competencia, y creo que, si malo es el nacionalismo, peor es el nacionalismo de Estado, y en esta Europa nuestra no hay un solo nacionalismo que no sea ya de Estado o que no aspire a serlo tan pronto conquiste el poder.

Es un despropósito que todo el lío de los pactos gire, en el fondo y entre dientes, alrededor del dichoso asunto catalán, que ha sido gestionado de una manera nefasta por parte de todos. Si se hubiera seguido una hoja de ruta como la de Cameron en Escocia, seguramente se habría despejado de una u otra manera un problema que lo carcome todo. Pero, claro, era imposible pedir esa altura de miras y esa capacidad estratégica a Mariano Rajoy, mucho más dado a dejar que las situaciones se pudran. Hoy urge encapsular el tema catalán para evitar que siga afectando al escenario político español posterior al 26-J. En lo que tenemos que estar ahora no es en si se va Cataluña, sino en si viene el comunismo. Lo que nos estamos jugando es un proceso de involución que puede conducirnos a Grecia o más allá en muy pocos años. La cuestión es cómo evitamos desde ya un gobierno monocolor de la extrema izquierda en el medio plazo, y creo que la única fórmula posible (aunque enormemente arriesgada, sin duda) es la integración controlada de Podemos en una coalición amplia con Ciudadanos y PSOE, porque de lo contrario le estaremos regalando el trono de Jefe de la Oposición a Pablo Iglesias, y de ahí a La Moncloa van tres telediarios. Que le pregunten a Tsipras. Más vale que los podemitas estén ocupados en malgestionar y en corromperse, perdiendo apoyo popular hasta regresar a su cota natural de voto, y no tomando la calle para hacerle un quinceeme generalizado a un gobierno de frágil y compleja concertación anti-ellos.

La contrapolítica libertaria es una opción diferente para este domingo, radicalmente alternativa a la peor casta de todas: la casta del Estado

Sea como sea, hay esperanza y —como es habitual— nos llega de fuera. El auge imparable del libertarismo en los Estados Unidos ya sitúa al ex gobernador Gary Johnson como la alternativa al conjunto del sistema anquilosado y putrefacto de Capitol Hill. La América joven y tecnológica de hoy mira con hastío y desconfianza a Hillary Clinton, y con estupefacción y temor a Donald Trump. El socio español de Johnson, el Partido Libertario, es aún pequeño pero a cada nueva elección consigue concurrir en más provincias y ampliar su base social. Muchos liberales y libertarios españoles son conscientes de que no está en sus manos, este domingo, alterar el empate de los grandes partidos colectivistas, pero sí fortalecer al único decididamente anticolectivista para que les plante cara, para que siga diciendo las verdades del barquero y haciendo campaña constante por la libertad. Y para que siga preparándose para aprovechar la ola de libertarismo que, desde Norteamérica, va a llegar inexorablemente a las costas europeas en los próximos años. La contrapolítica libertaria es una opción diferente para este domingo, radicalmente alternativa a la peor casta de todas, a la casta que comparten, en ejercicio o en aspiración, los cuatro partidos mayoritarios: la casta del Estado.


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