OPINIÓN

La erosión de la democracia

En todo el mundo desarrollado, la reciente y gravísima recesión ha venido acompañada de una nueva vuelta de tuerca del estatismo socialdemócrata. Además de limitar nuestras libertades, ha erosionado incluso el propio sistema democrático tal como lo conocíamos.

La erosión de la democracia.
La erosión de la democracia. EFE

En todo el mundo desarrollado, durante las últimas décadas, la socialdemocracia generalizada y transpartita ha suplantado la vieja democracia liberal. Ésta era un sistema de gestión de las controversias y de adopción civilizada de las correspondientes decisiones comunales, colectivas. No era más, ni era menos. No era, desde luego, un sistema exento de problemas, pero tenía la virtud de generar consenso, brindando cauces de participación para expresar todas las tendencias y optar a la influencia sobre el resultado final, y respetando en gran medida el ámbito particular de cada individuo. Representaba, sin duda, un gran avance frente a los demás sistemas de gobernanza que las sociedades humanas habían ensayado hasta entonces, ya que en todos ellos la coerción era mayor y los derechos y libertades del individuo se veían conculcados de manera más feroz y con una frecuencia mayor.

La socialdemocracia actual consiste en la distorsión de la vieja democracia liberal para extenderla a áreas que, al no pertenecer al ámbito estrictamente colectivo, le son impropias

La socialdemocracia actual, la que conocemos desde la segunda posguerra mundial y tuvo su cénit en la Europa central y nórdica de los sesenta y setenta, consiste precisamente en la distorsión de la vieja democracia liberal para extenderla a áreas que, al no pertenecer al ámbito estrictamente colectivo, le son impropias. Vivimos desde el tercer cuarto del siglo pasado en una situación contradictoria. Por un lado, la evolución de las sociedades y de su cultura, al calor de un progreso tecnológico vertiginoso que se derrama sobre todos y cada uno de nosotros, tiende a la individualización de las decisiones y al conseguiente empoderamiento de cada persona, incluso “democratizando” (como se dice ahora, incurriendo en un importante error terminólogico) el acceso a bienes, servicios, procesos y decisiones que antaño sólo estaban al alcance de las élites. No es el Estado, sino el mercado, pese a sus formidables ataduras, el que va poniendo todo eso a disposición de cada vez más gente. Pero, por otro lado, el paradigma socialdemócrata ha llevado a las sociedades a aceptar como normal un crecimiento paulatino y sin final aparente del ámbito colectivo, que ha engordado el Estado hasta reventar todos los corsés que lo limitaban y que nos protegían de su proliferación.

El objetivo de la socialdemocracia no es una mayor democracia. No es el empoderamiento del individuo como partícipe en la toma de las decisiones comunes, sino el empoderamiento del colectivo y sus dirigentes, a expensas del individuo. Es un sistema oligárquico —podríamos llamarlo neoplutocrático— regentado por la élite político-funcionarial entremezclada con la aristocracia directiva (que no empresarial) de la gran empresa adicta al privilegio regulatorio. Esa casta parasita y regenta un inmenso aparato estatal, cuyo coste disparatado nos endeuda por generaciones y cuya limitación del ámbito privado y de su intimidad, así como de nuestras libertades particulares y de nuestro derecho a la propiedad y al producto de nuestra actividad ha llegado a ser asfixiante para muchos y empobrecedor para el conjunto. Sin libertad, no hay prosperidad.

Lejos de devolver a las personas sus decisiones y su dinero, la socialdemocracia refuerza en tiempos de crisis su control social, económico y hasta cultural, aumentando el alcance insidioso del Estado

En un artículo muy recomendable, Javier Benegas se preguntaba la semana pasada si somos hoy más o menos libres que antes de la gran recesión. La respuesta está a la vista. El último decenio nos ha deparado una nueva vuelta de tuerca de la socialdemocracia. Es un sistema que promete el cuerno de la abundancia y nos lleva a exigirlo como un derecho, como si fuera una parte de la democracia en sí, como si ésta no fuera un sistema de gestión de lo común sino de confiscación y reparto de lo particular. Las masas se suben a ese carro felices y esperanzadas, y sobrelegitiman a los gestores del sistema estatista durante la fase de falsa bonanza del ciclo económico. Esos gestores son los únicos beneficiarios reales de la metástasis estatal. Pero después, inevitablemente, viene la fase de crisis, es decir, el periodo de liquidación en el que las burbujas creadas durante la etapa anterior se desinflan o, directamente, revientan. Entonces las élites del régimen socialdemócrata, preocupadas por su propia supervivencia ante la protesta generalizada, nos presentan su cara más autoritaria.

Lejos de ceder poder, lejos de devolver a las personas sus decisiones y su dinero, la socialdemocracia refuerza en tiempos de crisis su control social, económico y hasta cultural, aumentando el poder y el alcance insidioso del Estado. La metaideología bonachona, buenista, maternal, de las épocas de vacas gordas, se transforma en una dura madrastra de los ciudadanos a los que tanto había prometido y tanto ha defraudado. No podía ser de otra manera, porque en realidad es un sistema fallido que sólo sobrevive endeudándose, obligando y prohibiendo. Y cuanto más lo regula todo y más rapiña la riqueza que la sociedad genera, más difícil se hace para el ciudadano común desenvolverse en un entorno social y económico de reducida y menguante libertad. Las medidas excepcionales y provisionales tomadas al calor de la crisis se tornarán generalmente permanentes, las alzas fiscales ya no se desharán, y el recorte de servicios y prestaciones se mantendrá mientras el aparato estatal será lo único que apenas haya soportado la crisis. La socialdemocracia es una perversa dictadura encubierta que lamina nuestra libertad y que, salvo a unos pocos y a la élite gestora, no le sale a cuenta a casi nadie.

La socialdemocracia, para sobrevivir, nos lleva a menos democracia. Hay menos capacidad ciudadana de influir en lo colectivo, y más capacidad estatal de constreñir lo particular

Pero esta recesión ha sido tan dura, la contestación ciudadana ha sido tan alta y las nuevas tecnologías de interacción directa han modificado tanto el juego comunicacional, que el estatismo se está rearmando incluso mediante la erosión del propio sistema político demócratico. La socialdemocracia, para sobrevivir, nos lleva a menos democracia. Hay menos capacidad ciudadana de influir en lo colectivo, y más capacidad estatal de constreñir lo particular. Por ello, analizar y comparar el grado de libertad electoral de los países pasa a ser una necesidad en este contexto. La democracia debe servir para asegurar la libertad personal, no para blindar al Estado frente al individuo. Y si no lo consigue, su validez como sistema de gobierno se desmorona. Precisamente hoy se presenta, a las seis y media de la tarde en el Centro Riojano (Serrano, 25, Madrid) el Índice Mundial de Libertad Electoral. Están todos invitados.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba