La tribuna de Juan Pina

Por el Mercado Común

A los estatistas no les molan nada los referendos. Les incomoda que se pregunte a la gente si quiere tal o cual cosa. Ven la dinámica plebiscitaria de Suiza como peculiar folclore del país alpino —que es el más próspero del continente y lo es fuera de la Unión Europea—. Los estatistas de izquierdas y de derechas coinciden en considerar a David Cameron como un loco por consultar, y así lo escriben en sus editoriales o en tribunas infames como la de Felipe González en El País del viernes pasado. En Libertad Digital ya le tiraron de las orejas por preguntar a los escoceses. En otro medio alguien ha escrito, exportando la lógica surrealista de nuestros propios conflictos, que el brexit teníamos que votarlo todos los europeos porque a todos nos afecta. Por esa regla de tres, exijo ya mi papeleta para votar a Gary Johnson en las elecciones de noviembre a la Casa Blanca.

Quizá el mensaje más representativo de lo que piensa todo nuestro establishment, sea este tweet de Pedro Sánchez: “Los referendos trasladan a la ciudadanía problemas que tienen que solucionar los políticos”. Esa frase encierra toda la arrogancia del despotismo ilustrado socialdemócrata, instalado en el ADN de toda la casta estatal (los “socialistas de todos los partidos”, en la certera descripción de Hayek). La idea de Sánchez podría desarrollarse así: “vosotros limitaos a ratificar listas de políticos, que ya se encargarán ellos de opinar, negociar y decidir por vosotros usando un mandato general, un cheque en blanco apenas legitimado por vuestro paseo cuatrienal a las urnas; pero no os metáis a decidir de forma directa nada, que eso son cosas de mayores”. La frase de Sánchez enlaza perfectamente con otra, muy conocida, que pronunció Francisco Franco un día que estaba en modo cinismo: “haga como yo, no se meta en política”.

Se nos quiere convencer de que el bando victorioso es una panda de

hooligans nacionalistas y xenófobos, pero eso no es así

Los profesionales de la representación rechazan los raros episodios en los que la población decide por su cuenta y a ellos se les reserva el papel de ejecutar lo decidido. Pero la democracia representativa está ya en metástasis porque en política, como en tantísimos otros campos, el representante ya sobra. El intermediario entre los ciudadanos y el Estado, en quien se delegaba nuestra acción, tenía sentido cuando la gente era inculta, cuando no tenía acceso a la información y cuando la escasez técnica hacía necesario que un cuerpo de representantes escogiera constantemente el camino de todos, asignándole nuestros recursos y forzándonos a seguirlo. Todo eso ha quedado obsoleto por la evolución cultural y por las tecnologías de la información. Cada cual escoge su propio camino. Y eso erosiona profundamente tanto el arcaico concepto de Estado-nación como la democracia colectivista. Y entonces quedan dos opciones: o intensificar el colectivismo pasando a un sistema de decisión telemática (o implantando soviets de barrio); o devolver por fin la gran mayoría de las decisiones a cada persona. Y para las pocas decisiones que no puedan individualizarse, recobra mucho sentido emplear precisamente el referéndum. Pero, ¿a qué queda reducido entonces el papel de las actuales élites políticas? Pues es evidente. Y por eso se resisten.

Frente a toda la prensa del sistema, que no para de amenazarnos con formidables cataclismos, yo creo que la salida británica de la Unión Europea es una lección de democracia. Se nos quiere convencer de que el bando victorioso es una panda de hooligans nacionalistas y xenófobos, pero eso no es así por más que los nacionalistas y los xenófobos se hayan apuntado también al brexit. Millones de británicos normales y corrientes, sin cuernos ni rabo, han dicho que ya basta de expolio económico y de descontrol político, y que no les interesa una determinada alianza exterior. Y en ejercicio de su derecho a la asociación y desasociación política, han optado por un camino diferente. Y eso, tan normal, se está presentando a este lado del Canal de la Mancha como un agravio y como un acto casi fascista, cuando lo autoritario y lo antidemocrático es lo que sucede todos los días en Bruselas. Los británicos han dicho que no quieren ser en Europa una Grecia sino una Suiza. Están en su perfecto derecho, y no pasa nada. Si los escoceses quieren salirse del Reino Unido y unirse a la UE, también lo estarán y tampoco pasa nada. Y si las islas Shetland quieren salirse de Escocia y unirse al Reino Unido, también lo estarán y tampoco pasa nada. Lo ilegitimo es forzar una determinada estructura política contra la voluntad de una población, como argumentó magistralmente Ludwig von Mises.

Urge impulsar una Europa de la Libertad económica y personal. Hay que sacar a nuestro continente de su laberinto y recuperar, sencillamente, el Mercado Común

La integración europea fue un proyecto de eliminación de las trabas y regulaciones, impulsado por los liberales clásicos de mediados del siglo pasado. Pero pronto se transformó en un Leviatán socialdemócrata de creación, precisamente, de más trabas y regulaciones sin control ciudadano. Los países se incorporaban con altos niveles de europeísmo, tendían la mano y recibían fondos de cohesión. Cuando esos fondos decaían, lo hacía en igual medida su europeísmo. Era todo deuda. Aquí, diga lo que diga la gauche divine del PSOE ochentero, jamás tuvimos un “milagro español” sino unas inmensas transferencias de dinero de los contribuyentes nordeuropeos. El brexit debe servir para reflexionar y cambiar de rumbo. Europa es un continente pequeño y bastante homogéneo, donde tiene sentido un mercado común libre y abierto, junto a un espacio de libre circulación y asentamiento de personas, capitales, bienes, servicios e información y junto a una sencilla carta de derechos civiles y libertades. Eso es lo que necesitamos recomponer, en lugar de una unión política de veintisiete élites estatistas en torno a un macroestado que sólo responde a los intereses espurios de éstas. Si se nos va una de las democracias más antiguas de Europa, no hay que reflexionar sobre ella sino sobre nosotros. Frente a la Europa oxidada del estatismo nacional y bruselense, urge impulsar una Europa de la Libertad económica y personal. Hay que sacar a nuestro continente del laberinto en el que se ha metido y recuperar, sencillamente, el Mercado Común.


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