OPINIÓN

Las Islas Åland

El ejemplo de las Islas Åland, territorio de soberanía finlandesa pero cuya autonomía es quizá la más amplia del planeta, ilustra bien el dicho de que donde hay voluntad hay un camino. Lamentablemente, es probable que ya sea demasiado tarde.

Las Islas Åland.
Las Islas Åland. EFE

En 1917, cuando Finlandia logró por fin desembarazarse del imperialismo ruso, un pequeño archipiélago báltico —de unas tres veces la superficie de Andorra— expresó su voluntad de no integrarse en el nuevo país e incorporarse en cambio a Suecia. Las Islas Åland, situadas junto al litoral sudoccidental de Finlandia, se expanden casi hasta la costa sueca en la zona de Estocolmo. Finlandia es un país bilingüe en el que, junto a la amplia mayoría de habla finesa, hay también una comunidad suecófona. No llega al 6% de la población, pero algunos de sus políticos han ejercido funciones importantes en la Finlandia contemporánea, incluyendo la presidencia de la república o la jefatura del gabinete. Una gran parte de los cerca de trescientos mil suecófonos de Finlandia apoya a un partido político propio, el centrista SFP.

Las Islas Åland constituyen un ejemplo interesante de cómo la autonomía auténtica de un territorio puede extenderse hasta donde haga falta para evitar conflictos 

Sin embargo, Åland es un caso aparte porque allí la población de habla sueca es la práctica totalidad. Ni el SFP ni las restantes formaciones políticas finlandesas tienen presencia en el archipiélago, donde el sistema de partidos es, como todo el marco institucional, completamente diferente del de Finlandia. La población de las islas se considera mucho más similar a los suecos de Suecia que a los de la Finlandia continental, donde la lengua y la cultura suecas han evolucionado de una forma particular. En 1919 los alandeses volvieron a solicitar la cesión de las islas a Suecia, y más del 95% de la población firmó la petición, que fue rechazada por Finlandia. Sin embargo, el asunto llegó a la Sociedad de Naciones, que en 1921 decidió salomónicamente la soberanía finlandesa pero sujeta a una profunda autonomía para las islas, que además se declaraba desmilitarizadas.

Hoy las Islas Åland constituyen un ejemplo interesante de cómo la autonomía auténtica de un territorio puede extenderse hasta donde haga falta para evitar conflictos, siempre que exista la voluntad necesaria por parte de todos. La administración del archipiélago ostenta, por ejemplo, las competencias en materia de inmigración. El único idioma oficial del territorio es el sueco sin que nadie se rasgue las vestiduras en la Finlandia continental. La autonomía —quizá la más amplia del planeta a excepción de la que disfrutan los Estados libres asociados—, incluye una alta capacidad fiscal y el territorio ha decidido mantenerse fuera de la zona de aplicación del IVA comunitario pese a ser parte de la UE. Ni siquiera la política exterior está completamente en manos de Helsinki, ya que Åland es miembro del Consejo Nórdico, mantiene algunas representaciones en el exterior y tiene la capacidad de decidir separadamente en materia de tratados internacionales. Así, por ejemplo, el tratado de accesión de las islas a la Unión Europea se votó en referéndum específico y separado del celebrado en Finlandia. El archipiélago es además territorio desmilitarizado, sin presencia de ningún ejército. Es interesante señalar que la implicación de la comunidad internacional en el conflicto estableció un marco supraestatal que hoy no podría descontinuar unilateralmente Finlandia, lo que constituye una garantía para la población de las islas.

Hoy no es demasiado hiperbólico afirmar que Flandes y Valonia son de hecho dos países, y que no pasa nada. Ni rastro de los conflictos de hace unas décadas, que llegaron a las manos 

Con frecuencia se nos quiere vender como innovador y elevadísimo el grado de autonomía alcanzado por las comunidades españolas, llegando a argumentarse que nuestro Estado autonómico es más federal que los federales, y exageraciones similares. No hace falta llegar hasta Åland, basta con acercarse a Flandes para comprender que eso no es así. En nuestro país ha faltado voluntad política real para resolver de una vez por todas las tensiones centro-periferia y establecer un marco federal auténtico. Muy probablemente, ese marco habría cauterizado definitivamente las aspiraciones independentistas ya que, al quedar resueltas sus reivindicaciones en la práctica, sólo una pequeña e irrelevante minoría de fetichistas de lo nacional habría seguido promoviendo una secesión meramente simbólica. Pero siempre faltó esa voluntad. Las previsiones originales de los estatutos de autonomía de la Transición tardaron décadas en irse cumpliendo, y no sin abundantes pleitos. Para la administración central, cada competencia que debía ceder constituía una amputación dolorosa. El Partido Socialista llama federales a sus órganos internos pero desde el poder ralentizó y limitó las competencias territoriales. Ahora entona el mea culpa y redescubre a toda velocidad las virtudes del federalismo, pero ya nadie le cree. El Partido Popular, por su parte, se propuso desde el principio recurrir todo lo que pudo al Tribunal Constitucional para ganar en esa especie de tercera cámara legislativa —ajena, pese a su nombre, al sistema judicial— las batallas políticas que no ganaba en determinadas comunidades autónomas, y mantuvo una posición contraria incluso al moderadísimo autonomismo del 78 mientras se beneficiaba de las cotas de poder y presupuesto que alcanzó en bastantes comunidades.

Si echamos la vista atrás, todo habría podido resolverse en clave federal hasta hace unos cuantos años. Hoy, para bien o para mal, parece superado el punto de no retorno 

Si echamos la vista atrás, todo habría podido resolverse en clave federal hasta hace unos cuantos años. Hoy, para bien o para mal, parece superado el punto de no retorno. Quizá se rebasó al recortarse, primero en sede parlamentaria y luego en el TC, un estatuto ya votado por el parlamento autonómico y por la población. Muchos predijimos entonces, con la palma en la frente, que de aquel polvo saldría un lodo muy viscoso, y así ha sido. Hoy no es demasiado hiperbólico afirmar que Flandes y Valonia son de hecho dos países, y que no pasa nada. Las abadías siguen produciendo miles de cervezas distintas y los negocios del praliné valón y del diamante flamenco siguen viento en popa. Ni rastro de los conflictos de hace unas décadas, que en algún que otro sitio llegaron a las manos. Poco importa cuál sea dentro de diez o veinte años la composición jurídico-territorial de lo que hoy es España, o si tendrá uno, dos o cuarenta Estados en un mundo donde éstos afortunadamente se van licuando. Lo que sí importa, y mucho, es que las relaciones interpersonales y comerciales continúen en cualquier escenario, como continuán tanto en el cascarón vacío que aún llamamos Bélgica como entre los checos y eslovacos divorciados de iure. Y las Islas Åland seguirán ahí como ejemplo de la sensatez que no pudo ser, de la oportunidad perdida. ¿O quizá todavía…?


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