La tribuna de Juan Pina

Las siete llaves

Al visitar por primera vez la Casa de la Vall, el parlamento andorrano, hay dos cosas que llaman la atención. La primera no pasa de ser una anécdota curiosa: las dos vacas del viejo escudo de piedra situado sobre la puerta ofrecen sus orondos traseros a la mitra episcopal, en un maravilloso acto de rebeldía bovina frente al poder establecido. Por desgracia, el escudo oficial del Principado fue “corregido” posteriormente girando las vacas, y sólo en ese relieve pueden contemplarse en su posición original. La segunda cosa que llama la atención tiene mucha más profundidad y enjundia, y da pie a una reflexión sobre el alcance y la vigencia de la representación política en nuestro tiempo. La vetusta casona contiene un armario con siete cerrojos, y en él se guardó durante siglos cada ley aprobada por esta asamblea legislativa, una de las más antiguas del mundo. ¿Por qué siete? Para asegurarse de que no se pudieran cambiar las leyes sin que estuvieran presentes los parlamentarios de las siete parroquias (provincias) andorranas. El edificio disponía incluso de un austero cuartucho donde podían pernoctar los representantes de las más alejadas si algún alud hacía impracticable el camino de regreso, porque el cuórum del cien por ciento de los territorios representados era ineludible. O estaban todos o el Arxiu de les Set Claus permanecía cerrado y el statu quo legislativo se mantenía inalterado.

La designación de representantes de la sociedad para legislar, formar gobierno o controlarlo corresponde a la lógica de la escasez, propia de la era predigital

Este ejemplo pirenaico ilustra la importancia que las sociedades humanas han concedido hasta ahora a una función de intermediación que, como tantas otras, bien podría estar llamada a extinguirse en esta nueva era tecnológica: la representación política. La designación de representantes de la sociedad para legislar, formar gobierno o controlarlo corresponde a la lógica de la escasez, propia de la era predigital. Ya se elijan de forma unitaria o por distritos electorales, los representantes reciben un mandato amplísimo que, durante un cuatrienio, les permite en la práctica desentenderse por completo de la voluntad de sus representados. Se puede discutir durante horas sobre sistemas electorales, y cada uno de nosotros tendrá sin duda un modelo ideal, pero la cuestión ya no es mejorar la obediencia del representante a su representado, sino reconsiderar la vigencia de la propia función representativa.

La revolución de las TIC está acabando con infinidad de intermediarios que vivían de ocupar un nivel en la pirámide hiperjerarquizada de la vieja economía y de la vieja cultura. Si algo caracteriza nuestro tiempo es la eliminación de nodos que antes eran de paso obligado, y cuyos gestores se lucraban con la administración de esos cuellos de botella ineludibles. La discográfica, el videoclub o la agencia de viajes son algunos ejemplos de intermediarios en extinción u obligados a un replanteamiento total. ¿Lo son también los diputados y los partidos?

El mayor problema de toda representación es el riesgo de inversión de la polaridad, es decir, que el representante adquiera demasiada fuerza y en lugar de cumplir el mandato del representado persiga su propio interés. Con frecuencia vemos problemas de abuso de representación en administradores de empresas, en algunos letrados respecto a sus clientes, o en cualquier apoderado respecto a quien le concedió poderes amplios. En política se extreman todas estas situaciones de empoderamiento excesivo del intermediario, del representante, con el consiguiente sometimiento de su teórico jefe, el representado. Y eso pone al descubierto las vergüenzas del sistema, la pantomima de unas democracias actuales que ni siquiera pueden llamarse así. Son innumerables los mecanismos que los intermediarios políticos han habilitado para invertir la polaridad, desde las trabas absurdas del sistema electoral hasta la partitocracia. La política está tan desprestigiada porque la gente intuye que gran parte de lo que en ella sucede no es necesario y sólo sirve a sus beneficiarios directos, que obtienen grandes privilegios legales e importantes oportunidades de cohecho: cuando los políticos son los que deciden qué se compra y qué se vende, lo primero que se compra y se vende son políticos.

Los medios tecnológicos actuales permiten que podamos adoptar las grandes decisiones realmente importantes mediante sencillos procesos plebiscitarios. No corresponde al poder ejecutivo ejecutar lo que él quiera, ni lo que le ordenen los supuestos representantes que forman el parlamento, sino ejecutar la voluntad de la población, y ésta no tiene por qué soportar un pesado y complejo proceso parlamentario para decidir. Puede hacerlo de forma directa y telemática.

No es materia de decisión colectiva nada que las personas puedan decidir individualmente

Pero, por supuesto, esto genera un problema nuevo e importantísimo. Si se elimina intermediarios y la sociedad decide de forma directa, el nuevo riesgo es caer en la tiranía de las masas ciegas y volubles. La solución, obviamente, es circunscribir las decisiones políticas —y por tanto adoptables mediante procesos de codecisión que sin duda debemos simplificar y desintermediar—, al ámbito estrictamente colectivo. Y ese ámbito, en el tiempo actual y en el que se vislumbra en el horizonte, incluye muy pocas cosas. El criterio es sencillo: no es materia de decisión colectiva nada que las personas puedan decidir individualmente, cada cual en una dirección, coexistiendo y ejecutándose sin colisión sus diversas decisiones. Y la era tecnológica lo permite, ya que se basa en la abundancia de planes particulares divergentes que coexisten y que ocasionalmente interactúan, generando un rico orden espontáneo muy superior a cualquier plan organizado por la élite de los dinosaurios electos, de los intermediarios de la política, de los representantes.

En la Andorra de hace varios siglos era crucial para los habitantes de un valle frecuentemente aislado que sus representantes pudieran llegar a la capital y convencer a sus pares del resto del país para que se adoptara tal o cual decisión que no podía tomar individualmente cada persona. Había que decidir con acierto un rumbo común, había que gestionar la escasez. Hoy cada ciudadano establece su rumbo, y la representación forzosa en política es, además de un mecanismo favorecedor del abuso de poder, un trasto viejo de museo, una curiosidad histórica similar al armario de las siete llaves.


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