OPINIÓN

Libertad en 2017

Recién comenzado el nuevo año, lo primero es desear a los lectores que sean más libres en 2017. Lo segundo, por desgracia, es mirar alrededor y constatar que ese deseo difícilmente podrá cumplirse.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en los pasillos del Congreso.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en los pasillos del Congreso. Europa Press

Recién comenzado el nuevo año, lo primero es desear a los lectores que sean más libres en 2017. Lo segundo, por desgracia, es mirar alrededor y constatar que ese deseo difícilmente podrá cumplirse. Después de siglos de aislamiento, oscurantismo y refracción al cambio, y después de unas décadas de eso mismo en clave franquista, a partir de 1975 la sociedad española llegó a resituar en general el valor Libertad en el lugar que le corresponde, es decir, en la cúspide de la jerarquía de valores. A buen ritmo recuperamos las libertades personales, sobre todo en las cuestiones morales, y por ello hoy disfrutamos de un lugar privilegiado en el Índice Mundial de Libertad Moral, aunque todavía bastantes puntos por debajo de los Países Bajos, que lideran la clasificación. Sin embargo, este buen desempeño en materia de libertad personal coincidió con una tendencia contraria: el aumento de la pulsión colectivizadora, sobre todo en materia de libertad económica y particularmente inducida por su beneficiario evidente, el Estado en todas sus formas y niveles territoriales.

En 2017 y en los años siguientes recorreremos más deprisa la senda hacia un Estado totalitario encubierto, disfrazado… pero cada vez peor, cada vez más burdo y evidente

Durante más de cuarenta años, el Estado ha proliferado por las más diversas vías. La tensión territorial ha favorecido esa proliferación, pero el factor determinante es la convicción estatista de nuestras élites, y esa convicción es transversal a sus diversos sentimientos nacionales. La exacerbada estatolatría que se da de los Pirineos para abajo es un factor autóctono cuyas raíces se hunden en nuestra historia y en nuestra cultura. Por orgullosos que podamos estar de la Escuela de Salamanca, hay que reconocer que no fue profeta en su tierra. Aquí, más que en el resto de los países occidentales, las diversas formas de la “derecha” y de la “izquierda”, por más que se odien y se crean diametralmente opuestas entre sí, comparten la creencia en el papel director de la Administración estatal. Si en países similares a España es habitual encontrar temporalmente a empresarios y altos directivos de empresa en la conducción de los asuntos públicos, aquí llevamos desde la Transición gobernados por un funcionario tras otro. Si en los países con los que nos gusta compararnos hay un respeto básico por la soberanía del individuo, aquí se afea como insolidaria la toma individual de decisiones y se nos exige indignadamente acatar lo que disponga el colectivo (o, en realidad, lo que dispongan quienes lo dirigen).

Por si fuera poco, el liberticidio a pequeña escala pero sostenido década a década coincide ya con una tendencia mundial en esa misma dirección. Muchas de las medidas de control e ingeniería sociales que nos hacen llevarnos las manos a la cabeza ni siquiera son ideadas por nuestros perversos mandatarios, sino que vienen de fuera y nos usan como banco de pruebas.

Ya hay un conflicto generacional en Occidente. Los jóvenes intuyen que la hiperregulación les oprime, y cabalgan la ola tecnológica que les da libertad, inmediatez y simplicidad

La batalla de la libertad moral parece ganada, aunque debemos estar muy alerta ante el revival del más rancio conservadurismo, siempre nacionalista y tradicionalista, en varios países principales. Ahora el problema lo tenemos, sobre todo, con la libertad económica. La estamos perdiendo y la sociedad no es consciente de ello. En el caso español, vamos a ver en 2017 un sensible recrudecimiento de la carga tributaria, como ya anuncian las primeras medidas del tripartito socialdemócrata que nos gobierna sin necesidad de constituirse formalmente en coalición. Pero, sobre todo, vamos a soportar el perfeccionamiento de los mecanismos de control y vigilancia. Solemos personificar en Cristóbal Montoro una pasión malvada y orwelliana por el espionaje fiscal al ciudadano, pero, como digo, la tendencia es internacional aunque él la encarne con una ejecutoria tan perfecta como hiriente.

Es grave que nuestro país haya vuelto a perder posiciones en el Índice Mundial de Libertad Humana (que mide tanto los aspectos personales como los económicos), porque significa que vamos más deprisa que el resto del mundo occidental por este mal camino de todos hacia menos libertad. Es un camino trazado por las élites estatales, y la nuestra es de las peores.

En 2017 y en los años siguientes vamos a ver una intensificación del ritmo con el que se recorre la senda hacia un Estado totalitario encubierto, disfrazado… pero cada vez peor, cada vez más burdo y evidente. Esa intensificación se debe a que las élites estatales han comprendido cabalmente que están amenazadas por la tendencia contraria, la de la atomización del poder y la individualización de las decisiones, inducida por la revolución de las tecnologías de la información. Lo que vamos a ver formarse ante nuestros ojos es una guerra abierta entre el individuo de hoy y un Estado arcaico e incapaz, pero cada día más voraz y feroz. Sabe que su proyecto colectivista está moralmente agotado y económicamente fracasado, pero se resiste a morir y da coletazos brutales mientras se aferra al poder y se le van cayendo las bondadosas caretas que nos había mostrado.

Asediar el bunker estatal para ganar esta guerra es responsabilidad de cuantos no nos resignamos a perder aún más libertad

Ya hay un conflicto generacional soterrado en Occidente. Los jóvenes intuyen que la hiperregulación les oprime, y cabalgan la ola tecnológica cuya libertad, inmediatez y simplicidad se contraponen a la encorsetada parsimonia y a las trabas ridículas del estatismo que les asfixia y les roba. ¿Cómo no van a preferir el libre intercambio directo al encarecimiento y la normativización del consumo por cauces oficiales? ¿Cómo no van a preferir emprender aunque sea precariamente, cuando el trabajo asalariado consiste en darle la mitad al Estado para que, en gran medida, pueda seguir malcumpliendo sus obligaciones con los millones de ex trabajadores a los que estafó durante toda su vida laboral? ¿Cómo no van a preferir monedas alternativas y sistemas de crédito participativo, de crowdfunding o de inversión colectiva a escala micro, cuando el sistema financiero convencional es un tentáculo más del Estado y la moneda es papel mojado?

La serpiente tiene que mudar la piel para sobrevivir, pero al Estado actual, sobrepasado por la evolución tecnológica y cultural, ya sólo le queda bunquerizarse. Y en 2017 lo seguirá haciendo. Asediar el bunker estatal para ganar esta guerra es responsabilidad de cuantos no nos resignamos a perder aún más libertad. Feliz y libre año nuevo para todos.


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