OPINIÓN

Hoteleros e izquierda radical: una alianza fallida

La pulsión sobrerreguladora, fomentada por los lobbies que buscan ventajas y privilegios, es consustancial a los gobiernos que responden a ideologías colectivistas. El brote actual de turismofobia parece señalar el fracaso de una alianza.

Hoteleros e izquierda radical: una alianza fallida.
Hoteleros e izquierda radical: una alianza fallida.

Uno de los mayores daños que provoca el estatismo es generalizar la creencia de que las cosas están mejor si las regula un poder central. Es una creencia fácil de desmontar. Cosas tan importantes como el lenguaje, la cultura o las relaciones interpersonales carecen de autoridad coercitiva y, sin embargo, no están en situación de caos sino de orden. Es un orden espontáneo, “regulado” de forma simultánea y descoordinada por todos sus “usuarios”. Es un orden equiparable al de los ecosistemas. Se ve enriquecido y perfeccionado constantemente mediante prueba y error, en un proceso participativo que no está sometido a los intereses particulares, confesables o no, de un regulador top-down. Las aplicaciones peer to peer (P2P), la revolución blockchain, las criptomonedas y la economía colaborativa son en gran medida intentos, incluso inconscientes, de facilitar el avance hacia una sociedad menos dirigida por las élites y más autoconducida.

A los podemitas municipales nada les produce más arcadas que ver a un ciudadano rehabilitar su viejo piso del centro y alquilarlo por días. Y los hoteleros, encantados con esa sinergia

Entre los enemigos de ese proceso están todos los ideólogos de “izquierda” y de “derecha” anclados en visiones estatistas, cada una de ellas acomodada a sus respectivos mitos colectivos, desde la nación hasta la clase. Todos ellos son los nuevos reaccionarios de hoy, pues reaccionan ante la evolución tecnológica y ante sus evidentes consecuencias sociales y culturales intentando refrenar el progreso. Encuentran como aliados a todos los sectores temerosos de esas consecuencias por creerse incapaces de adaptarse o cambiar de actividad.

Todo es cuestión de incentivos. Si los taxistas, los hoteleros o las discográficas creen más fácil, barato y eficiente cabildear ante los políticos que reinventarse y reconvertirse, se verán incentivados al lobby. Si, por el contrario, el Estado pinta muy poco y el político que les atienda la primera vez les dedica un impotente encogimiento de hombros, estos sectores estarán incentivados al cambio creativo, a la innovación, a la adaptación. Y esto siempre ayuda tangencialmente al progreso general. Es decir, el poder estatal, habitualmente empleado para lastrar los avances, perjudica a la mayoría desorganizada y obedece inevitablemente a los intereses particulares de los más organizados. Los más capaces para el lobby suelen ser los menos capaces para innovar.

Tenemos magníficos empresarios individuales pero también una nebulosa de empresarios cabilderos que buscan perpetuar su negocio por la vía regulatoria que pagamos todos

Cuánto habrán cabildeado los hoteleros de la Gran Manzana para que los concejales demócratas y republicanos acordaran en el ayuntamiento neoyorquino restringir ferozmente los pisos turísticos. ¿Maletines, ingresos en cuenta corriente o bonos de mil y una noches de hotel gratis, con albornoz y circuito de spa? A este lado del Atlántico, los hoteleros lo están teniendo algo más complicado. El sector político más cercano era la extrema izquierda, “los ayuntamientos del cambio”, porque su moral anticapitalista detesta los pisos de alquiler y, en general, todo lo que implique un beneficio económico no articulado vía Estado. Además, odian que “se haga negocio con las casas”, como con la sanidad, con la educación y, en realidad, con todo. A los podemitas municipales nada les produce más arcadas que ver a un ciudadano rehabilitar su viejo piso del centro y alquilarlo por días mediante una plataforma online, extranjera para más inri. Y encima, eso es difícil de controlar fiscalmente. A por ellos. Y los hoteleros, encantados con esa sinergia. No me sorprendería que se revelaran algo más que sinergias. Como todo tiene su coste, los hoteleros también han visto un cerrojazo a las licencias de nuevos establecimientos por parte de la extrema izquierda, pero, total, los que están en el lobby ya tienen sus hoteles y, con tal de evitar más competencia, pueden pausar sus nuevas aperturas hasta el siguiente cambio de color político municipal.

En su magnífico libro Fabricantes de miseria, Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Alvaro Vargas Llosa trazaron una recorrido por los sectores sociales más perjudiciales para la libertad y el capitalismo. Y, contra lo que puedan pensar los izquierdistas, los coautores fueron particularmente críticos con el empresariado. Tenemos magníficos empresarios individuales, por supuesto, pero tenemos también una nebulosa de empresarios cabilderos que buscan perpetuar su negocio por la vía regulatoria que pagamos todos. Así, mediante pactos con la Administración obtienen normas que les benefician injustamente al establecer duras barreras de entrada a nuevos operadores, impedir variaciones innovadoras en el negocio o establecer tasas, licencias y sobrecostes impagables por los competidores más débiles. Todo ello se traduce en precios altos y quizá en un servicio peor, y siempre en una menor libertad de escoger proveedores o incluso modalidades de servicio. Y todo eso no debería ser posible, y sólo lo es por el exceso de poder de los Estados, en este caso a nivel municipal.

Hoteleros: la turismofobia de la izquierda radical perjudica tanto a los alquileres turísticos como a vuestros hoteles. Así que, si hubo alianza, ha fracasado y os está muy bien empleado

Afortunadamente, ni siquiera los munícipes más maquiavélicos e ideologizados pueden ponerle puertas al campo. Vamos a ver la proliferación de plataformas como Airbnb, y no sólo eso: pronto veremos que este tipo de plataformas (como también las de transporte de pasajeros) funcionarán de forma descentralizada mediante sistemas P2P y, por lo tanto, no habrá empresa concreta a la que criminalizar. ¿Esto es una catástrofe para la industria hotelera? La experiencia norteamericana indica que no, que los públicos y los tipos de estancia son distintos, y que el diferencial de precios para niveles similares de servicio es poco relevante. Pero si esto perjudica al sector hotelero, que así sea. Y que se reconvierta o desaparezca, como tantos otros sectores empresariales y profesiones enteras a lo largo de la historia. Me gusta el ejemplo de los serenos, que paseaban toda la noche cargados de llaves para abrirle el portal a la gente. Hoteleros: podéis correr a la larga la misma suerte de los serenos (que ya está alcanzando a los taxistas) o competir, adaptaros e innovar. Lo que no podéis hacer, al menos no éticamente, es cabildear para que los ayuntamientos os blinden. Además, ya estáis viendo que la izquierda radical no es digna de confianza: luego va y arma un brote de turismofobia que ahuyenta a los viajeros en general, perjudicando tanto a los erbienbís que queréis aplastar como a vuestros hoteles comme il faut. Así que, si hubo alianza, ha fracasado y os está muy bien empleado.


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