La tribuna de Juan Pina

Zánganos, imbéciles, tiranos

En las instrucciones de una plancha te advierten seriamente, tal como exige la norma no sé cuántos, que ni se te ocurra planchar la ropa mientras la llevas puesta. En un paquete de nueces, en virtud de tal o cual decreto, te alertan de que ese envase… ¡podría contener nueces! En la piscina comunitaria de tu urbanización, las sabias y doctas ordenanzas municipales no te dejan bañarte, pese a ser adulto, más que durante el horario del socorrista obligatorio, aunque seas medallista olímpico de natación y puedas socorrerle tú a él. Pones la tele y te bombardean con campañas oficiales —que tú pagas— para que comas fruta, no pegues a tus familiares, te duches o sientas orgullo de pertenencia territorial. Circulas sin casco o cinturón de seguridad y el policía municipal te multa y te echa una bronca del quince, y si le replicas que tus riesgos son tuyos y que no los has extendido a ningún tercero, te mira como si fueras un extraterrestre. En los paquetes de tabaco, a instancias de los padres de la patria europea, disfrutas de una bonita colección de pulmones podridos y mensajes tétricos. En la publicidad de bebidas alcohólicas, como el sector se organizó mejor o mueve más pasta, sólo va un mensaje de la propia empresa diciéndote que bebas con moderación. En los baños masculinos de los bares de cierta comunidad autónoma encuentras pegatinas del gobierno regional indicando a los caballeros que, en aras de la salud pública, deben apuntar bien hacia el urinario.

La masa quiere desembarazarse de toda responsabilidad, y que el Poder cargue con ella. El Estado corre gustoso a cumplir sus deseos, despojando a la gente de su libertad

En fin, la lista sería interminable. El círculo es vicioso: la masa quiere desembarazarse de toda responsabilidad y pretende que el Poder cargue con ella y le exima de todo riesgo, incluyendo si fuera posible el de los meteoritos o las tormentas solares, y exige a los políticos que hagan realidad el sueño de la seguridad total. Y el Estado corre gustoso a cumplir sus deseos, despojando a la gente, a cambio, de su libertad. Al insidioso y omnipresente Estado-nodriza ya sólo le falta enviar a sus agentes a arroparnos por las noches, no sea que cojamos frío y hagamos gasto en sus hospitales.

La sabiduría popular tiene por cierto que uno debe protegerse de los malvados pero más aún de los imbéciles, porque al menos los primeros actúan con racionalidad en persecución de intereses comprensibles, y por lo tanto se puede trazar alguna estrategia al respecto. Los imbéciles, en cambio, constituyen con frecuencia un peligro mayor porque su conducta no obedece a intereses objetivos sino a los temores y a los mitos que la élite estatal cultiva en ellos con evidente éxito para quitarles sus decisiones, así como la mayor parte del producto de su esfuerzo y, si tal cosa hubiera, hasta su misma alma.

Los tres coautores del Manual del perfecto idiota latinoamericano y español ya señalaron hace un par de décadas los síntomas. Ahora tenemos un renovado diagnóstico y unas pertinentes indicaciones terapéuticas gracias al conocido periodista Carlos Prallong —ya es público que el pseudónimo C. P. Weiller es suyo—, quien ha publicado hace pocos meses La tiranía de los imbéciles. El libro ha cosechado rápidamente un gran éxito y se ha convertido en la lectura de este verano para los liberales y libertarios, porque denuncia de forma directa y amena —y en bastantes pasajes, divertidísima— cómo por culpa de la masa miedosa el Estado crece y crece hasta asfixiar al individuo, hasta acabar con los últimos vestigios del binomio inseparable libertad-responsabilidad. Prallong nos recuerda que el Estado ya cuenta con un entorno en el que se responsabiliza totalmente de la seguridad y del orden: las cárceles. Si fuera de ellas proliferan también, y a un ritmo vertiginoso, el control social, el orden obsesivo, la vigilancia paranoica y la sobreprotección a cualquier precio, porque así se le induce a exigirlo a la masa sin rostro, cobarde y perezosa, ¿no estaremos “acarcelando” el país —o el mundo entero, pues caminamos hacia la globalización plena—, y despersonalizando al individuo humano para convertirlo en un autómata o en un ser colectivizado, comparable a las abejas o las hormigas?

Los imbéciles están satisfechos, su tiranía estatal funciona: el mundo va pareciéndose cada día más a un presidio esférico, una organizada colmena donde ya no hace falta pensar

La Libertad está en retroceso. Circula por las redes sociales un meme en el que se ve a la famosa estatua neoyorquina postrada en una cama de hospital, moribunda. Hoy el Estado te dice exactamente qué conocimientos, mitos colectivistas incluidos, deberán aprender tus hijos, y que medicamentos debes inyectarles a lo largo del calendario médico qué él impone. El Estado se pemite indicarte qué alimentos, fármacos u otras sustancias puedes consumir y cuáles no. El Estado te obliga a utilizar su moneda sin respaldo. El Estado te roba (ya sea el actual o alguno que logre escindirse). El Estado se inmiscuye en tu vida y dicta normas y más normas hasta el absurdo actual —Prallong denuncia que ya en 2012 teníamos más de cien mil leyes en vigor—, y no contento con eso se permite incordiarte a todas horas con campañitas costosas y entrometidas. Los imbéciles están satisfechos, su tiranía estatal funciona: el mundo va pareciéndose cada día más al feliz presidio esférico con el que sueñan, a la organizadísima colmena donde ya no hace falta pensar —¿no pagamos al Gran Hermano para que piense por todos nosotros?— y donde, parafraseando a Lenin, cada zángano aportará según sus capacidades y recibirá según sus necesidades. Claro que ambas, capacidades y necesidades, las decidirá siempre el Estado, cuya bondadosa sonrisa socialdemócrata es la máscara que oculta la dictadura más perfecta ideada hasta la fecha.

O empezamos a rebelarnos, a sacudir de las solapas a los imbéciles para que reaccionen de una vez, a recuperar espacios de libertad, a frenar al enemigo y revertir su colonización de nuestra sagrada soberanía personal, o vamos derechitos al mundo-cárcel. Por ahora nuestra mayor aliada es la tecnología que empodera al individuo y reconfigura la red social profunda, haciéndola distribuida en lugar de descentralizada, e incompatible por tanto con la colmena a la que nos quieren condenar los zánganos, los imbéciles, los tiranos.


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