OPINIÓN

No habrá cien días para Trump

El recién investido presidente Trump responde en realidad, como todos los mal llamados “antisistemas” de uno u otro signo, precisamente al interés del propio sistema estatista. Su inquietante conexión con Putin impide darle los acostumbrados cien días de gracia.

Donald Trump, durante un mitin electoral.
Donald Trump, durante un mitin electoral. EFE

Para renovarse y no morir, el estatismo está recurriendo a movimientos e individuos que hasta hace poco se tachaba de antisistema pero que —por si alguien sigue sin darse cuenta— forman ya parte del sistema, y parte dirigente. En realidad siempre fueron pro sistema, es decir, pro Estado. De hecho, lo son más que nadie. Unos presentan una estética “de izquierdas” y otros “de derechas”, pero las estéticas no importan. Su característica común es una fuerte determinación estatista. Es normal que se produzcan ocasionalmente guiños curiosos entre ellos, como las palabras cálidas de Marine Le Pen hacia Syriza o Podemos. La nueva izquierda “antisistema” y la nueva derecha “antisistema” son dos variantes del mismo modelo, que, lejos de ser antisistema, existe para darle al sistema una fuerte vuelta de tuerca y atornillar aún más su poder sobre los individuos, su expolio tributario, su hiperregulación y —esto es lo más inquietante— su ingeniería social y su dirigismo cultural.

Lo “antisistema” en realidad refuerza el sistema estatista, atornillando aún más su poder sobre los individuos, su expolio tributario, su hiperregulación, su ingeniería social y su dirigismo cultural

Como ya avisamos algunos, la vieja escala izquierda-derecha está muerta y enterrada, y la nueva dicotomía política es la que confronta al estatismo con el individualismo. El primero es ampliamente mayoritario y transversal tanto a las viejas identidades políticas como, especialmente, a estos nuevos movimientos. El segundo está representado apenas por la minoría libertaria, por los escasos liberales evolucionados que rechazan de verdad el marco socialdemócrata, por los anarcocapitalistas y por los minarquistas auténticos, como los que se inspiran en el objetivismo. Y por millones de personas que sin reclamar etiqueta ideológica alguna, simplemente intuyen que sobra Estado, control y autoridad, y que falta responsabilidad, espontaneidad y libertad.

El nuevo presidente de los Estados Unidos de América, recién investido, es uno de los arietes de la recentralización, la renacionalización y la rejerarquización sociales, culturales y económicas. Decir que su discurso del viernes se asemejó a las viejas proclamas del fascismo de hace noventa años no es insultar ni tergiversar, es simplemente describir. Y detrás de él hay una legión de ingenieros sociales dispuestos a usar el poder estatal y la riqueza de todos para inducir los valores, creencias y comportamientos que ellos prefieren. La culpa de que personajes como Trump hayan cosechado tanto apoyo popular la tiene la socialdemocracia transpartita, ya agotada y moribunda, la de los PP y PSOE de este mundo, la de quienes se autodenominan socialistas o socialdemócratas, o prefieren etiquetarse de conservadores y democristianos. Da igual, porque todos ellos son en realidad socialdemócratas. Esa es la metaideología de todo el mainstream occidental de 1945 para acá. Su marco económico era un despropósito porque se habían creído las fábulas de un vendedor de crecepelos llamado Keynes, y sus promesas sólo se cumplieron mientras lograron inflar burbujas para sacar de la chistera de prestidigitador una prosperidad que tan sólo era endeudamiento flagrante e irresponsable.

Trump es uno de los arietes de la recentralización, la renacionalización y la rejerarquización sociales, culturales y económicas, y detrás de él hay una legión de ingenieros sociales

Esa socialdemocracia generalizada que tanto daño nos hizo viva, resulta todavía más nociva en sus largos estertores finales, porque en lugar de ceder el paso a más libertad, a un orden más espontáneo y menos intervenido, está coadyuvando al advenimiento de los nuevos estatismos duros de uno u otro color. Casi se diría que es deliberado. ¿Casi? No, no me parece casual. Como las cúpulas del poder son conscientes de que la socialdemocracia ya es un trasto viejo e inservible, echan mano ahora de versiones aún peores del estatismo, excitando los más bajos instintos colectivistas de esta especie tan propensa al rebaño. Es lo que hizo una vez más Donald Trump el viernes, echando mano de los típicos agravios exteriores y soliviantando a los blue collar aristocrats de las fábricas sindicalizadas del Mid West y a los empresaurios jurásicos que representan lo menos dinámico de la economía americana, justo cuando casi todo ya es terciario y digital. Los estatistas recuperan las viejas ideologías, maquillándolas toscamente para que no parezcan tan liberticidas y para que su programa práctico no se perciba como lo que es: una copia actualizada de modelos cuyo recuerdo pone los pelos de punta. Y luego, colocan al frente de esos movimientos a un Lenin de opereta en España o a un Mussolini corporativo en Norteamérica. Lo que funcione mejor en cada lugar.

Trump y su sospechosa camaradería con Putin constituyen una amenaza a la libertad personal y ética. Y son también una amenaza para la libertad económica, al apostar por un falso capitalismo dirigido desde el poder político y cuya dimensión exterior la gestionarán los Estados retrocediendo a la época de los acuerdos bilaterales entre dirigentes, y desmantelando así los espacios de cierta libertad de comercio que habían llegado a articularse. Y en materia geopolítica, estamos probablemente ante el refuerzo de la palanca rusa sobre Europa y ante el peligro de un conflicto, esperemos que sólo comercial, entre Washington y Beijing. Realmente es lamentable que el país de Jefferson ponga trabas al comercio y sea ahora el régimen comunista chino quien las tenga que denunciar en Davos. Es el mundo al revés, representado también por la posición de Trump sobre Ucrania o por su amenaza de dificultar, en el país de la inmigración, el ejercicio del derecho humano inalienable a migrar.

Es lamentable que el país de Jefferson ponga trabas al comercio y sea ahora el régimen comunista chino quien las denuncie en Davos. Es el mundo al revés

Parece que Putin, ese alumno aventajado de Maquiavelo, “le ha hecho un Gorbachov” a los Estados Unidos. El ex kagebista convertido al conservadurismo místico y nacionalista, el látigo de periodistas y opositores, el artista del veneno radiactivo, el defraudador electoral en serie, el enemigo de la libertad sexual, el plusmarquista en velocidad de anexión, el aliado de los ayatolás y de los al-Assad, el capo de una Comunidad de Estados Independientes formada por regímenes tiránicos como el de Lukashenko en Bielorrusia, el chantajista del gas y del botón nuclear… resulta que tiene, como mínimo, “un fuerte ascendente” sobre el nuevo inquilino de la Avenida de Pensilvania, número 1600, ese que cita a Mussolini, ofende a las mujeres y les dice a las empresas dónde tienen que fabricar y con quién deben comerciar. ¿Cien días? Por mi parte, ni cien segundos para el hombre de Putin en la Casa Blanca.


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