OPINIÓN

Contra Trump, Galt

Donald Trump es socialista: representa el llamado “socialismo de derechas”. Su proteccionismo extremo le llevó hace unos días a anunciar la salida del APEC. Merece que le salgan muchos John Galt en el empresariado estadounidense y desbaraten sus planes.

Donal Trump.
Donal Trump.

Donald Trump es socialista. Y concretamente, dentro del socialismo, es un ejemplar bastante acabado del “socialismo de derechas”. Coincide en esto con la presidenciable francesa Marine Le Pen, con el presidente ruso Vladimir Putin o con el primer ministro húngaro Viktor Orbán. Pese a las diferencias menores que pueda haber entre ellos, estos cuatro representantes del colectivismo nacionalista, tradicionalista, etnocéntrico y conservador, es decir, estos cuatro “socialistas de derechas” coinciden con los “socialistas de izquierdas” en lo principal: en su estatolatría o culto al Estado, en su convicción íntima de que el Estado debe jugar un papel determinante en nuestras vidas, en el devenir cultural, en la implantación de valores y en la organización de los mercados. Los cuatro creen en un Estado fuerte con unos gobernantes ungidos por la nación, esa obsoleta entelequia, ese subproducto del romanticismo del siglo XIX, mitificado y divinizado para beneficio del Estado y de la élite que lo regenta. Los cuatro se creen con derecho a erigirse en padres de esa nación para decirle a cada uno de sus súbditos cómo debe vivir. Los cuatro actualizan en el siglo XXI a personajes como Mussolini —el nuevo inquilino de la Casa Blanca hasta le cita abiertamente—, igual que Tsipras o Iglesias reviven en nuestro tiempo a Lenin. Los cuatro combinan socialismo no reconocido y nacionalismo ostentoso. Y ya sabemos por un tal Adolf Hitler lo que pasa cuando se fusiona nacionalismo y socialismo. No los comparo con aquel lunático, pero sus nociones básicas, desnudas, no son tan distantes.

La realidad y el empresariado deberían impedirle a Trump caer en el proteccionismo comercial, y ponerle en su sitio con tanta humillación como su arrogancia merece

Antes de que sea demasiado tarde, urge bajarle los humos a Trump y a todos los neoestatistas de cualquier color, o nos llevarán de vuelta al polvorín de hace noventa años, en el que dos terribles totalitarismos pelearon por hacerse con los Estados para someternos a todos. De nuestro lado está la ya inocultable insostenibilidad del hiperestado. Si insostenible es el hiperestado socialdemócrata, incapaz ya de cumplir sus promesas, con mayor motivo lo es también el hiperestado de estos nuevos “socialistas de todos los partidos”, en la certera expresión de Hayek. Este revival de los viejos autoritarismos aprovecha el descontento popular por el fracaso de la socialdemocracia generalizada y transpartita, la metaideología del mainstream en el Occidente actual. Pero las recetas de estos políticos supuestamente alternativos, ya ensayadas y fracasadas, colisionan con el rumbo que ha tomado la humanidad en estas últimas décadas, sobre todo gracias a una revolución tecnológica irreversible que empodera al individuo como nunca antes, y que contrasta con la idea de un Estado top-down, centralizador, autoritario, entrometido.

Trump se merece que le salga, no uno sino muchos John Galt, y que su apuesta por el proteccionismo económico se vea rápidamente desbaratada

Haciendo abstracción de los exabruptos constantes de Donald Trump —y enfriando el enfado que provocan las salvajadas hirientes de este búfalo desbocado, de este auténtico energúmeno—, hay cosas que no se le pueden consentir. La semana pasada se reunió en Lima la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés). Los países miembros a ambos lados del océano recalcaron su “compromiso de mantener nuestros mercados abiertos y luchar contra todas las formas de proteccionismo” y se comprometieron a “revertir las medidas proteccionistas y distorsionadoras del comercio, que frenan el progreso y la recuperación de la economía internacional”. Aunque todos sabemos que la grandilocuencia de estas declaraciones no tiene mucho recorrido, lo cierto es que APEC ha logrado generar un mercado relativamente abierto para tres mil millones de personas y el 57% del PIB mundial. Esto debe de molestar mucho a Trump, que al día siguiente de la cumbre anunció sin más —en plena transición entre presidencias, sin contar siquiera con la opinión de su futuro gabinete y recuperando el apasionado nacionalismo de su infame campaña electoral— nada menos que la baja de su país como miembro de APEC tan pronto como tome posesión en enero. Si llega a sentarse en el despacho oval —aunque remota, hay una posibilidad de que prosperen las iniciativas de recuento de votos en Michigan, Pensilvania y Wisconsin—, la realidad y el empresariado deberían impedirle esa decisión. Y ponerle en su sitio con tanta humillación como su arrogancia merece.

El aislamiento comercial de los Estados Unidos será culpa de Trump y de los lobbies locales que le sostienen. Y también lo será la secesión que se está promoviendo en California

En La rebelión de Atlas, la obra maestra de Ayn Rand, los mejores cerebros norteamericanos, y particularmente los del mundo de la empresa, van desapareciendo uno a uno, hartos de un estatismo de corte “social” y patriótico que se parece bastante a la ideología profunda que supuran los discursos de Trump. El plante de la “gente de la mente” pone en evidencia al estatismo, revelando que no sólo es ajeno a la ética más elemental sino que además, desde el punto de vista práctico, es un error de fatales consecuencias. Trump se merece que le salga, no uno sino muchos John Galt —el protagonista de la novela—, y que su apuesta por el proteccionismo económico se vea rápidamente desbaratada. Hay algo que ni él ni Le Pen, ni Putin ni Orbán comprenden y va siendo hora de que millones de Galt anónimos se lo expliquen por la vía de los hechos: prohibir o encarecer artificialmente desde el Estado unos bienes o servicios para favorecer otros producidos localmente, no es solamente torpe y contraproducente. Es, sobre todo, radicalmente ilegítimo porque emprender y comerciar son Derechos Humanos básicos, fundamentales, inalienables y tan importantes como muchos de los que sí recogen las pomposas declaraciones estatales. Por cierto, migrar también lo es. Los estadounidenses tienen derecho a comprar bienes producidos donde sea, y si Trump quiere robarles aún más mediante aranceles, la desobediencia civil por la vía del contrabando estará más que justificada. Y el traslado de empresas a otros países, también. Y el aislamiento comercial de los Estados Unidos será culpa de Trump y de los lobbies locales que le sostienen. Y también lo será la secesión que se está promoviendo en California, incluyendo lo mejor que tiene hoy la economía de los Estados Unidos: Silicon Valley. A veces no hay mal que por bien no venga: si California se independiza asestará el golpe definitivo al concepto obsoleto del Estado-nación soberano y con fronteras blindadas.


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