OPINIÓN

Guerra cultural

Se nos intenta confundir mezclando la ingeniería cultural de la izquierda con la evolución natural y espontánea hacia mayor libertad individual, que es consecuencia del camino iniciado en los siglos anteriores. El objetivo de esa confusión es hacernos ahora una ingeniería social inversa.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE

Frente a la confusión interesada que están induciendo los colectivistas “de derechas” —la ahora llamada Alt-Right— es necesario reivindicar desde posiciones pro-Libertad gran parte de la evolución cultural de Occidente en el último siglo, enraizada a su vez en los valores de la Ilustración. Ésta confinó el oscurantismo, la irracionalidad y la omnipotencia del poder político del Antiguo Régimen. Sus hijos fueron los liberales clásicos y sus nietos son los libertarios. Y en el ADN de todos ellos está grabada como elemento central la soberanía inalienable del individuo.

Lo que de pronto está cambiando es que la socialdemocracia agotada y moribunda se está viendo sustituida por un conservadurismo estatista, extremo y descarnado

Haciéndose pasar por coherederos de la tradición individualista, los colectivistas “de izquierdas” se apoderaron de algunas de sus conquistas. Hay que reconocer que, en algunas cuestiones, hasta coadyuvaron a su definitiva cristalización en Europa Occidental y Norteamérica, mientras en los países comunistas la impedían exhibiendo un conservadurismo social y moral equivalente al de nuestros más rancios tradicionalistas. Pero en general, la “izquierda” occidental refrenó la libertad del individuo tanto como la “derecha”, aunque por una vía distinta y quizá más insidiosa: la promulgación de infinidad de supuestos derechos que no eran tales sino obligaciones activas para el resto de las personas, y que además implicaban un crecimiento desmedido del Estado como su único garante y gestor, hasta el punto de que hoy la mitad de la riqueza generada por el ciudadano medio vaya a costearlo. 

Frente al paradigma socialdemócrata de las últimas siete décadas en todo Occidente, que incluso contagió a los liberales moderados europeos, los libertarios incurrieron, lamentablemente, en una torpe alianza con los conservadores, alianza que en los Estados Unidos se llamó “fusionismo”. Los conservadores siempre fueron, son y serán desleales a la causa de la Libertad, que subordinan a otros valores y admiten sólo con cuentagotas. Igual que la “izquierda”, parasitan selectivamente los planteamientos pro-Libertad pero su objetivo final es claramente otro. El inicio de la era Trump visibiliza el radical divorcio entre la agenda libertaria y la conservadora. Los libertarios rechazamos frontalmente el estatismo “de izquierdas” y el “de derechas”, y, más aún, a igualdad de condiciones los rechazamos en idéntica medida.

Se está metiendo en el mismo saco la ingeniería social hecha por la izquierda occidental y la evolución individualista natural de los últimos setenta u ochenta años. Y no es lo mismo

No, no estamos más cerca de la “derecha” que de la “izquierda” ni a la inversa, sino igual de lejos de ambas para un mismo grado de liberticidio en las dos: igual de lejos de Corea del Norte que de la Alemania nazi, igual de lejos de los socialistas europeos que de los democristianos, etcétera. Esta imprescindible equidistancia higiénica frente al estatismo de uno y otro signo la explicó muy bien Hayek, pero por desgracia muchos liberales y algunos libertarios parecen haberla olvidado. Y es necesario recuperarla.

Lo que de pronto está cambiando es que la socialdemocracia agotada y moribunda se está viendo sustituida por un conservadurismo estatista, extremo y descarnado. Un conservadurismo que justifica abiertamente la tortura y enaltece, a estas alturas, al Estado-nación —ese cadáver intelectual— como órgano de decisión en el comercio entre empresas de distintos lugares. Si la revancha conservadora se limitara a deshacer el intervencionismo económico y eliminar la ingeniería social de la “izquierda”, podríamos apoyarles con cautela.

Pero es que la Alt-Right no va por ese camino, como Trump nos recuerda cada vez que abre el Twitter. Lejos de revertir el intervencionismo, lo impulsa cambiando apenas algunas cuestiones menores en función de sus intereses prácticos: bajará algo los impuestos pero a cambio de afianzar un falso capitalismo de Estado anclado en el proteccionismo y el corporativismo más obsoletos. Y lejos de desactivar la ingeniería social, parece tener prisa en intensificarla imprimiéndole un giro de ciento ochenta grados. Y hasta ahí podía llegar la broma.

Es preocupante que liberales convencidos e incluso algunos libertarios, comprensiblemente cansados de décadas de hegemonía cultural de la “izquierda”, se estén dejando abducir esperanzadamente por los cantos de sirena de Trump o del movimiento que representa. Estoy convencido de que se van a arrepentir de ello y sólo espero que cuando despierten no sea demasiado tarde.

La izquierda se fue apuntando a regañadientes, cuando no tuvo más remedio, muchos avances culturales que son básicamente liberales o libertarios

Lo están mezclando todo. Están metiendo en el mismo saco la ingeniería social hecha por la “izquierda” occidental y la evolución individualista natural de los últimos setenta u ochenta años, que es simplemente la consecuencia del rumbo emprendido por la humanidad en los siglos anteriores. Y a ese saco, para denigrarlo en su conjunto, le han puesto la etiqueta injusta de “marxismo cultural”, cuando ninguno de los regímenes marxistas de todo el planeta ha impulsado jamás la libertad individual. Cuando la Alt-Right dice combatir ese supuesto “marxismo cultural” está engañando a los libertarios, porque lo que de verdad pretende es intervenir desde el Estado para hacer ahora ingeniería social “de derechas”, en lugar de desactivar de una buena vez la inducción estatal de valores y comportamientos.

No lo permitiremos. No desharán la incorporación de las mujeres a todos los ámbitos de la sociedad. No revertirán la revolución sexual de los sesenta y setenta. No habrá retroceso en la emancipación del individuo frente a la institución familiar, ni en la normalización social y jurídica del amor entre personas del mismo sexo. No se va a reforzar la idea odiosa de que el Estado debe controlar qué consumimos, ni se va a legitimar la absurda y perdida guerra antidrogas. No habrá pasos atrás en el derecho de los enfermos terminales a administrar su principal propiedad: su vida.

No van a volver los tiempos del Estado-nación, con sus mitos patrióticos retro, inducidos por los políticos que se benefician de ellos para sus guerras, sean comerciales o de las otras. No detendrán Internet ni mucho menos los desarrollos en blockchain. No van a contener el desarrollo libre de la medicina ni de las demás ciencias para satisfacer las creencias místicas de algunos. Todos estos y muchos otros avances no pertenecen a la “izquierda”, que se los fue apuntando a regañadientes cuando no tuvo más remedio. Son básicamente avances liberales o libertarios. Y tenemos que defenderlos frente al tsunami en ciernes de un colectivismo conservador, recentralizador, nacionalista y, por supuesto, fuertemente estatista. Es una guerra cultural y está en juego la Libertad.


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