OPINIÓN

Solucionar Gibraltar

El interés actual de España no pasa por satisfacer a estas alturas el orgullo herido en relación con un viejo pleito histórico, el de Gibraltar, sino por levantar la reivindicación y alcanzar en cambio un acuerdo definitivo que satisfaga nuestros intereses prácticos en la zona.

Solucionar Gibraltar.
Solucionar Gibraltar. EFE

Hace unos días, durante el Aberri Eguna, el presidente del Partido Nacionalista Vasco exigió que, si España negociaba un status de cosoberanía sobre Gibraltar, hiciera lo mismo respecto al País Vasco. El argumento de Andoni Ortuzar no tiene sentido porque los casos no son comparables desde un punto de vista jurídico. Sin embargo, la argumentación del político nacionalista demuestra que hoy es un error seguir reivindicando la anexión del peñón. Como si no tuviéramos bastante con la abierta voluntad de secesión de grandes porcentajes de la población en varias comunidades autónomas, estaríamos incorporando de manera forzosa a una población ajena que, desde el minuto uno, reclamaría lo mismo y, además, de manera prácticamente unánime.

Un amplio porcentaje de la población española “pasa” ya de incorporar Gibraltar contra la voluntad de los gibraltareños

El interés actual de España no pasa por satisfacer a estas alturas el orgullo herido en relación con un viejo pleito histórico —tan viejo que Gibraltar lleva siendo lo que es desde mucho antes de que nacieran a la Historia países como los Estados Unidos de América—, sino en mantener con la roca una relación similar a la que Italia mantiene con San Marino, Suiza y Austria con Liechtenstein, Francia con Mónaco o nosotros mismos con Andorra. Los microestados no hacen ningún daño, son polos de atracción de inversiones y desarrollo económico, y si siguen existiendo es porque así lo desean de forma muy mayoritaria sus ciudadanos.

Un amplio porcentaje de la población española “pasa” ya de incorporar Gibraltar contra la voluntad de los gibraltareños. Ya a mediados de los noventa, los españoles que rechazaban esa anexión superaban la cuarta parte, y ese porcentaje era muy superior entre las personas con más alto nivel educativo, según estudios realizados entonces por un instituto próximo al Ministerio de Asuntos Exteriores, estudios que pronto dejaron de realizarse. Más de veinte años después, la reivindicación española sobre la soberanía de este pequeño territorio vecino apenas alimenta los sueños patrióticos de una minoría que se deja llevar por el nacionalismo y que ignora, deliberadamente o no, la realidad gibraltareña. La gente ya hace todo tipo de bromas sobre el contencioso, considerado como un rasgo de la casposidad de cierta minoría. Nuestros políticos, además, sacan el comodín de reavivar el pleito cada vez que necesitan una cortina de humo para tapar sus vergüenzas por cualquier otro asunto.

Una UE cegada por su desdén a Londres ha sido incapaz de comprender que un reacomodo de Escocia, Gibraltar e Irlanda del Norte habría sido beneficioso para todos, dulcificando el Brexit

La población gibraltareña es producto principalmente de la mezcla entre ingleses y genoveses. Estos últimos constituyeron en el siglo XVIII el grueso de la población civil de servicio a la base militar. Posteriormente se incorporaron familias de la más diversa procedencia (malteses, portugueses, hindúes, españoles), junto a la segunda comunidad judía más grande del mundo en porcentaje sobre la población total. Más de quince asedios y periodos de cierre fronterizo contribuyeron a forjar la identidad local, visible en la arquitectura y en los rasgos culturales de los yanitos. La propia palabra “yanito” da fe de esa evolución. No viene de “llano” sino de Gianni, el nombre que los gibraltareños de origen genovés daban a los soldados ingleses hace ya un cuarto de milenio. Pero aquí se sigue diciendo que son unos piratas sin identidad, y que no tienen derechos sobre la tierra que habitan desde hace muchas generaciones. Por más que nuestro nacionalismo centrípeto se esfuerce en vilipendiar a los gibraltareños y presentarlos como españoles renegados que simulan una identidad ajena, la realidad es la de un micropaís con todos los elementos que caracterizan a los demás que hay en Europa. Las descalificaciones que aún se oye en nuestro país contra los gibraltareños producen sonrojo y vergüenza, y muchas veces son equiparables a las injurias de los racistas o de los antisemitas.

Dos procesos recientes terminaron de forjar la autopercepción de los gibraltareños. El primero fue la dolorosa evacuación forzosa de gran parte de la población durante la Segunda Guerra Mundial. Tuvieron que organizarse y luchar con las autoridades de la metrópoli para lograr su repatriación a la roca, su hogar. Si hubieran sido unos desarraigados pragmáticos, como les presenta nuestra extrema derecha, habrían aceptado las compensaciones británicas y habrían permanecido en los diversos lugares de acogida. El segundo fue el cierre unilateral de la frontera por parte del franquismo, en 1969. Ese cierre fue la represalia por haber rechazado masivamente, en referéndum, la propuesta de integración formulada por Madrid. La frontera se pasó más años cerrada en democracia que durante el franquismo, y sólo terminó de abrirse por completo en 1985, ante el inminente ingreso de España en la UE.

Hay muchos motivos para levantar de una vez por todas la reivindicación sobre Gibraltar y negociar, en cambio, un tratado que satisfaga nuestros intereses prácticos en la zona

Ahora es Gran Bretaña quien sale de la UE y España permanece. Los gibraltareños votaron por permanecer, como los escoceses y los norirlandeses, pero una UE cegada por su desdén frente a Londres ha sido incapaz de comprender que un acomodo de esos tres territorios, negociado con el Reino Unido, habría sido beneficioso para todos, dulcificando el Brexit. La UE no ha aprendido nada del plebiscito, y menos que nada, humildad.

Hay muchos motivos para levantar de una vez por todas la reivindicación sobre Gibraltar y negociar, en cambio, un tratado que satisfaga nuestros intereses prácticos. En Gibraltar trabajan diez mil españoles, y la riqueza que produce el peñón beneficia a la zona vecina, como sucede en los demás micropaíses europeos. El aeropuerto gibraltareño podría resultar mucho más beneficioso para la comarca. A nuestra marca-país no le conviene nada pasar por insensibles a la voluntad de esta pequeña comunidad vecina. A España no le conviene otro proceso de secesión. A nuestros conciudadanos de Ceuta y Melilla no les conviene alimentar el falso pero efectivo paralelismo que Marruecos esgrime para agitar su propia reivindicación. A los gibraltareños les conviene ser un Mónaco y a nosotros que lo sea. A los británicos les da igual, lo que desean es deshacerse del lío, y lo único que se lo impide es su obligación hacia la población local. Sería todo muy fácil de resolver, pero todavía hay españoles que ansían, como Primo de Rivera, que las cabras vuelvan a pastar en Main Street. Y eso es impropio de una España moderna y civilizada.


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