OPINIÓN

La Nobel del genocidio

La Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi ha tenido que cancelar su discurso ante las Naciones Unidas porque, como mandataria de Myanmar, está permitiendo ahora el espantoso genocidio de la etnia rohingya.

La Nobel del genocidio.
La Nobel del genocidio. EFE

Estaba previsto que este miércoles interviniera en la Asamblea General de las Naciones Unidas la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, en su condición de mandataria de Myanmar (la antigua Birmania). Sin embargo, se ha visto obligada a cancelar su participación ante el aluvión de críticas que está recibiendo por no mover un dedo frente al genocidio de la etnia rohingya, principalmente en el estado Rakhine, al Norte del país.

Es habitual que en países tan atrasados y con tan escasa tradición de respeto a los Derechos Humanos se produzcan situaciones de limpieza étnica como la que hoy afecta a los rohingya. Lo que no es tan frecuente es que esto suceda cuando al frente del país se encuentra una persona que había sido tan admirada y respetada, dentro y fuera de su país, como la dama Suu Kyi. Fuimos muchos quienes en los ochenta y noventa nos movilizamos por su vida y por su liberación, y quienes aplaudimos al parlamento noruego cuando decidió concederle en 1991 el premio Nobel.

Establecer una zona segura para los rohingyas es probablemente la única decisión que puede impedir el simple asesinato de cientos de miles de personas

Tras pasarse media vida en arresto domiciliario, Suu Kyi fue liberada a finales de 2010, en el marco de una frágil transición política. Su movimiento político, masivamente apoyado por la población, siempre había sido la principal fuerza de contención frente a una de las peores dictaduras militares del mundo. A Suu Kyi le llovieron los honores y los reconocimientos. Ya desde antes de recibir el Nobel contaba con el premio Sakharov, y durnate veinte años no ha parado de obtener galardones procedentes de todo el planeta, incluida la condición de ciudadana de honor de Canadá. Pero en los últimos años y mediante pactos cuyo alcance no es suficientemente claro, Suu Kyi forma parte del poder cívico-militar que gestiona Myanmar, y de hecho es presentada como una especie de jefa de Estado, dentro del extrañísimo marco institucional del país. A fin de cuentas, se trata de la persona más prestigiosa de su país y la única capaz de abrir las puertas que durante décadas se cerraron a Myanmar por el lamentable estado de las libertades.

La brutal represión desatada contra los rohingya hace que el mundo entero busque ahora la forma de presionar a Myanmar y se arrepienta del apoyo y los honores concedidos a Suu Kyi. Aunque el Instituto Nobel noruego ya ha confirmado que no hay mecanismos para retirarle el premio a un galardonado, el clamor mundial contra esta política ya anciana está obligando a las autoridades de Myanmar a evitar su exposición en foros como el de este miércoles. La mujer que, según el documento de concesión del Nobel, simbolizaba la libertad de Myanmar, es ahora un símbolo de la complicidad genocida contra los rohingya.

El caso rohingya ilustra la necesidad de flexibilizar conceptos como la soberanía nacional y la inviolabilidad de las fronteras para garantizar santuarios a las poblaciones en riesgo de genocidio

Ponen los pelos de punta las imágenes de torturas, quemas de aldeas, ahogos masivos en los ríos, violaciones sistemáticas en grupo, búsqueda y asesinato de bebés, y éxodo forzado de la población. El ejército de Myanmar, con la complicidad de algunos estamentos religiosos budistas, está aplicando su particular “solución final” contra esta etnia indoaria que profesa mayoritariamente la religión musulmana y en menor medida el hinduismo. La crisis humanitaria es extrema al intentar huir a la vecina Bangladesh innumerables familias rohingyas, poblaciones enteras, empujadas por el Estado de Myanmar. Ya son cerca de cuatrocientos mil los refugiados rohingyas en el país vecino. Mientras la comunidad internacional trata de contener el éxodo y exige a Suu Kyi que impida el genocidio, sólo China, tan ajena a cualquier cuestión de Derechos Humanos, continúa apoyando al régimen de Myanmar.

Por más que el país tenga una amplia mayoría budista, y por más que los líderes religiosos locales hagan la vista gorda o directamente apoyen la represión contra los rohingya, los creyentes del resto del mundo aborrecen que en nombre del budismo se esté comientendo este genocidio. A la cabeza de ellos, el propio Dalai Lama, que ha condenado esta actuación tan impropia de la religión pacifista que representa. De hecho, el budismo se enfrenta en Myanmar al extraño e inesperado brote de una derivación violenta y fanatizada que pocos habrían imaginado años atrás, precisamente en esa religión. Desde el papa Francisco hasta el Nobel anglicano Desmond Tutu (al frente de otros once galardonados con el mismo premio), son innumerables los líderes espirituales y otras personalidades que intentan convencer a las autoridades de Myanmar. Pero el país asiático sigue negando incluso la misma nacionalidad a alrededor de un millón de rohingyas, desde 1962. Mientras, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos considera que estamos ya ante un “ejemplo de manual” de limpieza étnica.

Aung San Suu Kyi debe enfrentarse a los militares para salvar a sus conciudadanos de una etnia diferente, o sumergirá en el fango el personaje mítico que había llegado a construirse

El caso de los rohingya ilustra la necesidad de flexibilizar conceptos como la soberanía nacional y la inviolabilidad de las fronteras para garantizar santuarios a las poblaciones en riesgo de genocidio, incluso si ello implica fragmentar temporal o definitivamente los Estados. La condición de Estado no puede ser una patente de corso que permita al grupo etnocultural encaramado al poder en la capital someter a las minorías a todo tipo de salvajadas. El ejemplo de la actuación internacional para solucionar el conflicto kosovar o el de Sudán del Sur debería mover a una reflexión sobre la opción de un país rohingya entre Bangladesh y Myanmar para evitar el exterminio de esta población. Una zona segura para los rohingyas, como la que en su momento se estableció para los kurdos en el Norte de Iraq, es probablemente la única decisión que puede impedir el simple asesinato de cientos de miles de personas. Cualquier soberanía estatal sobre un territorio vale, desde luego, mucho menos que todas esas vidas.

En cualquier caso, Aung San Suu Kyi debe enfrentarse a los militares para salvar a sus conciudadanos de una etnia diferente, o sumergirá en el fango el personaje mítico que había llegado a construirse. Aún está a tiempo pero, cada día que pasa, su nombre está más próximo a ser recordado por siempre como el mayor fiasco de toda la historia de los premios Nobel.


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