OPINIÓN

San Marino y el 14 de abril

El pasado viernes fue 14 de abril y una vez más se exaltó el mito de la Segunda República, pero los españoles deberíamos descartarla y pensar en una futura república más parecida a ejemplos como el estadounidense, el suizo o, ¿por qué no?, el sanmarinés.

San Marino y el 14 de abril
San Marino y el 14 de abril EFE

El pasado viernes, además de ser Viernes Santo para los católicos, fue también 14 de abril para los republicanos. Esta feliz coincidencia permitió a un conocido humorista tuitero proclamar que el día era “festivo en las dos Españas”. Bromas aparte, el 14 de abril invita a una reflexión sobre la forma de Estado y sobre la vigencia de las posiciones tradicionales de monárquicos y republicanos.

Desde una perspectiva libertaria, la forma de Estado es secundaria y lo realmente importante es el grado de libertad individual de cada país. Hay, por supuesto, infinidad de repúblicas que sólo lo son de nombre y cuyas poblaciones están sometidas a tiranías feroces de cualquier color ideológico. Destacan algunas repúblicas que de facto son dinásticas, desde la gobernada por el partido socialista Baaz en la Siria de los Assad hasta la Corea del Norte comunista que ya va por el tercer integrante de la saga Kim —al escribir estas líneas, el mundo contiene la respiración a la espera de que cumpla o no con su enésima bravuconada nuclear—. Hay también repúblicas que enmascaran una teocracia, como la de Irán.

Los españoles deberían dejar de identificar la palabra “república” con el desastre de nuestra Segunda República. Más valdría celebrar el 11 de febrero, aniversario de la Primera República

En el otro extremo, existen también monarquías que, pese a la supremacía formal de un soberano, se cuentan hoy entre los regímenes políticos más pluralistas y con mayor respeto a la Libertad. Incluso existe una en concreto, la de Liechtenstein, que destaca por su respeto constitucional a la posible secesión democrática de cualquiera de los once territorios que componen el país, si así lo decidieran sus habitantes en referéndum. Se da la paradoja de que la capacidad jurídica de acceder a la emancipación territorial sea menor en muchos Estados republicanos federales o confederales que en este pequeño principado centroeuropeo.

Más allá de la feroz tiranía de monarquías absolutas o fuertemente autoritarias como las de Arabia Saudí, Brunei o Marruecos, el problema que aún presentan incluso las monarquías más civilizadas del planeta es de orden simbólico, pero no es por ello desdeñable. La persistencia en la cúspide del Estado de una figura política impuesta, por honoraria que sea, es un vestigio del Antiguo Régimen que resulta incompatible con el marco político contemporáneo. “La soberanía emana del pueblo”, dice nuestra Constitución, pero luego va y establece un reino. En realidad la soberanía no es un gas y no “emana”. La tiene un jefe, la tiene el colectivo o la tiene cada individuo. O está compartida y va por grados. Los regímenes políticos tienen que decidir si establecen un jefe supremo forzoso, por derecho dinástico o electivo, o si por el contrario la soberanía se atomiza y le pertenece a cada persona, es decir, si los individuos son autosoberanos (aunque después se limite el alcance constitucional del concepto) o si pertenecen simbólicamente a un soberano superior, único e identificado con la nación política. En otras palabras, si somos ciudadanos o somos súbditos.

Mientras siga habiendo Estados, sus “jefes” no deben ser otros que los ciudadanos, pues ellos son quienes los costean y quienes están sometidos al cumplimiento de sus normas

Cuando se nos dice que la monarquía española, como las del Norte de Europa o la japonesa, “no molesta porque es sólo simbólica”, hay que responder que, precisamente por ser simbólica, está fuera de lugar o, mejor dicho, fuera de su tiempo. Es que lo malo es lo simbolizado: que alguien está por encima de cada uno de nosotros. Que ese alguien es más que nosotros y tenemos una obligación (divina o constitucional) de darle un trato superior y, encima, hacernos cargo de sus gastos. Si resulta que las masas les quieren, de majos y carismáticos que son, o si supuestamente nos cuestan poquito en comparación con otros, o si costaría más una elección presidencial, son argumentos que ni siquiera vale la pena comentar.

En el fondo lo que sobra es la idea misma de jefatura del Estado, sea con una u otra forma de Estado. Si “el mejor gobierno es el que menos gobierna” (Jefferson), el mejor jefe del Estado es el que ni se conoce. Y hay un par de casos interesantes. Uno, la presidencia rotatoria suiza. Otro, el de la república más antigua del mundo aún vigente: la Serenísima República de San Marino. Allí cada seis meses el parlamento, que responde al nombre de Consejo Grande y General, escoge no a uno sino a dos de sus miembros y les convierte en co-jefes del Estado bajo la denominación de “capitanes regentes”. Ni la duración del mandato ni el hecho de compartirlo (con un rival del partido contrario, para mayor seguridad) hacen de la función una poltrona demasiado interesante. Bien está, porque mientras siga habiendo Estados, sus “jefes” no deben ser otros que los ciudadanos, pues ellos son quienes los costean y quienes están sometidos al cumplimiento de sus normas.

Al pensar en nuestra futura república deberíamos mirar a los fundadores de los Estados Unidos, o a la Confederación Suiza o, ¿por qué no?, a la simpática república sanmarinesa

La verdad es que, aunque “no moleste” demasiado, la monarquía es una pequeña piedra en el zapato que siempre está ahí, y va siendo hora de repensar la cuestión. Los españoles deberían dejar de identificar la palabra “república” con el desastre de nuestra Segunda República. En todo caso habría que celebrar el 11 de febrero, aniversario de la proclamación de la Primera República, que fue un fallido intento de establecer un sistema de libertades. La Segunda República nació irremediablemente viciada por el contexto europeo de su tiempo, y pese a la tenacidad de grandes figuras liberales pronto derivó hasta convertirse en un régimen totalitario, amenazada como estaba por el totalitarismo simétrico que le hizo la guerra. Frente a dos totalitarismos en rabioso combate, lo mejor que se podía hacer fue lo que hizo el ex ministro republicano Salvador de Madariaga: las maletas. Hoy es muy razonable aspirar a la república, pero no a aquella república. Al pensar en nuestra futura república deberíamos mirar a los fundadores de los Estados Unidos, o a la Confederación Suiza o, ¿por qué no?, a la simpática república sanmarinesa.


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