OPINIÓN

Contra la distopía

¿Estamos alejándonos o acercándonos a un escenario distópico de tiranía estatal y alienación del individuo? Hay dos tendencias enfrentadas, y de la rapidez con la que una de ellas se imponga sobre la otra va a depender el futuro de la libertad humana.

Contra la distopía.
Contra la distopía. Yvette de Wit

Las novelas distópicas más conocidas, desde el Mundo feliz de Aldous Huxley hasta el 1984 de George Orwell, denunciaron con espanto la deriva liberticida del siglo XX. La cinematografía ha continuado hasta hoy la senda de aquellos novelistas, y es recurrente su exhibición de mundos de pesadilla donde apenas queda rastro de libertad y la tiranía es el orden corriente. Una de las obras maestras del género fue Himno, de Ayn Rand. Comienza con el protagonista narrando en primera persona del plural, y la extrañeza inicial del lector se resuelve al descubrir que hasta la palabra “yo” está prohibida. Lo están también los nombres propios, y cada individuo se identifica mediante un número que le asigna el Estado. Aunque la obra de Rand es superior, ese recurso literario ya lo había empleado el primer gran novelista de la distopía, Yevgeny Zamyatin, en su novela seminal y precursora Nosotros. La alienación y la cosificación de los protagonistas de Himno y Nosotros pone los pelos de punta. Y sin embargo, una gran parte de los seres humanos buscan y promueven, conscientemente o no, un futuro así.

Lo siguiente en la agenda del Estado es el control total sobre cada individuo, y para ello no duda en recortar las libertades que había proclamado tan solemnemente

¿Estamos hoy alejándonos o acercándonos a la distopía? Sostengo que hay dos tendencias enfrentadas. Por un lado, la revolución de las tecnologías de la comunicación es un factor disruptivo que ha complicado las cosas a los ideológos del Estado máximo en cualquiera de sus múltiples versiones —incluida la más hipócrita, seductora y depurada, que es la desgastada socialdemocracia actual—. Gracias a la revolución tecnológica, el conocimiento y la información quedaron hace pocas décadas al alcance instantáneo de cualquiera. Luego, todos los individuos adquirieron por vez primera la capacidad de publicar y difundir ellos mismos, de forma sencilla y sin apenas costes. Después se generalizó el intercambio anónimo de archivos, desbaratando los planes de recentralizar la red. Y ahora el golpe definitivo al viejo orden puede ser la tecnología blockchain, cuya novedad es sustituir los nodos de poder estatal (incluyendo la banca central y la comercial) por la interacción directa y espontánea de millones. Por lo tanto, sí, las TIC tienden a empoderar al individuo, incluso si no lo busca.

Pero por otro lado, los Estados llevan muchas décadas —todo este periodo de relativa paz global y conflictos de baja intensidad— perfeccionando el control social, cultural y económico. El siguiente escenario en la agenda evolutiva del Estado es el control total sobre cada uno de los individuos, y para ello no duda en recortar las libertades que había proclamado tan solemnemente cuando sustituyó al Antiguo Régimen. El endgame es eliminarlas, y una de las estrategias más efectivas ha sido inventarse toda suerte de derechos de segunda y tercera generación. Así, por una parte, se ha relativizado el alcance de los verdaderos derechos de la persona —su libertad y el disfrute e intercambio de su propiedad— y, por otra, se justifica el liberticidio y la extorsión tributaria —que arrebata ya al ciudadano medio la mitad de la riqueza que produce—, presentada como una obligación cívica imprescindible para satisfacer todos esos nuevos derechos. 

En las distopías nadie emprende, todos sirven al Estado y éste les arroja un rancho igualitario. La renta básica y los complementos salariales nos encaminan a un futuro así

En las novelas distópicas rara vez aparece el dinero, por la sencilla razón de que se ha proscrito el intercambio entre los individuos y como mucho se limita al trueque clandestino. En el futuro inminente que están diseñando hoy las élites de poder, el dinero tal como lo conocemos —anónimo, al portador— es claramente una institución a eliminar, y el primer paso será acabar con la circulación de billetes, empezando por los de mayor denominación, para que hasta la compra de una barra de pan sea instantáneamente conocida y registrada por el Estado. Se habrá completado así la obra iniciada por las élites cuando se apropiaron de esa institución mediante el monopolio de la emisión y las leyes de curso monetario forzoso.

En las distopías del siglo XX y en sus secuelas actualizadas, los niños no son de sus padres. En algunas de ellas, se prohíbe la concepción libre y se han establecido planes de producción sistematizada y científica de bebés en función de las necesidades estatales. En nuestra realidad, voces como la de Anna Gabriel abogan por los niños comunales, “de la tribu”, pero hace ya más de un siglo que, con la excusa de la universalidad, los Estados se apropiaron de la enseñanza para moldear las sociedades conforme a sus diversos caprichos ideológicos.

Juega a nuestro favor la proverbial lentitud del paquidermo estatal, pero no podemos confiarnos porque se está poniendo las pilas

En las distopías, el Estado observa constantemente al individuo. En nuestra realidad, las telepantallas de Orwell provocan una triste sonrisa. Nunca hemos estado tan vigilados. Además de instalar millones de cámaras, los Estados intentan imponer leyes contra la encriptación, establecer firewalls de datos y propagar programas-espía. El fisco surfea las redes sociales en busca de riqueza no rapiñada aún. Mediante los sistemas de estacionamiento en la vía pública, las autoridades ya saben dónde está nuestro coche en cada momento. La telefonía móvil y la evolución de los DNI electrónicos, antena incluida, nos encaminan a la geolocalización permanente de cualquier unidad del stock de esta granja animal en la que nos están convirtiendo. Ya se habla de inyectar elementos de localización a los amnésicos o a los niños, siempre por su bien. Algún día, ¿a todos?

En las distopías nadie emprende nada, todos sirven al Estado y éste les arroja el correspondiente rancho igualitario. En nuestra realidad, la paulatina asunción de la renta básica y los complementos salariales por la derecha (tan colectivista y estatista como la izquierda) nos encamina a un futuro no muy diferente.

Las dos tendencias expuestas van a acelerarse. El desenlace de esta encrucijada histórica dependerá de cuál vaya más deprisa y se imponga a la otra. Juega a nuestro favor la proverbial lentitud del paquidermo estatal, pero no podemos confiarnos porque se está poniendo las pilas para truncar la reafirmación del individuo. Lo hace de manera discreta pero más ágil de lo que cabía esperar. Urge fortalecer todas las formas desintermediadas de interacción entre individuos, al margen del Estado. De lo contrario, la distopía será ineludible.


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